play_arrow

keyboard_arrow_right

Listeners:

Top listeners:

skip_previous skip_next
00:00 00:00
chevron_left
  • play_arrow

    Hiperactiva Escucha a diario toda la música de moda, con los grandes éxitos de conocidos artistas internacionales, en esta emisora online que retransmite al resto del mundo desde Minas de Corrales, Uruguay.

Noticias Nacionales

el periplo de familiares para ver a los presos en ex Comcar

todayenero 24, 2026

Fondo


Por Valentina Temesio

El 494, rojo por fuera y con números verdes al frente, se detiene en la parada. Algunos suben y otros bajan. Una mujer está sentada junto a la ventana, acompañada por un hombre. Entre los dos llevan una bolsa naranja, como si fuera una red para piñas, con alimentos. Todo lo que lleva dentro está a la vista.

El cartel del ómnibus señala un destino al que solo va cuatro veces por semana: los martes, jueves, sábados y domingos, cuando el Instituto Nacional de Rehabilitación (INR) autoriza las visitas de las personas privadas de libertad en Santiago Vázquez, ex Comcar, según los módulos en los que cumplan su condena.

—Todavía no llegamos, estamos cerquita. Cuando llegue, te aviso —dice la mujer que lleva la bolsa naranja a alguien que le escribe desde otro teléfono.

El ómnibus se detiene frente a la cárcel, donde ya se adelantaron, quizá, un centenar de personas —bebés, niños, adolescentes, adultos, veteranos—. Hijos, hijas, padres, madres, sobrinos, sobrinas, hermanas y hermanos, aunque la mayoría son mujeres. Ahora queda otro periplo más: la espera sin hora límite bajo los rayos del sol, el rato de la incertidumbre, de la indignación.

Es uno de los últimos días de diciembre, y el calor azota Montevideo. Son apenas las 9:00 de la mañana y para el mediodía de este martes 23 los pronósticos anuncian más de 30 °C.

***

Ariel, un hombre que viste ropa clara y está solo, dice que a quienes visitan a personas privadas de libertad les hacen la “psicológica” antes de entrar. Como la ley del más fuerte, dice, entra el que lo logra. “Algunos podemos esperar o cuidarnos, pero no se aguanta”, afirma.

Para ver a su hijo, que hace ocho meses entró a la cárcel por haber robado un celular, salió a las 5:00 de la madrugada del departamento de Canelones, donde vive y trabaja. Hay veces en las que puede ir en su moto; otras va en ómnibus.

Cada 15 días la rutina de Ariel es igual: pasa casi una jornada entera en la cárcel, en la cual está más tiempo afuera que con su familiar; va para alcanzarle alimentos y saludarlo. Cuando tiene suerte, dice, puede estar tres horas con él. En otras, solo una hora. Es el único que puede viajar; su esposa lucha contra el cáncer.

La historia se repite para el centenar de personas que esperan entrar. Son horas. Para algunos, casi un día. Una mujer mayor espera junto a otra de su edad y otras más jóvenes. Una de ellas, de 43 años, dice que desde hace cinco horas comenzó a hacer la fila para ver a un familiar que está privado de libertad. Las madres, más grandes, están cansadas. El calor hace crecer el hartazgo.

Ellas también salieron de su casa del Cerro a las 4:00 de la mañana. A las 5:20, cuando el sol está por salir, empezaron la primera de las filas. Prevén, más o menos, que podrán ver a sus familiares después de las 13:00. En el predio casi no hay sombra ni tampoco muchos lugares para sentarse. Algunos eligen el piso, otros se apoyan en bancos de madera y hierro o en sus sillas plegables.

Otra mujer mayor espera bajo los rayos del sol. Salió a las 4:00 de la ciudad de Canelones, donde vive. Para llegar a visitar a su familiar al ex Comcar se tomó tres ómnibus. Primero, se bajó en Nuevocentro; después se subió a otro en Paso Molino. Llegó a las 7:00 a la puerta.

Viene cuando puede, dice, cada una semana o cada dos. A veces, se turnan con su nuera. El objetivo es llevarle comida y productos higiénicos, un paquete que los privados de libertad comparten con sus compañeros de celda. Un paquete que lleva horas preparar, que pasa por distintas manos dentro de una casa hasta llegar a la de los funcionarios del INR para luego ser entregado.

