Una vez que las restricciones por la pandemia de covid-19 comenzaron a aflojar en Montevideo, uno de los lugares más buscados por la gente para volver a la
normalidad fueron los centros comerciales. El hecho parece anecdótico en uno de ellos en particular, el de Punta Carretas, que antes de ser un «shopping center» en un suntuoso barrio del mismo nombre fue una cárcel de la que, el 6 de septiembre de 1971, se fugaron más de un centenar de presos, la
mayoría integrantes de la guerrilla del Movimiento de Liberación NacionalTupamaros (MLN-T).

Entre los fugados estaban cuatro dirigentes históricos de la organización guerrillera: Raúl Sendic («El Bebe»), José «Pepe» Mujica (quien décadas
después se convertiría en presidente de la República), Eleuterio Fernández Huidobro («El Ñato», quien sería su ministro de Defensa) y Jorge Amílcar
Manera Lluberas, un ingeniero civil que resultó clave a la hora de planificar y llevar a cabo el escape.

Otro fue Rubén García, integrante de la misma guerrilla urbana que desde 1989 integra la coalición Frente Amplio con su brazo político, el Movimiento de Participación Popular (MPP).

Según cuenta a la Agencia Sputnik, el hombre, hoy de 71 años, llegó al penal de Punta Carretas en octubre de 1969, un día después de la fallida
toma por parte de los tupamaros de la ciudad de Pando, en el departamento de Canelones (sureste), y luego de sufrir apremios por parte de la
policía que le dejaron un problema de por vida en uno de sus tímpanos.

«Cuando llegué estábamos todos juntos con el resto de los presos», recuerda García, «No había separación para presos políticos y todos compartíamos la misma planchada (pabellón), y salíamos juntos al patio y jugábamos al fútbol».

A pesar de eso, la convivencia entre los reclusos fue provechosa:

«Hicimos un trabajo junto a los presos para enseñarles a leer y escribir, compartíamos lo que nos mandaban los familiares.

Incluso los ayudamos a que formaran un sindicato y así mejoraron su vida y su convivencia».

Para la organización guerrillera fueron tiempos de asambleas en grupos grandes, una alternativa que no tenían cuando estaban en libertad, dada la
forma organizativa que obligaba la clandestinidad.

Aquel año, 1969, fue convulsionado para Uruguay. Las protestas contra el Gobierno de Jorge Pacheco Areco (1967- 1972) se incrementaban en todas las esferas y fueron respondidas con dureza por parte de las fuerzas de seguridad, así como con el surgimiento de una poderosa reacción civil conservadora, plasmada en la creación de la Juventud Uruguaya de Pie (JUP).

En simultáneo, el Gobierno adoptó las «medidas prontas de seguridad» establecidas en la Constitución para casos de «conmoción interior», gracias a las cuales reprimía las huelgas y silenciaba a la prensa. Así, bajo el mandato de Pacheco, se habían producido el año anterior los tristemente
célebres asesinatos de los estudiantes universitarios Líber Arce, Susana Pintos y Hugo de los Santos.

En tanto, el accionar de «escuadrones de la muerte», grupos parapoliciales de extrema derecha, se anotó a los primeros desaparecidos de un oscuro y prolongado proceso dictatorial: Abel Ayala (el primer detenido desaparecido, en 1971) y Héctor Castagnetto.

Estos escuadrones de la muerte cuentan por ese entonces con al menos otros dos asesinatos, el de Manuel Ramos Filippini (también en 1971) y el del poeta y artista visual Ibero Gutiérrez, en 1972.

Los tupamaros, o «tupas», eran perseguidos por todo el país, y la fuga de Punta Carretas marcó el inicio de una etapa mucho más sombría, cuando las Fuerzas Armadas se sumaron a la policía en la «lucha antisubversiva», formando entre ambas las Fuerzas Conjuntas, que tuvo al ejército encabezando el
combate a la guerrilla, y luego al mando del país, con la dictadura cívicomilitar que se extendió de 1973 a 1985.

