Por Joaquín Symonds
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Bibiana habla de Manuel y, sin importar el tema, se le inundan los ojos de lágrimas que intenta contener, por momentos con éxito y por otros sin lograrlo. Manuel tenía 13 meses y ella, junto a Eduardo, lo buscaron con ansias durante un tiempo que les pareció eterno, hasta que llegó.
En cada una de las fotos que hay en la casa, Manuel está sonriendo, con dos cachetes que despertarían en cualquier persona, por lo menos, ternura.
El bebé nació con una malformación congénita pulmonar benigna. Como padres, Bibiana y Eduardo quisieron saber cuál era la mejor opción para su hijo y en la mutualista Casmu les recomendaron una cirugía que en ASSE no tiene registro, por lo menos, en los últimos años.
Desde el sanatorio les “trajeron” a un especialista grado 3 en Cirugía Pediátrica del Hospital Pereira Rossell. En tanto, un grado 5 también estaría en la operación. El cirujano grado 3 fue quien trató a Manuel desde los cinco meses. No hubo dudas cuando los padres de Manuel consultaron: había que operarlo.
Si bien en la previa los padres del bebé pensaron que ese iba a ser el equipo, en las audiencias llevadas adelante en Fiscalía —una vez que la familia hizo la denuncia y que la causa se estaba investigando— se enteraron de que otra cirujana pediátrica grado 2 estuvo al momento de la operación.
De hecho, la especialista declaró ante el Ministerio Público y también el resto del equipo médico avaló su presencia al momento de la intervención a Manuel. “Un instrumentista lo nombró. Ellos aluden a un error administrativo, pero es muy grave porque no aparece en la cirugía y llegó a declarar en Fiscalía, además de firmar notas en apoyo a los médicos cuando ella misma también estuvo operando”, comenta Bibiana.
A partir de que se confirmó la operación, se dieron días de mucha preparación. Desde Casmu les dijeron que habían comprado un instrumental especial para la cirugía, pero nunca les informaron que se trataba de una operación poco frecuente y, más aún, en un bebé de 13 meses.
Por su parte, en las consultas, el grado 3 les explicaba cada uno de los movimientos que haría en el cuerpo de su hijo. Desde el comienzo, a Bibiana y Eduardo les comunicaron que intervenir era la mejor opción, y creían que estaban “en las mejores manos”, por lo que la confianza se forjó desde el momento cero. El grado 5 que estuvo en la cirugía no vio al bebé previamente ni realizó ninguna comunicación con los padres para que se conocieran.
En abril de 2024, Manuel ingresó al block quirúrgico para ser operado. El proceso duraría, en los papeles, alrededor de tres horas. Pasaron tres, cuatro, ocho y hasta nueve horas hasta que el bebé fue llevado al CTI.
Durante toda la mañana de la cirugía, al niño lo intentaron intubar tres veces, proceso fallido que le provocó que el lóbulo que debería ser desinflado no lo fuera. Los manuales de anestesia tanto nacionales como internacionales, dice Bibiana, recomiendan hacer dos intentos y, si no se puede, suspender la operación. Los padres dejaron a Manuel a las 8:40 y recién a las 11:40 comenzó el procedimiento quirúrgico.
“A cada rato iba a pedir información”, recuerda Bibiana, y acota que siempre la respuesta era la misma: “Todavía no tenemos nada”.

Manuel junto a Bibiana y Eduardo. Foto: cedida a Montevideo Portal
Falta información
El grado 3 que estuvo en la operación conoció a Manuel a los cinco meses. Desde entonces, la malformación del bebé era conocida tanto por los médicos como por sus padres.
Bibiana añade que la información que tenían antes de la cirugía fue confusa, hasta que les dijeron que para sacar los quistes se requería la extirpación o resección del lóbulo inferior completo, y ahí se dieron cuenta de que la gravedad era mayor.
Desde Casmu les dijeron que sacarían ese lóbulo a través de una laparoscopía, una cirugía mínimamente invasiva que permite al cirujano ver y operar usando pequeñas incisiones y un tubo delgado con cámara llamado laparoscopio, que ofrece beneficios como menos dolor, recuperación más rápida y cicatrices más pequeñas que la cirugía abierta tradicional. Nada de esto último le pasó a Manuel.
En la carpeta fiscal no hay ningún registro de las consultas que tuvieron Bibiana, Eduardo y Manuel antes de someter al bebé a la operación con el cirujano a cargo. “No sé si el médico es fantasma o Manu era el fantasma”, acota el padre.
Tras la muerte de su hijo, Bibiana y Eduardo se pusieron a estudiar: leyeron cuanto manual de cirugía pediátrica encontraron, hablaron con médicos tanto de Uruguay como de Brasil —país del que es oriundo él— y detectaron un detalle que el grado 3 omitió antes de que Manuel entrara a quirófano: la laparoscopía es una cirugía para acceder a los órganos alojados en la zona del abdomen, nunca en el tórax de una persona.
Solo al final de las nueve horas que el bebé estuvo en block, los médicos cambiaron la técnica y utilizaron la toracotomía, un procedimiento que abre la pared torácica mediante una incisión entre las costillas para acceder a órganos vitales como los pulmones, el corazón, el esófago y los grandes vasos sanguíneos.
