Temas casi obvios, cuando se piensa y se debate sobre temas de interés público global, son los de los daños que se provocan; quiénes se perjudican más, quiénes menos, en qué áreas y en qué plazos; qué secuelas dejarían. Y el tema, esencialmente deportivo aunque con gesto adusto, es el de ‘quién ganó’ o ‘va ganando’.

 

Tres advertencias previas importantes

Uno. Aunque parezca un poco obvio recordarlo, toda guerra ocasiona daños, perjuicios, sufrimientos, pérdidas, traumas, secuelas imprevisibles, la mayoría de los cuales es irreversible; cuando suceden, tantas veces provocan arrepentimientos, pero cuando ‘ya fue’. Casi nunca se piensa en esa desmesura e irreversibilidad de efectos y consecuencias a posteriori cuando se está a priori; de modo que conviene pensar en todo eso, focal y anticipadamente.

Dos. Por más que se predique y reitere, oralmente y por escrito, hasta en normas y pomposas declaraciones encaramadas en tarimas varias, la vida no es, nunca ha sido, y probablemente nunca será el fin último ni el bien mayor a preservar en caso de conflicto de valores y de urgencia de pasiones. Lo muestra claramente toda la historia de la humanidad, de punta a punta. No solo personas individuales innumerables privilegian sus intereses, valores y emociones frente a otras puntualmente adversarias (i.e. vendettas grupales, venganzas personales, crímenes pasionales, duelos, abortos, eutanasia, matanzas y terrorismo urbanos), sino que grupos, regiones, países y conglomerados de ellos han decidido guerrear a otros en la disyuntiva o dilema ‘nosotros o ellos’. Tantas veces ni se intenta ni considera aceptable la negociación, tolerancia, permisividad o convivencia de ambos. Hay derechos a la agresión justificada, a la legítima defensa, a la legítima defensa presunta (absurdo de la LUC para policías), hay un ‘derecho de guerra’, que la acepta por causas y fines determinados, y durante la cual el homicidio no lo es, y la causa y caso bélicos son explícitamente más valorados que las vidas que esas causas y fines puedan cobrarse. Conquistas, imperios, intervenciones pacificadoras, independencias nacionales o menores, causas políticas, creencias religiosas, honores reales y orgullos étnicos, revoluciones y contrarrevoluciones; todo eso ha llenado y llena la historia de la humanidad con refulgente prioridad sobre las vidas individuales. Cuando se recita la inviolabilidad e inalienabilidad del derecho a la vida se está cometiendo una de las tantas hipocresías que caracterizan a la especie humana dentro del género de los seres vivos. Sin duda casi siempre ha sido y es un fin y valor importantes; pero jamás ‘último’. Por ejemplo, quienes mandatan ‘no matarás’ torturaron y mataron a tantos profetas como Cristo, pasaron a cuchillo a tribus enteras (las de Canaán) supuestamente por mandato del mismo que les reveló el mandamiento que prohíbe matar (¿no eran ‘prójimo’?). Instauraron las Cruzadas, donde fueron más sanguinarios que sus adversarios, que tampoco dejan de justificar, aunque parcialmente, guerras santas cruentas. Inventaron la Inquisición y cámaras e instrumentos de tortura luego adoptados por tantos guerreros históricos profanos. Como valor y fin último es insostenible, en la práctica histórica cotidiana de todos los días, lector; es solo pulsar el control remoto, abrir el celular o relojear un kiosco esquinero. Hasta puede ser justificable el ataque a vidas, pero que no se recite como fin último; al menos que se reconozca que no lo fue, ni es.

