Por Catalina Zabala
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Vinchas, pancartas con propuestas osadas del tipo “El morocho más lindo” o “Vinimos por el torero”, mujeres de todas las edades —que en su mayoría rondaban los 50 años— aplaudiendo al unísono: A las 21:15 las luces del estadio se apagaron y el tour Bailemos Otra Vez, de Chayanne, inició su cita en la capital uruguaya.
El papá de Latinoamérica emergió del centro del escenario recibido por los gritos frenéticos de sus fans, unas que probablemente lo acompañaron durante 20 o 30 años de su carrera. Mujeres que no solo se emocionaron hoy por lo que vieron ante sus ojos, sino por lo que vieron durante toda su vida. Las versiones más jóvenes de ellas mismas que alucinaban con su ídolo en la televisión décadas atrás.
La noche húmeda del 19 de febrero fue la antesala de la fiesta. Una fiesta al amor, a la nostalgia, a la música pop y a América Latina.
Foto: Javier Noceti
De traje negro con brillantes y rodeado de bailarines, Chayanne decidió iniciar la fiesta con “Bailemos otra vez”, uno de sus últimos hits que da nombre tanto a su último álbum como a la gira que lo promueve. En este punto comenzaba apenas el primer capítulo de un tramo exigente: cantó seis temas prácticamente sin parar, y con energía arrolladora. Esa que lo caracteriza.
A “Bailemos otra vez” le siguió uno de los platos más fuertes de su repertorio: “Salomé”. La idea era empezar por todo lo alto, y lo consiguió. Con cambios coquetos en las letras como un “Miren niñas si las quiero” en plena canción, mientras miraba a las primeras filas de su público con intensidad, marcaba la impronta que estaría presente durante todo el recital.
Conectó el final de “Salomé” con “Boom Boom”, otro éxito. En este momento los bailarines se movían dentro de un esmoquin: el brillo iba a estar presente en todas sus formas. Mientras, Chayanne disimulaba su cansancio como mejor podía. Pero mientras el sudor se apoderaba de su imagen, su sonrisa insigna nunca se borró. Incluso entonando los temas más desgarradores de su repertorio, la felicidad no se despegó de su rostro. Él sabe que es parte de su encanto, y la utiliza bien. Mientras sonaba “El centro de mi corazón”, tiró besos al público con las manos, gesto que repitió en reiteradas ocasiones. Paraba para respirar y mostraba su sorpresa frente al público con su mirada, pero aún no se detenía. Era el turno de “Provócame”.
Foto: Javier Noceti
Cada vez que sonaba un hit de este calibre, la euforia no era lo único que se percibía en los gritos de los fanáticos. Tenían otro tono. Era, más bien, el sabor agridulce del recuerdo. De vislumbrar quizás, en el imaginario, aquellos momentos de su vida alegres y no tanto, atravesados de la mano de un artista. Porque esos momentos no vuelven, y el público de Chayanne lo sabía.
Si bien venía exhibiendo un nivel de destreza física y coreografía que no se oxidó con los años, acá llegó la primera muestra de lo que era capaz de hacer, sin vueltas. Micrófono metido en el bolsillo de su pantalón, le dedicó unos minutos exclusivamente al baile. Las caderas no le fallaron, y la devolución de su público tampoco.
Así llegó “Caprichosa”. Una canción al amor y a la atracción insolente, esa que no cede aún cuando debería. Y el león —que al igual que su público, también recordaba sus años mozos—, se relamía. Chayanne tiene una extraña capacidad de hablar con la mirada: clava los ojos y dice mil palabras. Y en los versos más picantes de sus letras, miraba a la cámara, señalaba, se contorsionaba, se tocaba. No había necesidad de agregar nada más.