Una mujer salió a las 5:40 de su casa en Colón. Trajo a su hija, que no es la única niña que juega bajo el calor del verano que recién comenzó. Son las 9:40 y aún no pudo registrarse. “Acá estamos”, dice resignada. Es que “no queda otra que seguir esperando”.

Los relatos parecen calcados. Solo cambia el lugar de origen. Hombres y mujeres que desde distintos puntos del país salen de su casa por la madrugada, cargados de bolsas transparentes, para ir hacia una prisión.

***

En menos de cinco minutos, tres personas se descompensan. Los familiares gritan, aplauden. Se enojan y fastidian. La Policía atiende, como puede, a quienes se sienten mal. La espera bajo el sol se siente pesada. Suena, al rato, la sirena de una ambulancia. Mientras, los niños, que esperan el mismo tiempo que los adultos, juegan.

Un niño tiene una remera de Pokémon, otro de Peñarol, otro de Nacional. Hay niñas con gorros de Frozen; menores con Spiderman y Paw Patrol en su cabeza. Un nene juega con un micrófono azul que brilla y otro, con una pistola de agua. La inocencia convive con el tedio y con el delito. La espera parece serles natural. Mañana será Nochebuena, pasado, Navidad

La directora del INR, Ana Juanche, dijo a Montevideo Portal que en las fechas próximas a las fiestas el personal se “refuerza”, ya que queda “sobreexigido”. La jerarca reconoce que hay procedimientos que sí pueden agilizarse, pero otros no. 

Para visitar a una persona privada de libertad, primero hay que registrarse. Eso puede realizarse en el sistema de gestión carcelaria o antes de dirigirse a la unidad, en la oficina de Atención a la Familia, en Cerrito 419, Ciudad Vieja. Los visitantes deberán dar sus datos, que quedan precargados, presentar su cédula al día y su constancia de domicilio. 

Una vez que están dentro del sistema, los familiares y allegados deben presentarse ante la ventanilla de registro de la cárcel, donde se acreditan y comienzan la primera de las filas. Allí les brindan un número con el que podrán acceder al área de revisoría. Los funcionarios constatan quién es, la ingresan en el sistema y luego le dan acceso al “gallinero”, donde la Guardia Republicana hace la inspección de sus paquetes. Las personas pasan por el escáner corporal, sus bolsas por el de objetos.

Una vez allí, muchas piensan que ya está, pero dicen los visitantes a Montevideo Portal que no es así, sino que ahí deben volver a mostrar documentos y “tarjetas”, y volver a esperar.

Personas esperan para ingresar al ex Comcar. Foto: Montevideo Portal

Personas esperan para ingresar al ex Comcar. Foto: Montevideo Portal

Una de las mujeres que espera va al módulo 10, el penúltimo, que le supone otra caminata más larga. Es decir, recorre casi todo el predio. Una niña, que viste de rosado, color que eligen la mayoría a su edad, la acompaña. Ella también lo hace. 

La mujer de 43 años, que va junto a otra de 60, dice que el trato que reciben es “inhumano”. “No tenemos lugar donde sentarnos”, dice. “A veces, parece como un castigo a nosotros, que no tenemos nada que ver. Venimos a visitar a los allegados y nos encontramos con un maltrato tremendo, de parte de todo el personal. Son personas que gozan de que uno pase mal”, sostiene la visitante.

***

El INR está al tanto del periplo que viven las familias. “Siempre es un problema”, admite Juanche. Más en un lugar como el ex Comcar: con cifras “históricas”, que por primera vez alberga a 5.200 presos, una cantidad de personas privadas de libertad que preocupa al gobierno por los “niveles de hacinamiento críticos” en los centros penitenciarios. En todo el país, hay 16.625 personas privadas de libertad, 15.197 son hombres; casi un tercio cumple su condena en el ex Comcar.

Cada módulo tiene su propio día de visita. De juntarse las de todos quienes cumplen condena, sería “imposible”. La solución para agilizar las filas eternas tiene que ver con dinero: conseguir más escáneres para que la Policía pueda hacer su trabajo de una manera más rápida. Juanche señaló que cada equipo tiene un valor de US$ 250.000, una “inversión millonaria”. De todos modos, la jerarca reconoce que la agilidad de las filas sí tiene que ver con cómo trabaja la guardia, porque  “el factor humano siempre está”. 

