Todo comenzó a las 4 de la mañana del 9 de julio de 1971 en la base aérea de Chakala, a las afueras de Islamabad. El “viajero principal”, de traje negro, sombrero negro y lentes negros, abordaba un Boeing 707 de Pakistan International Airlines, puesto a disposición por el presidente Yahya Khan, y emprendía su “viaje adicional” principal objetivo de la operación “Marco Polo”.

En los mensajes encriptados de los servicios, el “viajero principal” era Henry Kissinger, entonces consejero de Seguridad Nacional de Estados Unidos; el “viaje adicional” tenía como destino Beijing y “Marco Polo” -por el mercader veneciano que acercó China a Occidente- fue la operación supersecreta que, hace medio siglo, permitió que se encontraran personalmente el funcionario estadounidense y el primer ministro Zhou Enlai para acordar los términos de referencia de la visita de Estado del presidente Richard Nixon a China y discutir las bases y condiciones para restablecer una relación que cambió radicalmente la historia de la geopolítica mundial.

Desde antes de ser elegido presidente, Nixon había manifestado la necesidad de encontrar caminos que permitieran reanudar los contactos politico diplomáticos con el gigante asiático, interrumpidos desde el triunfo del Partido Comunista de Mao Zedong y la fundación de la República Popular en 1949. Desde entonces Washington se negó a reconocer al nuevo gobierno como el legítimo titular del poder en China al tiempo que lo hacía con el régimen de Chiang Kai-Chek en Taiwán.

En 1967 en un ensayo titulado “Asia after Vietnam” en la revista Foreign Affairs, un año antes de ser elegido presidente, Nixon había anticipado que “en el largo plazo sencillamente no podemos permitirnos dejar para siempre a China fuera de la familia de naciones, para que alimente sus fantasías, agudice sus odios y amenace a sus vecinos. En este pequeño planeta, no hay lugar para que los mil millones de habitantes del pueblo potencialmente más capaz vivan en airado aislamiento”.

No obstante, la visita de Kissinger -la primera de un estadounidense desde el rompimiento de las relaciones- exigía una preparación extremadamente sofisticada (se dice que fueron necesarias más de cien reuniones secretas previas entre ambas partes) y máximo nivel de reserva, incluso para el propio Departamento de Estado que nunca supo de la misión hasta que esta se realizara.

Apenas instalado en la Casa Blanca, Nixon comenzó a enviar señales de estar dispuesto a conversar con los líderes chinos. Del otro lado del océano hubo reacciones positivas y, según un mensaje secreto, desclasificado años después, Zhou Enlai respondía que, para restaurar las relaciones entre ambos países hacía falta una “reunión de alto nivel”.

Sin embargo fue “el factor Unión Soviética” el catalizador para el inicio de las negociaciones.

Washington estaba convencido de los beneficios que para Estados Unidos y el mundo traería la normalización de las relaciones con la República Popular, tanto por la importancia objetiva de un país de las dimensiones de China y, fundamentalmente, para contrabalancear -en plena Guerra Fría y conflicto de Vietnam- el poder de la entonces ascendente Unión Soviética.

“Mientras China tuviera más que temer de la Unión Soviética que Estados Unidos, su propio interés lo obligaría a cooperar con Estados Unidos” confesaría Kissinger en sus memorias”. Para “el príncipe de la realpolitik”, la posición de Estados Unidos para negociar “sería más fuerte cuanto más cerca estuvieran de ambos gigantes comunistas que lo que uno de ellos estuviera del otro”.

Por su lado, las relaciones entre Beijing y Moscú comenzaron a deteriorarse luego de la muerte de Stalin en 1953 y el ascenso de Nikita Jruschov a la cúspide del Partido Comunista y el poder soviético.

La década de 1950 inauguró un largo período de creciente enemistad ideológica, económica y geopolítica que se agudizó por la intervención militar del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia (condenada por Mao) y una serie de incidentes fronterizos que desembocaron  en un enfrentamiento sangriento en el río Ussuri. Todos los historiadores coinciden que el cisma del movimiento comunista internacional que se produce a partir de la ruptura sino-soviética allanó el camino para ese primer acercamiento, el viaje oficial de Nixon a China y, finalmente, el total establecimiento de las relaciones diplomáticas entre ambas potencias en 1978.

