Se nos viene un invierno muy duro; probablemente de los más duros que haya transitado el Uruguay a lo largo de toda su historia. No solamente por los estragos que previsiblemente causará la malhadada pandemia, sino por los otros factores añadidos, a los que bien podríamos englobar bajo el rótulo de miseria moral, que agravan el ya preocupante panorama nacional.

La miseria moral aparece cuando, en medio de una catástrofe, y pudiendo actuar en interés de las mayorías, de los más vulnerables, de los que peor la están pasando, se actúa en favor de los poderosos, los privilegiados, los peces gordos o los que más tienen. Esa realidad, esa opción por los “malla oro”, es un dato fáctico que a estas alturas nadie puede negar, puesto que ha sido sostenido en palabras y en actitudes con una constancia tan tenaz como indiscutible. Unos podrán reconocer públicamente este hecho y otros no, pero yo me aventuro a suponer que la gran mayoría de la población está avergonzada y preocupada en grados variables ante la actitud que el gobierno está asumiendo frente a la catástrofe, aunque para afuera, algunos utilicen la máscara del más profundo cinismo. De eso se trata, al fin de cuentas. De cinismo por un lado, y de complicidad (o no) por el otro. Dice el diccionario de la Real Academia Española, que me enseñaron a usar en la Facultad de Derecho, como base elemental de un análisis lógico lingüístico, que el cinismo es “desvergüenza en el mentir, o en la defensa y práctica de acciones o doctrinas vituperables” e “impudencia, obscenidad descarada”. En efecto, parece vituperable elegir proteger primero a los más poderosos, y recién después –si algo queda en el fondo del tarro- arrojar unas migajas a los más vulnerables.

Claro que no estamos hablando del cinismo como corriente filosófica. Diógenes de Sinope llevó sus principios al extremo. Recorrió con una linterna, a plena luz del día, según se dice, las calles de Atenas en “búsqueda de un hombre”. Le pidió al rey Alejandro Magno que se hiciera a un lado porque le estaba “tapando el sol”, y arrojó una gallina desplumada en el pórtico de la Academia exclamando: “¡He aquí el hombre de Platón!” (y todo porque este último se había referido al ser humano como un “bípedo desplumado”). Diógenes de Sinope fue un maestro de la provocación, pero la finalidad de sus fechorías era tan sólo filosófica: exteriorizar y naturalizar todo lo que se oculta, se disfraza o se disimula bajo la metáfora o la mentira. Dicho en criollo, Diógenes de Sinope no le hacía daño a nadie, y a nadie le complicaba la vida. No tenía que andar haciéndose cargo de nada, puesto que a nadie perturbaba en sus vidas y bienes. Era, a lo sumo, un tipo divertido y “despegado”. Pero un gobernante se encuentra en un caso muy diferente, sobre todo cuando están de por medio la vida y la salud. Hay que reconocer, con todo, cierta coherencia por parte del gobierno, que tomó dos decisiones terminantes: no reducir drásticamente la movilidad y proteger a muerte a los “malla oro”, y las mantiene a rajatabla, con ligerísimas variantes.

Pero, como continúan y ascienden las muertes por Covid, la lógica indica la necesidad de revisar las posiciones y las decisiones adoptadas, y para ello es imperioso recurrir al dictamen de los que saben, o sea de los especialistas. Y los especialistas han sido terminantes en aseverar que la reducción de la movilidad es urgente, perentoria, inaplazable. Es entonces cuando emerge el cinismo esplendoroso del gobierno, que ha dejado en estupor a propios y ajenos. Mi interés no consiste en ejercer una crítica estéril, sino en realizar una contribución analítica lo más sana y constructiva posible (porque aquí, o nos salvamos todos o no se salva nadie). Por ello es necesario precisar de entrada la diferencia entre el técnico y el político. El técnico posee el conocimiento de un saber hacer y de una práctica que puede enseñar, que está basada en la hipótesis, la comprobación y la demostración. A diferencia del político que normalmente habla para persuadir, el técnico habla para demostrar; o sea que habla con la verdad para otros, y transmite este saber a la comunidad. Pero, aunque el técnico hable con función y con intención de trasmitir conocimiento, lo hace sin asumir ningún riesgo personal, cosa que ciertamente no sucede con el político, ya que éste debe tomar decisiones que afectan a todo el cuerpo social. Sin embargo, esto no inhibe al político de proceder con honestidad. Es más. Lo menos que podemos exigir a un político es honestidad y verdad. También podríamos pedirle empatía, pero con lo primero nos conformamos. En tal sentido recurro a la figura de la parresia, tomada de la retórica clásica, que significa hablar con franqueza, con libertad e incluso con osadía, pero no para cuidar intereses de un sujeto o de una clase, sino para expresar la verdad, “toda la verdad y nada más que la verdad”, como dice el famoso juramento estadounidense que se realiza sobre la Biblia; aunque semejante verdad pueda representar un riesgo para el hablante. Claro que la parresia, llevada a la actualidad democrática, entraña muchos peligros. Uno de ellos es la consabida manipulación demagógica, que jamás falta a la cita. Otro es el no menos famoso relativismo moral, tan engañoso como atractivo, cuando no está acompañado de un riguroso análisis lógico. Si por un lado el hablante es muy capaz de aseverar que tal o cual cosa es la verdad para él y punto, por otro lado podrían irrumpir numerosos candidatos a hablantes, que exigen decir su verdad particular. Pero sigue en pie la necesidad de que, especialmente ante las grandes catástrofes (y sin duda estamos inmersos en una) el gobierno, que para algo es gobierno, se exprese sin ambages ni circunloquios, sin respuestas formuladas a través de preguntas o de pseudo conclusiones (¿a usted le parece que es así? A mí no me consta. No es lo que me dijeron), y con una mínima dosis de empatía ante la notoria situación de preocupación, sufrimiento y angustia de la ciudadanía toda. Lo contrario a la empatía es el menosprecio, la indiferencia, el desdén y la burla, todo lo cual no necesitamos, no queremos y no estamos dispuestos ya a tolerar.

Sería necesario, o más bien sería urgente, que alguien asesore mejor al señor Presidente. Tal vez todavía estemos a tiempo. La correspondencia entre el discurso veraz y el gobierno se muestra en buena medida, como indica Michel Foucault, en la relación del gobernante y su consejero, aquel a quien el gobernante está dispuesto a escuchar, aun con los peligros que conlleva hablarle al gobernante. El problema de fondo es que, precisamente, el gobernante se expone a demasiados perjuicios si no acepta hablar con la verdad, con toda la verdad y nada más que con la verdad. Por ejemplo, se expone a no oír más que la voz de la adulación y la aquiescencia, que no suelen ser las mejores orientadoras. Así las cosas, parece imposible que el gobierno se tome en serio las recomendaciones de la ciencia, salvo que opere un drástico y honesto cambio de timón, puesto que la opción contraria (que la ciencia y la ciudadanía se tomen en serio las aseveraciones del gobierno) constituyen un franco disparate y una temeridad sin límites, en lo que a vida, salud y bienes se refiere. Dicho esto, todo está dicho. Mientras tanto, la amenaza del invierno, del peor invierno (acaso) que hayamos atravesado en nuestra historia, sigue manteniéndose en pie.

 



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