En junio de 2025, el Ministerio del Interior planteó en el Parlamento ocho “medidas urgentes” enfocadas en los módulos más críticos del ex Comcar, el penal ubicado en Santiago Vázquez, donde a mediados de junio habían muerto cuatro reclusos en un incendio. Entre ellas, pidió más personal, la reconstrucción de los salones de visita y mejorar la comunicación de los privados de libertad.

Juanche dice que su número de teléfono lo “tiene todo el mundo”. Que hay familiares que le hacen saber cuando las filas están “trancadas”. Siempre tratamos de facilitar esas cosas, ver qué es lo que está sucediendo. A veces podemos controlar las situaciones inmediatamente y a veces no; son cuestiones con las que no hemos podido, que son estructurales, que vamos a modificar con la revisión”, expresó.

En esa línea, la directora del INR recordó que, a través de la Ley Nacional de Presupuesto, el INR busca tener más dotaciones de personal y mejorar su tecnología; incorporaciones que podrían ser claves para las visitas.

***

Las idas al ex Comcar requieren, por lo menos, un día de planificación. Algunas madres empiezan a preparar sus paquetes cuatro días antes, otras con menos tiempo. Tienen una organización, un mecanismo. No se puede improvisar ni perder el cuidado con ningún detalle. De lo contrario, la comida terminará en un tacho de basura por no cumplir con los requisitos del INR para ingresarlos a sus centros.

Una madre cuenta que viene todas las semanas para traer con ella las cosas. Otra alternativa sería mandar los paquetes por encomienda —que se lleva al correo más cercano—, pero “le llegaron comentarios de que a los presos no les llega lo que mandás”. “Es preferible que una lo traiga, para asegurarse de que lo que vos traés pasa, a que te quiten cosas de la caja”, sostiene.

En su bolsa de nylon, que le llega hasta un poco más de las rodillas, hay Coca-Cola, milanesas, ensaladas, sándwiches, carne. Todos los productos están empaquetados en bandejas de plástico con film. Todo se tiene que ver. El chorizo, por ejemplo, tiene que ingresar “picado”. Pero también traen papel higiénico e incluso, dicen, ha traído un colchón y sábanas para que su hijo duerma.

No les dura una semana, porque dentro de una celda son siete y tienen que compartir. Capaz que mañana ya no tienen más nada —reflexiona.

Otra madre también carga su surtido. Lleva azúcar, aceite, sal, adobo, carne, productos de higiene, fideos, arroz; “todo para cocinar”, aclara. “Imaginate, hombres comiendo; lo que yo les traigo les puede durar dos días o tres”, expresa.

La mujer sabe qué tiene que seleccionar, como si ya hubiera aprendido de otros errores, como si supiera. ¿Por qué no hay fruta, por ejemplo? Para entrarla, los visitantes deben cortarla al medio. “Si traigo banana, cuando entra está negra; si traigo manzana, también. A veces, compro en el almacén, están más caras, pero es lo que hay. De donde vengo, Canelones, imaginate”.

Ella también carga la comida para su hijo en bandejas descartables con film. Es la forma más económica, llevarla en un tupper supondría un “gasto muy grande”. A veces se lo devuelven, otras su hijo lo pierde o lo rompe.

Un día antes, su hija comenzó a cocinar. Por lo general, lo hace en la tarde. De noche, comienzan a empaquetar, otra acción que tiene la rigurosidad de la ciencia. ¿Qué va con qué? “La comida por un lado, los productos de higiene por el otro”.

“Muchas cosas empaqueto acá, por ejemplo, el jabón, porque la comida agarra olor. Entonces, lo empaqueto antes de entrar. También llevo otra bolsita separada con los productos de higiene. Por más que estén acá, no tienen por qué comer un fideo con gusto a jabón”, dice la madre.

***

Frente al ex Comcar hay dos almacenes y un kiosco. Las fachadas son como cualquier comercio de barrio, con pizarras negras y letras blancas que anuncian productos y precios. En este día de calor, algunos aprovechan la sombra que les da el techo, que es minúscula, pero alivia. Otros, que posiblemente llegaron la noche anterior, instalaron sus carpas bajo el techo de un estacionamiento. Tienen un colchón de espuma, dos sillas y un tacho con agua en el piso.

En los locales, hay quienes van a comprar, a organizar sus bolsos después de bajarse del ómnibus, a tomar agua o algún refresco. Otros guardan sus bultos, porque a la cárcel no pueden ingresar con mochila ni alhajas. Para eso, deben pagar.