Foto: Javier Noceti
Luego de varios minutos de show, se detuvo a descansar y aprovechó para dirigirse a su público. “Mi gente bonita de Uruguay, qué placer, qué energía, qué increíble… hacía mucho tiempo que no les veía las caritas”. Así recordaba, con un dejo de amargura, que pasaron 10 años sin poder venir a Uruguay, y que su gira en el año 2020 se frustró por la pandemia del covid-19. “Qué bonito estar acá, muchísimas gracias por abrirnos las puertas de su ciudad, de su país. Una amabilidad increíble desde que llegamos, es un gusto estar en esta tierra bonita nuevamente”, y volvió a agradecer a su público. “Todo esto que está aquí se ha hecho con entusiasmo, con amor, con cariño para todos ustedes. Así que como siempre digo, ustedes manden que yo obedezco”.
Retomó con “Cuidarte el alma” y “Atado a tu amor”, aquel éxito de 1998. Durante esta canción, mientras la adrenalina bajaba para dar paso a un momento más íntimo del show, se bajó del escenario para tocar al público de la primera fila. La gente intentaba agarrar un mínimo retazo de su camisa negra o hacerle llegar banderas de Uruguay. Pero rápidamente volvió al ruedo.
Lo que sucede con artistas como Chayanne, es que ofrecen un último trago de algo que ya no se encuentra con tanta facilidad en la industria musical actual. Pertenece a una generación de hombres latinos que le cantaron al amor sin pelos en la lengua. Luis Miguel, Ricky Martin, o incluso David Bisbal en España. Showmen, sí, pero en medio de la pasión y el despliegue físico de sus presentaciones, eligen como espina dorsal compositiva la idea del amor a un otro. Hoy en día, el sexo explícito se lleva el podio. Es en shows como este en los que otro estilo de hacer mainstream da sus últimos coletazos antes de cerrar una era.
Foto: Javier Noceti
Para este punto el clima volvió a levantarse con “La clave”, canción de su último álbum. Y otro corte para el baile. Algunos de sus hits más potentes sonaron con arreglos musicales más relajados que de costumbre, con versiones más pausadas. Este fue el caso de “Baila baila”, canción que interpretó mientras revoleaba un pañuelo blanco y negro que daba latigazos en el aire.
Tras esto, Chayanne desapareció y los bailarines tomaron al toro por los cuernos. Con una destreza destacable y una energía que estuvo a la altura de la estrella que acompañaban, se robaron la atención por algunos minutos mientras el puertorriqueño descansaba. Al salir, con una escenografía cambiada que mostraba colores rojos y árboles en movimiento, exhibió el primer cambio de vestuario de la noche: cambió su camisa negra por un chaleco del mismo color. Con sus brillos, por supuesto. “Y tú te vas” retomó la nostalgia suspendida. Una que llegaría a su clímax en los minutos siguientes.
Siguió con “Yo te amo”, consagrando el momento cúspide. El contraste de los cánticos del público entre canciones nuevas y clásicos como este era brutal. “Candela”, “Tu pirata soy yo” y “Completamente enamorados” continuaron con el show. Era el momento del amor correspondido, mientras afirmaba: “Estoy enamorado de Uruguay”.
Foto: Javier Noceti
Llegó “Palo bonito”, para luego hacer una declaración sobre el público al que atendía: “Montevideo vino a gozar esta noche”. El quiebre de caderas era incontrolable. “Este ritmo se baila así” recordó la picardía de los primeros años de su carrera. El estadio ya bailaba de pie desde el inicio del concierto, y este tampoco fue el momento de sentarse.
Con invitaciones a “mover el esqueleto”, el músico propuso una coreografía sencilla para que el público se sumara al baile, que acató sin dudarlo. La provocación llegó a su punto máximo, porque el puertorriqueño seguía con sus caras conscientemente seductoras, con los gestos eróticos y con los comentarios atrevidos: “Yo me quiero ir pa su casa”.
¿Qué respondía el público? Nadie se ponía de acuerdo. Todas las mujeres querían llevárselo a su casa, y se lo hicieron saber. Aprovechó este corte para presentar a cada integrante de su cuerpo de bailarines y músicos, para dar paso a “Fiesta en América”. Una canción que vestía la escenografía con cada bandera del continente americano.