A su vez, hubo otras desprolijidades: a Manuel le realizaron una transfusión profiláctica, algo que no está recomendado en estos casos. La hemoglobina del bebé antes de entrar a cirugía era de 12 g/dL según detallan los exámenes paraclínicos previos a la cirugía, pero luego bajó a 10, por lo que debieron administrarle sangre.
A las 15:20, Manuel presentó sangrado abundante por la sonda endotraqueal. El bebé de 13 meses estaba anestesiado desde las 8:40.
La tortura y la desesperación
Cuando terminó la cirugía, el grado 3 le envió a Bibiana un mensaje por WhatsApp en el que le decía que había salido todo bien y que le estaban pasando anestesia raquídea en la zona del corte efectuado en el cuerpo del bebé.
Cuando la madre subió a recibir el parte médico, el profesional asomó la cabeza y le dijo: “Salió todo bien. Le tuvimos que hacer un cortecito mayor para sacarle el lóbulo. Y tuvimos que pasarle un poquito de sangre porque sangró un poco”. En ningún momento explicó que la cirugía había dejado de ser una toracoscopia para convertirse en una toracotomía.
Las técnicas tienen diferencias abismales. Entre ellas, que la que se le practicó a Manuel exige obtener campo operatorio dentro del tórax mediante el colapso del lóbulo pulmonar y el bloqueo del bronquio para evitar el pasaje de sangre. Esta cirugía tiene un riesgo muy alto, ya que se trabaja al lado de estructuras vitales de extrema importancia y sin campo operatorio bueno se vuelve a ciegas, que fue lo que ocurrió en Manuel desde el primer momento.
Primero fue la imposibilidad de intubarlo en reiteradas ocasiones; luego, la falta de campo visual para acceder, y, en tercer lugar, el cansancio de estar nueve horas con un paciente de 13 meses. Por momentos, piensan los padres, su hijo fue una rata de laboratorio.
Sin embargo, poco importaron estos obstáculos, porque a Manuel le terminaron extirpando el lóbulo, que estaba lleno de sangre, lo que confirma la hemorragia sostenida durante el procedimiento, según la anatomía patológica posterior.
Tras la operación, Manuel sangró durante la madrugada 170 centímetros cúbicos; a Bibiana le habían dicho que lo normal era 100. Esa noche, la intensivista llamó al cirujano, pero este le respondió que no pasaba nada, que ese sangrado era el esperado.
A la mañana siguiente, Manuel comenzó a descompensarse. La intensivista que había pasado la noche vino y le dijo a la madre que las cirugías de ese tipo eran dolorosas. “Yo te veo a vos con cara de miedo”, le respondió Bibiana.
Ninguno de los saturómetros funcionaba, según les dijeron. “Todos los cambiaban y nos decían que estaban rotos”, añade Eduardo, y Bibiana acota que una de las intensivistas se colocó uno de los aparatos en el dedo y le marcó 99. Manuel tenía 60 de saturación.
El cirujano llegó a las pocas horas y, en el interín, a Manuel le realizaron una placa de tórax. “Manuel no tiene pulmones. Los tiene todos ocupados por sangre”, le dijeron a Bibiana, quien minutos antes había pedido que le explicaran por qué esa parte del cuerpo de su hijo aparecía blanca.
“Quedate tranquila, esto es normal”, le dijo el profesional que lo operó. “Si necesita, lo aspiramos. No veo necesidad de reintervenir”, acotó antes de irse. Ahí el drenaje marcaba una pérdida de sangre de 270 cc, un tercio del volumen sanguíneo de un bebe de la edad de Manuel. Lo que siguió fue tétrico: sufrió un infarto cerebral y un paro cardíaco; lo reanimaron durante 20 minutos, pero nadie pudo salvarlo.
Manuel luchó hasta el final. Soportó una cirugía de nueve horas que, según varios médicos, fue una tortura. El posoperatorio fue de terror: padeció dolores durante horas, quejidos que preocupaban a sus padres. “Manuel falleció, no sabemos qué pasó. Le queremos hacer una autopsia”, les dijeron desde Casmu. El cirujano miraba para abajo, no hablaba, no dio el pésame a la familia. Horas antes había calificado el proceso como exitoso.
Bibiana sí miró al cirujano y le gritó por qué le había hecho esa cirugía a su hijo. A Eduardo le salió agradecer. “Me acuesto todos los días pensando por qué hice eso”, cuenta.
Una fuerza descomunal
Tras recibir el resultado de la autopsia, Bibiana pidió la historia clínica de Manuel. Una médica les comentó todos los errores que había habido en el proceso, algo que luego se confirmó y que consta en el proceso de imputación que lleva adelante la Fiscalía.
La Justicia imputó a los dos médicos que participaron de la cirugía y a una intensivista, quien intervino en el proceso e incluso llegó a firmar un parte médico cuando su turno ya había terminado y Manuel había fallecido. Los padres del bebé son representados por abogado Juan Pablo Decia.
A Bibiana y a Eduardo se les nota la fortaleza. No hace falta que hablen para advertir que están dispuestos a llegar hasta el final, a pesar de que, como dice la madre, él no va a volver. Nada les va a devolver a su hijo.
Pero en el fondo prevalece ese empuje de seguir adelante para alcanzar, aunque sea, una mínima sensación de que se hizo justicia por una vida que jamás tendría que haberse perdido.
Por Joaquín Symonds
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