Hoy no podría escribir de otra cosa. Murió Luis Iguini. Se fue un referente nacional, un dirigente de la clase trabajadora. Se fue un amigo entrañable. La primera foto que tengo con él fue hace 60 años. Se fue para quedarse.

La última vez que lo vi fue en su casa, un mes antes de que empezara el aislamiento social por la pandemia. No estábamos solos. Fui con un camarógrafo a filmarlo. El breve documental era para presentar en el Pit-Cnt el libro que escribí con Vignolo. Llegó la pandemia y se suspendió el acto.

Vignolo entrevistó a Sixto Tito Amaro (presidente de la Federación Autónoma de la Carne durante el ministerio de Wilson), ambos a Juan Pedro Ciganda (Fundador del PIT durante el fin del exilio) y yo a Luis.

Iguini fue presidente de la Asociación de Funcionarios del Ministerio de Ganadería durante la gestión de mi viejo. Con el tiempo su trayectoria en defensa de la lucha de los trabajadores lo llevaría a ser presidente de COFE. Los cuatro años de Wilson ministro y el presidente de AFGA marcaron un hito.

Fui a hablar del papel que Wilson les asignaba a las organizaciones de los trabajadores. No había votado a Lacalle Pou, pero no imaginaba que su gobierno iba a estar tan sesgado en la defensa de un interés de clase, opuesto al de los trabajadores.

El Dr. Sanguinetti, de la coalición de gobierno, acaba de declarar: “El Frente Amplio y el Pit-Cnt son la misma cosa”. Wilson, en cambio, cuando hablaba a los blancos de clase trabajadora decía: “Un blanco ladrillero, para ser buen blanco, tiene antes que ser un buen ladrillero”. Dos visiones, no distintas, sino abiertamente contradictorias, ¿verdad?

“Cámara, acción”, en lo de Iguini, en enero de 2020, ya mayor, pero con una lucidez impresionante y una memoria privilegiada. No ocultaba que hablaría de todo lo que se le preguntara, pero su leve sonrisa insinuaba, estaba recordando a un amigo. Yo mismo fui sorprendido con aquella foto mía junto a él, siendo apenas un niño.

Sus recuerdos no se agotaban en la relación gremialista-ministro. Yo, con mucha manija, pensaba en cosas del discurso de Wilson en el acto de la CNT en Colombia, en mayo del 83, cuando contra su opinión, sus dirigentes, conversaban con los militares en el Parque Hotel: “A la CNT podrán ilegalizarla, pero no borrada de la vida sindical”.

Llevaba la carta que me mandó el 4 de octubre de ese año: “El Partido Nacional está decidido a concertar su acción de lucha […] con todas las fuerzas políticas y sociales reales que quieran acordar el indispensable esfuerzo común”. Reconoce la postura diferente de la (entonces) minoría herrerista que se opone a ello, pero le resta importancia: “Sería preferible contar también con la minorías: asumirán la responsabilidad de la negativa, pero jamás podrán impedir la acción de las grandes mayorías”. Y termina diciéndome: “Te agradezco los contactos que tomes con representantes del PIT, Asceep u otras fuerzas sociales y para ello te pido invoques mi nombre y asumas mi representación”. Era otro partido, ¿no?

Obvio, habló mucho de la relación del germanista con el ministro. Pero no pudo evitar los recuerdos de su amigo. En plena filmación sacó del respaldo de su sillón, tiró algo sobre la mesa: “A ver en estas fotos: ¿cual es el ministro y cuál el sindicalista?”. Ahí vi por primera vez fotos de ambos, evidentemente de igual a igual, en mangas de camisa, sonriendo, abrazándose.

Me cuenta que, fundador de la Confederación de Funcionarios del Estado (COFE) -donde hoy milita otro Wilson Ferreira, que preside uno de los gremios adheridos-  caminaba por 18 de Julio en el año 68. Imperaban las Medidas Prontas de Seguridad. Se cruza con García Costa, exsubsecretario de Wilson. Este le pregunta “¿Que hace acá?”. Responde sorprendido “Voy tomar un café”.

Su relato pormenorizado culmina con que García Costa le dice que a Wilson le había llegado la noticia de que había ido preso. Wilson había ido a Presidencia a instalarse en el despacho de Pacheco, hasta que lo soltaran. Yo le agrego que mi viejo no se hablaba con Pacheco. Lo atajaron justo a tiempo.

En su velatorio me encontré con mucha gente con la que compartimos lo más sagrado de la vida: la lucha. Cada abrazo triste era un recuerdo eterno. Cuando retiraron sus restos, llovía fuerte y afuera todos nos unimos en un cerrado aplauso. Lluvia, unos con otros, aplausos: sus restos se iban, él quedaba en nosotros.



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