Dr. Gastón PESCE ECHEVERZ

Ex Edil departamental

El pasado 14 de diciembre, en horas de la mañana, fue presentado en Casa Puerto el Masterplan elaborado por el estudio internacional de arquitectos OMA, con sede en Nueva York, para la costa (costanera) de la ciudad de Paysandú.

La presentación fue bilingüe, en español y mayormente en inglés -traductora incluida- frente a la intelligentia (digámoslo en latín) de un pueblo que a gatas habla y escribe correctamente el castellano y pletórica en imágenes de lugares lejanos, dibujos y alguna gráfica (como para niños), así como de términos y conceptos para iniciados.

En determinado momento, sobre el final, se invitó a los asistentes a formular preguntas y la respuesta unánime fue un silencio ensordecedor que puso en evidencia un inocultable temor reverencial que determinó un previsible mutis por el foro

La genialidad parece ser una suerte de cinta transportadora que, naciendo en la sede de la CARU, en la cabecera uruguaya del Puente internacional Paysandú – Colón terminaría (si es que algún día se hace) en un soñado “Parque Aventura”, a los pies del colector a cielo abierto de todos los efluentes pluviales, domiciliarios, industriales y, en suma, cloacales que, sin tratamiento previo, convierten la desembocadura del Arroyo Sacra en el punto más contaminado del Río Uruguay en todo el curso compartido con Argentina, de lo que nada se dijo, como tampoco de la necesaria construcción previa de una planta de tratamiento de esos efluentes que se necesita a gritos, para devolver al curso de agua, en lo posible, parte de su salud natural.

Lamentamos no haber podido concurrir para recordar a los presentes (los técnicos foráneos seguramente no lo sepan) que cuando las primeras reuniones para la construcción del puente binacional, allá por mediados de los 60 del siglo pasado, cuando el vicepresidente argentino Carlos Perette vino a reunirse en Paysandú con el entonces presidente del Consejo Nacional de Gobierno, Dr. Washington Beltrán, en el mismísimo lugar donde se planifica construir el ahora llamado “Parque Laguna”, existía una muy profunda hondonada natural que, justamente, por ese motivo fue aprovechada para un lindo espectáculo de fuegos artificiales que nos impresionó de niños, la que luego fue siendo paulatina (e inteligentemente) rellenada con residuos tóxicos de la empresa PAYCUEROS S.A., seguramente impregnados de cromo hexavalente (cancerígeno), que por filtración natural termina en el río, hasta que bastante después se construyó la avenida costanera que recientemente ha sido re inaugurada, como para terminar de cercar el lugar e impedir así definitivamente que ese amplio espacio (que antes bien la lógica más elemental indicaría que debería ser mantenido y aún profundizado hasta formar una bahía de contención del agua) cumpliera la finalidad natural a la que parecería estar razonablemente destinado.

Lo mismo ocurrió después con la avenida Costanera Norte, que también terminó cerrando una amplia zona baja que bien podría servir para amortiguar los efectos de las crecientes, sin perjuicio de elevar el terreno y construir muros, diques o bermas donde realmente fuera necesario para contrarrestar la naturaleza y no para acentuar los efectos de una cadena de errores humanos que parece interminable.

También se rellenó con residuos tóxicos de la misma empresa antes nombrada la vera norte del Arroyo Sacra a lo largo de una importante extensión próxima a su desembocadura en el Río Uruguay. ¿Lo sabrán los técnicos extranjeros?, ¿alguien se los habrá dicho de entre un pueblo que parece no tener memoria y entroniza con demasiada frecuencia a recién llegados de afuera que vienen de salvadores?

Por lo demás, las obras proyectadas tienen, a simple vista, un altísimo costo que no se aviene con la pobreza relativa de la mayoría de sus destinatarios más próximos.

Las propias imágenes proyectadas a futuro nos muestran gente bien vestida y aparentemente educada, comercios prósperos, muchos edificios de altura y una aparente prosperidad económica que es lo que primero debería generarse para darse el lujo de pagar un millón de dólares de las arcas de los sobres castigados contribuyentes, para recién poder encarar después tremendas obras de relleno, sofisticados mecanismos para contener el agua del bravo Río Uruguay cuando crece (cosa que los técnicos contratados seguramente jamás hayan visto) y una serie de compuertas que -por lo antedicho- nos parecen desde ya completamente inútiles a ese fin.  Todo esto parece idílico para un lugar donde no se puede plantar un fresno sin que termine cortado, roto o robado por alguno de los tantos inadaptados de hoy.

