Por Federico Pereira

Un tímido aplauso para llamar al artista se convirtió en un vítor desaforado que se extendió a lo largo y ancho del Antel Arena a medida que se apagaban las luces, se encendían las pantallas y la orquesta comenzaba a sonar.

Ahí entro él, Ricardo Montaner. Desde las páginas de ese libro inmenso que formaba la escenografía, el músico argentino-venezolano salió imponente, con un saco del color de su castillo más famoso y micrófono en mano, a cantarle “Tan enamorado” a su público, así, como dedicándosela.

Luego de un agónico “Será” y de preguntarse “A dónde va el amor”, cuando llegó “El poder de tu amor”, el baladista marcó el fin del calentamiento y el público se levantó de forma unánime, a corear, como infinidad de veces lo iba a hacer en la noche.

En la primera interrupción que dedicó el artista para hablar con la gente, quiso dejar claro que valora “a cada uno y a cada una como si fuera la primera vez” que viene a cantar al Uruguay. “Con la misma ilusión y la misma intensidad, por más de 29 o 30 años que llevo viniendo”, recordó.

Javier Noceti

Javier Noceti

En ese momento, el color del saco dejó de ser el de la canción y pasó a ser otro, más añil. El artista tenía un pedido. “Este es mi primer concierto después del nacimiento de Índigo y me encantaría que cuando ella tenga uso de razón pueda ver esto que va a ser un recuerdo. Si me permiten, quiero dedicarle este concierto a Índigo”, dijo, mencionando a su recién nacida nieta —hija de Evaluna Montaner y Camilo— y agregó: “Esto es para ella, ¿ok? ¿Sí o no?”. Y al rotundo “sí” exclamado por el auditorio, agradeció con un “Dios te bendiga Uruguay”.

Tras dos canciones, Montaner vuelve a tomar el micrófono, no para cantar directamente, sino para demostrar que su histrionismo sobre las tablas tiene otra faceta, la de contar historias. Al punto que el público por momentos parecía estar presenciando un show de stand up en vez de un concierto.

El cantante comenzó a contar, para introducir su siguiente canción, una historia que comenzó por la descripción de las noches con su esposa en la cama viendo la “novela de las nueve” —haciendo, de paso, una alabanza a la “cucharita”—, pasó por lo que sucedía en el capitulo de la comedia a la que hacía referencia y culminó con una escenificación de los pasillos de su casa trazados en vivo con el movimiento de su cuerpo. Todo eso, no sólo “yéndose por las ramas”, sino apropiándose de ese recurso para sacar varias veces las carcajadas del público. Con la historia, Montaner recordaba que la idea de su siguiente canción, “Soy tuyo”, surgió esa noche, al ver a un personaje de la novela decir la frase “quiero que me regalen un concierto de sonrisas”.

Javier Noceti

Javier Noceti

Inmediatamente después, el escenario se tiñó del color del saco que ya no tenía puesto y sonó una de sus baladas más célebres, “poco a poco” nos fue mostrando ese lugar, ese “Castillo azul”.

Su esposa, Marlene Rodríguez, volvió a ser protagonista cuando contó la historia de cómo la conoció, para luego dedicarle “La mujer de mi vida”, acompañado de las fotografías de la homenajeada en las pantallas.

El baladista volvió a convertirse en narrador al contar otra historia, aunque aquí queda a elección de cada uno qué detalles tomar por ciertos y cuales no. Comenzó hablando de un amigo suyo, de Venezuela, al que trajo a Punta del Este a buscar a una amada, dado que el hombre no conseguía novia y de paso, para escribir una nueva canción. Con esa introducción, que nuevamente consiguió las risas del público, dio paso a “Resumiendo”.

Dicha canción, en cierto punto, tiene el verso “tengo mucha ilusión de casarme // y llevarte a conocer Caracas”. Al terminar la estrofa y antes de saltar a la siguiente, el artista gritó a pleno pulmón: “te quiero llevar a la Venezuela libre, la de Simón Bolívar”. Se tiñeron entonces las luces, de amarillo, azul y rojo, como una de las banderas presentes en la tribuna.

Y de repente, el son del caribe inundó este rincón del sur y, con una orquesta protagonista, Montaner hizo bailar a todos los asistentes con “Vamos negro pa ‘ la conga”, envueltos en el mar de colores y luces que era la sala.

Tras tres canciones —incluida “Bésame”— con “Me va a extrañar” se despidió de la audiencia, sabiendo todos que no iba a ser así.

Pasado el encore, el baladista retornó al escenario, vistiendo ahora una simple camiseta negra, para cantar, por primera vez en vivo, su versión de “El día que me quieras”, el histórico tango de Alfredo Le Pera que inmortalizó Gardel, que publicó hace algunos días.

“Yo siento que mi ADN viaja constantemente. Este género (el tango), que, puede ser que signifique un reto, pero al mismo tiempo significa un derecho que tengo por haber nacido en el Río de la Plata”, compartió el oriundo de Avellaneda, provincia de Buenos Aires.

El tono del concierto adquirió un tomo más religioso, común en los shows de la familia Montaner —son cristianos evangélicos—, cuando dijo que sus hijos, al no haber podido venir, enviaban un mensaje. En las pantallas, los rostros de sus hijos Evaluna, Mau y Ricky y de su yerno Camilo, se unieron a él al cantar “Amén”. En la misma línea, la penúltima canción que tocó el artista fue “La gloria de Dios”, a la que antecedió la historia de una fan suya, uruguaya, que en su anterior concierto no pudo ir a verlo por estar internada y él luego de llegar al país la fue a ver al hospital. Esa admiradora, según contó Montaner, estaba ahí y pudo reencontrarse con ella, cosa que agradeció a Dios.

Tras casi tres horas de show y con la misma energía imponente con la que entró, Montaner culminó la velada rodeado de confeti y con la imagen del Monte Roraima detrás, símbolo de su amada Venezuela. Cerró con “La cima del cielo”, ese lugar “donde emerge sublime el deseo y la gloria se puede alcanzar”.

Javier Noceti

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Por Federico Pereira





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