Foto: Javier Noceti
Esta imagen fue vista recientemente en un espectáculo global. Todavía quedan ecos de la presentación de Bad Bunny en el show de medio tiempo del Super Bowl el pasado 8 de febrero. Sea cual sea la coyuntura política y económica, sea en los 2000 o en el 2026, la necesidad parece ser la misma: recurrir a ese fuego que corre por la sangre de los músicos hispanoamericanos, codiciado por muchos. Hacerlo literal. La respuesta simbólica a una historia de asimetrías culturales que siempre parece haberse ido para siempre, pero que nunca termina de soltar.
Chayanne, antes de volver a salir a descansar, bajó a darle las manos a su público más próximo una vez más. Este nuevo cambio de vestuario ofreció una camisa azul con brillos para otro momento introspectivo. Las pantallas se llenaron de relojes para dar paso a “Si nos quedara poco tiempo”. Al terminar, se encontró con propuestas aún más atrevidas de su público: “Sacate la camisa” rogaban unas, “te llevo para casa” amenazaban otras.
En medio de la excitación y las declaraciones desenfrenadas, hizo una pausa para reflexionar sobre la alegría de estar en el escenario, y sobre la familia. “Son muchos años en el escenario, es increíble porque empecé a caminar en él a los 10. Y siempre es como si fuera la primera vez, no damos nada por hecho”, y agregaba: “Quiero que sepan que este amor es mutuo”. Le preguntó al público qué haría si le quedara poco tiempo. Luego recordó a sus abuelos y a su madre: “Ellos están conmigo de otra manera”. Invitó al público a visitar Puerto Rico y a visitar a sus abuelos siempre que tuvieran un ratito. “Tomarse un mate, un té, un café o un jugo, mirarlos a los ojos”.
Foto: Javier Noceti
Luego volvió a los temas nuevos para interpretar “Te amo y punto” y subir las revoluciones del lugar. Llegó otro hit: “Humanos a marte”, que logró que las mujeres comenzaran a saltar en sus lugares. Con la letra, Chayanne le prometía a un amor imposible que lo esperaría hasta su rendición. Siguieron “Como tú y yo” y “Madre tierra (Oye)”.
A una llovizna que amenazaba al público a las 22:45 le ganó otra lluvia, una de globos rojos que cayó sobre los espectadores de los primeros sectores. Y volvieron a apretarse las gargantas: “Lo dejaría todo” provocó alguna que otra lágrima indeseada en grandes y chicas, madres e hijas. Hay canciones que siempre encuentran una anécdota que las encarnó, sin importar época ni edad. Con este tema saltaron las lágrimas en el propio Chayanne, que comenzaba lentamente a despedirse. Se fue, las luces se apagaron, y el público no titubeó en pedir otra.
El ídolo volvió a salir, esta vez con blazer de terciopelo rojo. Luego de “Tiempo de vals” llegó “Bailando bachata”.
Foto: Javier Noceti
De repente, todos sus bailarines ya tenían pareja. Él quedaba solo. En el público se desató la furia luego de unas breves palabras: anunciaba que buscaba una compañera de baile de entre sus fans. Acompañada por personal de seguridad, llegó desde el fondo una afortunada. La mujer elegida le dio un fuerte abrazo al músico, y no tardó en pedirle una foto. En seguida bailaron pegados y sucedió lo impensado: el cantante la envió a su camerino. “Espérame ahí que luego te voy a dar todo lo que tú quieras”, le dijo. Tras los gritos desaforados, aclaró con humor: “Un café, un refresco”.
Y así llegaba la joya de la corona: sonó “Torero” entre colores rojos y unos arreglos musicales nuevamente más relajados. El puertorriqueño se despidió bajo unos fuegos artificiales impresionantes.
En un abrir y cerrar de ojos y para la tristeza de varias, el show “Bailemos otra vez” llegaba a su fin. En varios puntos del show, el músico de 57 años sudaba, se cansaba, se ahogaba, pero nunca permitió que esto afectara a la calidad del show. Bailó durante casi dos horas sin parar y con una energía que traspasaba la pantalla que lo proyectaba en el Estadio.
Por Catalina Zabala
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