Tres. El racismo y los intereses comerciales y políticos conforman hasta un grado indecente los contenidos periodísticos que conflictos armados como el de Ucrania copan titulares y espacios cuando hace muchos años conflictos como los de Yemen o Sudán producen, obstinada y calladamente, más víctimas y daños que lo de Ucrania. Así como los kurdos o los armenios, en el mismo siglo XX, pueden haber perdido más que lo del Holocausto (la URSS misma bajo Stalin puede haber eliminado más ucranianos). Pero quienes tienen parte fundamental en el negocio de la comunicación, la información y el entretenimiento definen los intereses comerciales e ideológico-políticos que determinarán los contenidos elegidos para noticiar, y las narrativas y discursos que los tipificarán; y ahí los ‘negritos salvajes’ no merecen prioridad informativa ni cuidados o lamentos; como no merecen intervención policial, a veces, vendettas entre facciones criminales o entre barras bravas (“¡que se maten!”). No se crea, lector, nada de lo que le dicen, ni tampoco que el conflicto que le pasan ni cómo se lo pasan es el más importante, ni es así.

 

Costos y beneficios directos e indirectos para varios

En realidad, una complicación de las tan comunes, inevitables e infantiles preguntas sobre quién ganó y quién iría ganando los conflictos y las guerras, como las carreras políticas y las vueltas ciclistas. Es largo, discutible, difícil y cambiante el tema, lector.

Empecemos con el principal instigador y contribuyente al conflicto Ucrania-Rusia: Estados Unidos. En la chiquita local, pierden político-electoralmente los demócratas en el corto plazo, porque, por un lado, la inflación afecta más al consumismo yanqui que a otros, aunque a todos afecta. Y cuando se acercan las elecciones de renovación parlamentaria de noviembre, que les puede devolver el control a los republicanos. Pero, por otro, tampoco la intervención y apoyo son vistos como suficientes para los belicistas internos, que creen que deben satisfacerse las demandas intervencionistas y de apoyo total del títere del lobby armamentista, Zelenski. Sin embargo, el lobby de los combustibles fósiles obtiene un doble triunfo parcial: a) retrasa la agenda verde del programa de Biden, y dilata la agendas verdes de Europa; y b) mientras que vende más rápidamente la extracción fósil norteamericana, tan cara relativamente, a Europa. Este resurgimiento y auge extractivo y comercial ‘fósil’ norteamericano no solo es furtivo, sino que tiene como contrapartida la aceleración de la agenda verde de Putin, en el corto plazo afectado por la merma de las compras combustibles fósiles europeas.

Quizá los efectos más interesantes y debatibles estén en dos áreas: en la geopolítica sino-yanqui; y en la reestructuración del sistema financiero internacional, con su impacto en el orden mundial.

Estados Unidos resiste a su decadencia como imperio dominante y hegemónico mediante ataques dirigidos contra todos los que puedan ser factores de amenaza a ese imperialismo decadente pero agresivamente resistente a ello, especie perversa de sentida traición al himno nacional decimonónico. Los últimos 30 años de política eurasiática norteamericana, de la OTAN y de Europa (faldera de la de EEUU) han sido una multi-provocación y debilitamiento de Rusia y de Ucrania, para enfrentarlos, y cantarle jaque a distintas piezas chinas en el tablero global. Incendiada Ucrania con cierto éxito, el plato intentará ser repetido con Taiwán-China, maniobra que está siendo vergonzosamente preludiada por la servil prensa occidental.

Es probable que los más nocivos efectos de mediano y largo plazo para Estados Unidos (en realidad para las élites transnacionales que se apoyan más que nada en esa nación) radiquen en el fortalecimiento, debido a las sanciones económicas y financieras, de sistemas de complementación industrial en cadenas de valor, y de sistemas financieros que sustituyan parcialmente a la globalización financiera lograda por los lobbies financieros hasta hoy. Sería un triunfo relativo, puntual, de los tiburones de las armas y la seguridad sobre los tiburones de las finanzas y las propiedades, que suceden en su auge escualo a los tiburones de la salud, que acaban de vivir su cuarto de hora; toda esta lucha mientras la izquierda se abstrae en la luna de Valencia. La élite bancaria y financiera manifestó sus objeciones a las sanciones económico-financieras a Putin justamente porque debilitaría al lobby financiero mediante la nutrición de mercados financieros, bancarios, monetarios, que debilitarían la globalización ya conquistada. Pero el lobby petroquímico y de las armas ha ganado (o está ganando) esta pulseada 2022 entre tiburones, por ahora.

Seguiremos.



Fuente