En un papel blanco con letras de colores, que está colgando sobre el poste de uno de los comercios, envuelto en una guirnalda navideña color verde pino y blanco, el negocio —que abrió hace 30 años— ofrece un “paquetón”.

Un kilo de azúcar, un kilo de harina, un kilo de arroz, medio kilo de yerba, medio kilo de fideos, un litro de aceite, un paquete de sal fina, una pulpa concentrada, un Agua Jane, cuatro rollos de papel higiénico, un jabón de lavar, un jabón de perfume. La “oferta” de los doce artículos cuesta $ 690.

El propietario del lugar se instaló hace 32 años. “Nunca vi que nada mejorara, cada vez que cambia un gobierno, que uno piensa que algo puede mejorar, no ocurre nada. Yo no veo nada para mejor”, dice el hombre, que abre el local únicamente los días en los que hay visita.

Lo que más vende son comestibles: azúcar, arroz, fideos. Lo que menos, los productos que vienen envasados en lata o en vidrio, “porque no pasan” a la cárcel. Después, muchos cigarros y tabaco. Pero, además, ofrece el servicio de guardar los bultos y vende las bolsas transparentes.

Más sugerencias: medio kilo de yerba, un kilo de azúcar, un paquete de sal, un kilo de arroz, un litro de aceite, cuatro rollos de papel higiénico, un paquete de fideos y un jabón de lavar. “Ahora” por $ 530, dice la oferta de otro de los almacenes grandes.

Paquete para personas privadas de libertad. Foto: Montevideo Portal

Paquete para personas privadas de libertad. Foto: Montevideo Portal

***

Pasa el tiempo y la tensión crece. Los familiares dicen que tiene que ver con la guardia de una oficial con la cual “siempre está trancado”. “La gente se desmaya, no hace que el acceso sea posible”, denuncia una mujer que espera junto a su hija. La visitante insiste: “Con la otra guardia ya estaríamos adentro”.

Las guardias cambian cada una semana. Esta, según la mujer, no deja entrar a los niños de shorts ni de gorros. Aunque afuera se palpiten las máximas de 30 grados y las madres crean que “con este calor es necesario”.

La fatiga, la pesadez del día, la espera: combinaciones que desesperan. La gente, enojada, vuelve a aplaudir. Alguna les grita a los policías, los insulta y les reclama que agilicen la entrada. 

La visita se altera, empiezan a decir cualquier cosa y más nos atrasan”, reclama la mujer. Si los visitantes se pelean afuera, también genera rispideces entre los que están adentro. La demora también los altera. “Se generan problemas allá adentro, entre los presos. Porque entran tarde al salón de visita, muchos que no llegamos a ver a los privados de libertad, porque tenés que irte, dejarles las cosas e irte. Es lamentable, pero es así”, afirma. 

***

Ariel dice que esta es la primera y única vez que acompañará a su hijo mientras esté en la cárcel. “Trato de venir para no dejarlo solo. Trato de estar yo para darle el ejemplo”, sostiene. El trabajador canario viene a verlo por el tipo de delito que cometió.

Para él, no es lo mismo haber robado un celular que haber “cometido un delito pesado”, como podría ser una violación o un homicidio. “En ese caso no vengo, por más que sea el ser más querido de mi vida”, se sincera.

El hombre sigue esperando. Luego, se subirá a su moto para volver a Canelones por el camino de tierra que conecta a la cárcel con la ruta 1. Los días próximos, el 24 y el 31, el Ministerio del Interior “flexibilizará el ingreso de paquetes”, según una resolución que está pegada con cinta adhesiva en la fachada de la cárcel.

Los allegados de los privados de libertad podrán llevar hasta 5 kilos de “alimentos elaborados” por visitante. Podrán, también, ingresar un pan dulce, un budín, un turrón, dos bebidas gaseosas de hasta dos litros en un envase de plástico sellado, medio kilo de yerba y dos paquetes de tabaco o cigarrillos cerrados. 

Mientras en alguna parte del mundo Papá Noel ya habrá llegado o un nuevo año habrá comenzado, otras familias uruguayas estarán esperando en las filas para entrar al ex Comcar. El 2026 traerá un toldo para la eterna espera.

Foto: Montevideo Portal

Foto: Montevideo Portal

Por Valentina Temesio





Source link

Escrito por hiperactivafm


0%