En el Paysandú de los 60 y principios de los 70 y aún antes sí había pujanza, educación y -tal como lo dice su escudo departamental- trabajo y progreso; pero no era un progreso digitado de afuera sino generado por el talento y esfuerzo propio de su gente.  Se nos cuenta que el propio Intendente Ing. Acquistapace, en su doble carácter de autoridad departamental e Ingeniero supervisaba la calidad de la obra pública municipal.  Años después el Arq. Oscar Garrasino, viejo vecino del barrio del Puerto que algún genio de hoy se le dio por re bautizar como Ciudad Vieja, cosa que nunca fue (pero esa es otra historia), llevó adelante con un grupo de jóvenes arquitectos, todos de acá, la recuperación de una vasta superficie del entorno de la entonces Playa del Ferrocarril que desde entonces pasó a llamarse Playa Park donde, en 1964, se llevó adelante una recordada Exposición que pretendió reproducir la gran Exposición del año 48, que se hizo en el Puerto, donde llegó a actuar la famosa orquesta de Xavier Cugat (la del Mambo number five).  Hoy los arquitectos y políticos sobran, pero no parece caérseles una sola idea que no pase por esquilmar una vez más el sufrido bolsillo de los contribuyentes. Tienen que importar conocimiento y talento de afuera porque parece que no alcanza con el producto culto y bien formado de las ahora múltiples universidades de acá.

Durante alguna de las administraciones del Arq. Belvisi, mal que bien, aunque con algunas críticas, el mejor administrador que en las últimas décadas ha tenido el Municipio (pero esa también es otra historia), el Arq. Mauro Peroni, sanducero por entonces radicado en Francia, envió de regalo al Gobierno Departamental un proyecto de urbanización de la zona costanera, que tenía por centro lo que hoy pretende bautizarse como Parque Laguna (esa enorme hondonada rellenada torpemente con todo tipo de basura y, en particular, con deshechos de cuero tóxico) el que -pese al talento y esfuerzo volcado en él gratuitamente- no sabemos bien por qué razón, si por celos profesionales o discrepancias de orientación política jamás se concretó.

Tenemos entendido que el Arq. Peroni vive hoy en Paysandú, podría consultársele.

La frutilla de la torta, un saludo a la distancia de un viejo maleducado, que solo parece poner el nombre, en mangas de camisa y en tránsito hacia uno de los partidos del Mundial… ¡qué poco valemos que ni un mínimo respeto merecemos!

Ante este panorama, de a ratos incomprensible, a juzgar por las actitudes y acciones de nuestros técnicos y políticos, se nos ocurre pensar a dónde van y en qué se emplean los cuantiosos recursos generados por la CARU, administradora de dos de los tres puentes internacionales y, sobre todo, los de la represa de Salto Grande, seguramente mucho más cuantiosos, que debieran estar siendo empleados desde hace décadas en la mejora de la región, las ciudades ribereñas y su entorno y en cambio solo tenemos sueldos desfasados con la media de la población, acomodos políticos, sorprendentes necesidades de asistencia financiera del Gobierno Central e intrascendentes donaciones de pelotas y luces led para clubes de barrio (siempre con fotos incluidas para hacer baja política, de la peor calaña, con ausencia total de altura de miras y recursos ajenos), de lo que ya nos ocupamos en otra anterior nota.

Este triste despilfarro, equiparable a cierta competencia de automovilismo internacional y alguna costosísima propaganda con fines turísticos del departamento de Maldonado pone de manifiesto la absoluta falta de capacidad de miras y de realización genuina de un departamento decadente, que tiene que salir a comprar ideas y costosas fórmulas -a precio de oro- afuera, sin darnos cuenta que, como dijo una vez José Artigas, a esta altura “Nada podemos esperar sino de nosotros mismos”.



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