Entrevista a Magdalena Broquetas, historiadora de la Universidad de la República, sobre el libro Historia visual del anticomunismo en Uruguay (1947-1985), cuya publicación coordinó.

¿De qué trata la investigación?

El anticomunismo es un fenómeno muy complejo. No está estrictamente vinculado al comunismo doctrinario o al Partido Comunista, sino que ha sido un gran paraguas que ha cobijado a las derechas de distintas tendencias (sobre todo), y no solamente a las derechas.

En Uruguay y en América Latina hace un tiempo ya que hay estudios sobre quiénes son los anticomunistas, qué supuso y a quiénes persiguieron, pero la mayoría de esos trabajos estaban centrados en fuentes escritas. Hace un buen tiempo que trabajo cuestiones de historia e imagen, vivimos en un mundo bombardeado de imágenes y a veces desde las ciencias sociales y humanas no tenemos las herramientas para decodificar y entender lo que las imágenes generan en la gente.

En este tema teníamos la intuición, y creo que el libro lo prueba, de que el tema visual era clave. Los anticomunistas cuando hablan, cuando quieren llegar a la audiencia, no es a los convencidos, ni a los militares más radicalizados. Es a la gente, a los sectores menos politizados. Hemos trabajado mucho el tema de las masas. El poder de la imagen en sectores que quizás no tienen tanta educación o politización tan fuerte.

Teníamos la intuición de que había una cuestión comunicacional que salía de lo visual y había tenido mucha fuerza para generar la idea de que había enemigos en determinamos momentos de la historia y luego para reforzar la idea de que el peligro había sido controlado. El libro abarca el eje 47-85, la Guerra Fría en Uruguay (más menos). El eje antes y después de la dictadura está muy presente y contribuye a entender cómo, además de un proyecto represivo, fue un proyecto que buscó generar consenso.

¿Cuál fue el rol de los medios de comunicación?

La prensa concretamente y también el cine de masas jugaron un papel fundamental. En la prensa lo que encontramos a nivel de imágenes también lo encontramos en los editoriales. Revisamos periódicos con identidad político-partidaria, como era el caso en Uruguay de todos los periódicos hasta los 80. Hay columnas vertebrales del anticomunismo. Miramos para todo el periodo el diario El País, para buena parte El Día, La Mañana, El Diario. Durante la dictadura Últimas Noticias, que empieza a salir en el 81. La prensa es el pilar de este discurso y de esta estrategia para convencer que hay un peligro, que está adentro, que tiene rostros múltiples y que hay que eliminarlo.

Algunas de las imágenes son grotescas

Tal cual. Hay distintos tipos de imágenes y de estrategias comunicacionales. Todo el tema de la cartografía es muy importante. Es un recurso muy efectivo que se empieza a publicar con mucha fuerza cuando en Uruguay, en el periodo 47-53, todavía se plantea el comunismo como un peligro lejano referido a Europa del Este y a Asia, pero empieza a aparecer la cuestión de la mancha, de la expansión. Cuando eso se retoma en la dictadura es como la prueba, «nosotros veníamos diciendo que esto se iba a expandir».

Después está la viñeta, la caricatura donde está la sátira, la burla, lo grotesco: entra mucho por ahí; se provoca la risa, se estigmatiza, se estereotipiza. Hay otros que son prueba, hay mucha fotografía.

El eje dictadura es importante porque si miramos los largos 60, donde el bombardeo de imágenes anticomunistas es muy fuerte, están vinculadas a los sindicatos, gremios de profesores, estudiantes más radicalizados, mujeres que empiezan a militar, iglesia con la teoría de la liberación. Todas esas imágenes empiezan a estereotipar y generar la idea de que son algo distinto al nosotros uruguayo. Después viene todo el proyecto represivo.

¿Contribuyó a legitimar el proyecto represivo y de exterminio?

Sin dudas. El proyecto represivo y exterminista tiene el costado del proyecto de regenerar. Los dispositivos comunicacionales durante la dictadura fueron brutales [con la idea] del nuevo Uruguay, el Uruguay que controló la subversión. Estaba la idea de que había que mostrar imágenes para decir que [el peligro] estaba latente, por eso los montajes de los hallazgos de arsenal.

Mostraban que había un nuevo Uruguay con otros estudiantes que eran «estudiantes de verdad». Muchas imágenes dicen de la UdelaR «ya no es más una fabrica de bombas». Las campañas son sistemáticas. En el 80 fue muy fuerte cuando el plebiscito.

El ayer y el hoy, el antes y el después fue un dispositivo comunicacional muy usado, no es exclusivo de Uruguay. Ahí aparece la foto como prueba: esto era así.

La imagen tiene esa idea asociada de que es prueba, de que lo que se ve es real

Una de las cosas a las que apuntaba este libro es romper ese divorcio que hay entre las imágenes y la investigación social. Las imágenes no están para alivianar, son el centro de la investigación. Para hacer que las imágenes hablen, que es una frase común y un cosa muy difícil, y que no sea usada de cualquier manera desde la investigación, tenemos que tener otros documentos. Los titulares, epígrafes, tenemos que saber quién la hizo y quién la encargó. Así podemos trazar líneas y no quedarnos con la anécdota.

La voluntad es divulgar, no es un libro para discutir en facultad. Queremos que la gente lea este libro, que sirva para entrar a otros temas como la Guerra Fría en Uruguay, el discurso antisindical, la construcción del estereotipo de un otro que no pertenece a la comunidad nacional.

¿El anticomunismo permeó en la izquierda?

A nivel de imaginería y universo audiovisual no. Hay un anticomunismo distinto al de las derechas en la izquierda, buena parte de la izquierda tiene un anticomunismo más estrictamente vinculado al comunismo partidario; no es este. Este anticomunismo viene de atrás, viene de antes de la revolución rusa. Detectamos que el bombardeo de imágenes sí se inicia en los 50. Antes es más editoriales, librillos, están muy activos los anticomunistas en los 30 con el terrismo y los fascismos.

Para los anticomunistas comunistas eran los anarquistas, el movimiento obrero, el batllismo radical. Es esa etiqueta que permitía englobar el radicalismo que atravesaba y quería romper el orden social.

¿A qué valores le dicen «comunismo» los anticomunistas? Hasta el día de hoy se utiliza como un adjetivo despectivo

Está el mote, la etiqueta vacía pero que sirve para denigrar, para hacer el estereotipo descalificando. Estaba el castrocomunismo, el chavecomunismo y cuando ya no había URSS estaba el comunismo cultural. La estamos viendo la cuestión de que hay una contrahegemonía y que el comunismo sigue activo.

Al día de hoy sigue activo el discurso del enemigo, la teoría de los dos demonios con respecto a la dictadura

Este libro es otra contribución al tema, dejemos de hablar de la teoría de los dos demonios. El grueso del dispositivo va a identificar que el comunista es el sindicalizado, el militante de la FEUU, el joven que tiene pelo largo y va contra la autoridad generacional. El proyecto de la dictadura no fue contra el MLN, no fue contra los grupos armados que a mediados del 72 estaban absolutamente desmantelados. Fue un proyecto de reorganización societal. Estos cinco años previos lo que la gente veía y escuchaba, sí estaban los grupos armados, pero estaba todo esto otro: liceos, universidad, sindicatos, CNT. La gente tenía la idea de que ahí estaba el peligro.

¿Cómo se consigue el libro?

Está disponible para descarga gratuita en la página de la Facultad de Humanidades y disponible en papel en la librería de la facultad.



Fuente