Advertencia: esta historia no me la contaron; la viví. Es continuación de la anterior, y no podía omitirla.

«Detrás de todo gran hombre siempre hay una gran mujer»: falso de toda falsedad.

Primero, porque la mujer jamás está detrás del hombre; hay solo una que está antes: la madre. Segundo, porque según la alegoría bíblica, «fue hecha de su costado» (Génesis 2, 21-23); de modo que está al lado, ni delante ni detrás. Por eso la llamamos nuestra compañera. Hecha la aclaración, entro en tema.
18 de Julio, la avenida principal, al lado del «club de los ricos» (¡…!): ahí estaba –y está–la casa familiar, frente a segunda plaza en importancia de la ciudad: Plaza Colón. Pero… debo contextualizar algunas cosas, para que el lector pueda hacerse una adecuada composición de lugar. Vine del campo con mi madre y una
hermana; sin ingresos fijos, alquilando unas modestísimas habitaciones, mi madre cosía, bordaba a máquina y hacía crochet por encargo; a contraturno,
mi hermana hacía las tareas de la casa y yo… era vendedor callejero: vendía los productos agropecuarios que mi padre y mis hermanos producían en el
pequeño campo que heredó de Tata Viejo (cerros, cuchillas de arenas, lugares bajos inundables y un bañado… índice CONEAT 46).

En esos menesteres yo, con 12-13 años, pasaba casi a diario por la casa antes dicha, a unas 5 cuadras de donde yo vivía, y a eso de las nueve de la
mañana era habitual que doña Mercedes y «La China» (nunca supe cómo se llamaba) estuvieran lavando la vereda: una con la manguera y la otra con una escoba de paja, indistintamente.

Pasar y no decir «buen día» era sacrilegio en aquellos tiempos. Y que doña Mercedes no se detuviera y me diera un beso, también. No sabía quién era
yo, pero era habitual en aquella época.

Menudita, rubia, dulce y sencilla: así la recuerdo. Y siempre acompañada por La China. Era ésta una mulata, alta, corpulenta y afable; tengo entendido
que le ayudó a criar sus cuatro varones (tres de ellos siguieron los pasos del padre).

En las tardecitas de verano, podía vérsela tomando el aire en el banco de la vereda: de un lado La China, del otro la esposa del hijo mayor, Ivo «hijo», médico anestesista, que siempre quedó viviendo en la casa paterna (batllista como su padre, hoy habita la casa un hijo, también médico anestesista,
cabildante). Todos cuantos pasaban, la conocieran o no, saludaban a doña Mercedes: la esposa de un grande. Ése fue su título, pero en realidad, valía por
sí misma.

Otra oportunidad para verla: lloviera o hiciera frío, a las 18 y 45´el Dr. Ivo detenía su automóvil (común, nada suntuoso) frente al atrio del Templo Catedral (Parroquia San Fructuoso, erigida en 1837). Descendía doña Mercedes para la Misa vespertina (hora 19), porque era católica, y no recuerdo no verla los domingos en la Misa vespertina (donde acolité desde fines de 1969 hasta…pasados los 80). Muchas veces le di el brazo para ascender la no muy
empinada ni larga escalinata de mármol; primero, el beso; después tomaba mi brazo y al llegar a la puerta el «Muchas gracias, hijito» de siempre. Confieso que no necesitaba mi brazo: con sus 70 y pico, estaba muy grácil aún, delgadita y esbelta.

Terminada la Misa, el Dr. la esperaba en el mismo lugar donde la había dejado. Me gustaba abrirle la portezuela del coche, y de paso, saludarlo… Después, lo de siempre: su beso de abuela amorosa. Jesús de Tacuarembó, maestro.

Publicado en La Mañana



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