A diferencia de Estados Unidos, que ignoró por completo la fecha, el gobierno chino celebró la semana pasada el 50º aniversario del viaje con una conferencia en Beijing organizada por el Instituto de Asuntos Exteriores del Pueblo Chino y por el Comité Nacional de Relaciones entre Estados Unidos y China.

“Este acontecimiento, que ha reflejado la extraordinaria sabiduría política y el sobresaliente arte de la diplomacia de la generación anterior de líderes, abrió una nueva página en las relaciones entre China y Estados Unidos y en la política internacional, y cambió profundamente la historia” afirmó el vicepresidente de china Wang Qishan en su discurso de apertura del evento.

“La estrategia de Estados Unidos hacia China debe evitar caer en un círculo vicioso de juicio equivocado y dirección errónea”, agregó Wang, quien hasta 2017 se desempeñó como secretario de la Comisión Central para la Disciplina del Partido Comunista y, como tal, protagonizó la campaña anticorrupción del presidente Xi Jinping.

Este aniversario coincide con uno de los peores momentos de las relaciones diplomáticas, políticas y económicas con Estados Unidos y la dirigencia china, con su celebración, quiso dar una señal inequívoca de su voluntad para superar los antagonismos y recuperar el camino de la coexistencia pacífica y la cooperación entre los dos países.

“En los últimos 50 años, las relaciones sino-estadounidenses han experimentado altibajos, pero han avanzado continuamente, lo cual ha traído enormes beneficios a los dos pueblos y también han promovido vigorosamente la paz, la prosperidad y la estabilidad mundiales”, enfatizó el dirigente chino.

Subrayando la importancia de su recordada misión a China -la primera de las casi 100 que haría en los años posteriores-, Henry Kissinger participó en el evento a través de un enlace de video.

«Así que aquí estamos, 50 años después, en una situación en la que la necesidad de cooperación no ha disminuido», afirmó el veterano político de 98 años. «El conflicto entre Estados Unidos y China dividirá al mundo entero y los intentos de alinear a las naciones de un lado o del otro crearán divisiones en el mundo y tentaciones y presiones que serán cada vez más difíciles de resolver”. «No todos los problemas pueden tener una solución inmediata, pero debemos partir de la premisa de que la guerra entre nuestros dos países sería una catástrofe indescriptible”, advirtió Kissinger.

Precisamente la estrategia antichina de Biden, a diferencia de la de Trump, es la conformación de una “alianza de democracias” que resista a la retórica china de que su “modelo autocrático” es más eficaz para enfrentar los nuevos retos y en particular el mundo pospandemia. “Esta es la batalla que se libra ahora mismo, la batalla entre la utilidad de las democracias y las autocracias en el siglo XXI”.

Para el presidente estadounidense, el “principal objetivo [de la República Popular] es convertirse en el líder, en el país más rico y poderoso del mundo” y se comprometió a que “eso no va a ocurrir bajo mi mandato”. Así lo hizo saber en las cumbres del G7 y de la OTAN en junio, el escenario elegido para lanzar su nueva ofensiva contra China.

No obstante, haberse alineado con las críticas de EEUU a los derechos humanos en China y a su supuesta agresividad en la región Asia-Pacífico, los principales países de Europa mantienen una vía propia y mucho menos beligerante en la nueva guerra fría entre Washington y Beijing.

Pocos días después de sus encuentros con Biden, el presidente francés, Emmanuel Macron, y la canciller alemana, Angela Merkel, se reunieron por videoconferencia con Xi Jinping para relanzar la cooperación entre las dos partes: desde el cambio climático, el restablecimiento de los enlaces aéreos interrumpidos por la pandemia hasta la creación de una plataforma de cuatro (China, Alemania, Francia y África) para desarrollar el continente africano.

Según la prensa local, Xi instó a sus dos colegas a desempeñar un papel más protagónico en los asuntos internacionales y mostrar «independencia estratégica», que, traducido al chino, significa tomar decisiones independientemente de Washington.

Al hacer público los resultados del viaje de Kissinger, Nixon declaró a la revista Time: «Creo que será un mundo más seguro y un mundo mejor si tenemos Estados Unidos, Europa, Unión Soviética, China, Japón, fuertes y saludables”. Medio siglo después, su homólogo Biden debería tenerlo en cuenta.



Fuente