LA FUGA

No fue la primera fuga concretada en Punta Carretas, ya que el 18 de marzo de 1931, presos anarquistas también habían logrado la libertad luego de construir un túnel desde un ficticio negocio de venta de leña. Incluso la fuga tupamara, de la que este lunes se cumplen 50 años, tuvo un antecedente en
las guerrilleras mujeres. El 8 de marzo de 1970 se produjo la evasión de 38 mujeres que, según García, se hizo en medio de una tregua por la
proximidad de las elecciones y la constitución del Frente Amplio, coalición de izquierda que sería creada un año después y que entre 2005 y 2020
gobernaría Uruguay durante tres períodos consecutivos.

También hubo dos escapes, el de Raúl Bidegain, que se cambió en la visita con su hermano, y el del ingeniero Juan Almirati, que en un traslado al juzgado salió corriendo. Incluso hubo otra más en abril de 1972, con túneles de los diversos escapes.

No obstante, la del 6 de septiembre de 1971 fue la más significativa para la historia política uruguaya. También para el padre de Rubén, que
ese día cumplía 50 años.

«Uno ansiaba estar afuera porque entendíamos que la lucha continuaba. Hubo ansiedad y esperábamos que no nos descubrieran durante los 30 días que duró la construcción del túnel», evoca el hombre. Primero hubo que comunicar las celdas con boquetes a los que llamaban «las heladeras» y que pudieron hacerse, en parte, gracias a la antigüedad de los muros. «Un día estábamos todos sancionados y uno empezó a hacer un agujero de celda a celda.

Luego, con una rienda de alambre que sacábamos de las camas, empezamos a cortar la pared. Después agarramos más oficio y trabajábamos sobre la mezcla de los ladrillos», cuenta.

Durante el tiempo que duró el trabajo, a «las heladeras» las tapaban con yeso y pintaban la pared. «Nunca estuvo tan pintado ese penal», se
sonríe García.

También se comunicó hacia abajo, donde había una bóveda, y hacia arriba, donde había 106 tupamaros y cinco presos llamados «comunes», es
decir, que no tenían vínculo con la guerrilla, que pudieron escapar desde el cuarto piso.

Para lograr la libertad, los reclusos trabajaron un túnel de 40 metros que atravesaba la calle y salía a una casa en la vereda de enfrente. Según
pasan los años, se van conociendo más detalles de la obra que no estuvo exenta de problemas y tampoco de connivencias policiales.

«Sentí que era libre cuando salimos del túnel.

Ahí dije: ‘Estamos libres, vamos a seguir’, y me subí al camión», recuerda. Su destino lo llevó a la ciudad de Minas, departamento de Lavalleja (suroeste), a vivir en las «tatuceras» (escondites rurales bajo tierra) y a una nueva detención de casi un año.

Punta Carretas siguió funcionando como cárcel común hasta 1986, cuando un motín le puso la cereza al postre de sus antecedentes, y derivó su
cierre, durante el Gobierno de Julio María Sanguinetti (1985-1990). Hoy Rubén no vive en Montevideo y, cuando viene nunca va al actual «shopping». «Me trae recuerdos felices pasar por el muro que atravesamos por abajo y no me genera mucha cosa que se trate de un centro comercial», asume.

El hombre sigue militando activamente en su espacio político, ahora, contra el Gobierno de Luis Lacalle Pou, «que está imponiendo el modelo neoliberal a ultranza que quería su padre (Luis Alberto Lacalle, presidente entre 1990 y 1995 y cuya administración fue testigo de la inauguración del shopping center en el
predio donde alguna vez estuvo la cárcel), pero que por suerte tiene resistencia».

Y, casi atravesada la pandemia, lucha para cambiar una realidad de creciente desempleo, hambre y ollas populares.

Todo a pasitos del centro comercial que alguna vez presenció una de las fugas más grandes de la historia.

(Sputnik)



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