Andrés González Flores y Manuel De Alvarado Molano

Baron Noir es una magnífica serie francesa que a través de su protagonista Philipe Rickwaert retrata, entre otros asuntos, el funcionamiento de los partidos políticos en las democracias contemporáneas. Philipe es un convencido militante del socialismo francés, por ello la serie nos ayuda a aproximarnos especialmente a las vicisitudes y desafíos que afrontan los longevos partidos socialdemócratas europeos. Pero, de momento, la socialdemocracia francesa permanece en la incubadora a la espera de la trayectoria de la alcaldesa de París de ascendencia española, Anne Hidalgo. Este parecía también el caso de la mayor democracia europea, donde el SPD fue durante años el ejemplo paradigmático del debilitamiento de las socialdemocracias europeas. Aún le quedan vidas al centenario SPD, que de lograr poner en órbita a liberales y verdes podrá obtener la cancillería dieciséis años después.

La crisis de la socialdemocracia se vinculó al desdibujamiento ideológico y al abandono de la representación directa de los intereses de las clases trabajadoras que supusieron las terceras vías del británico Tony Blair y del último canciller socialdemócrata alemán Gerhard Schröder. La gran coalición (Große Koalition) entre el conservadurismo democristiano y la socialdemocracia ilustró la convergencia programática entre dos de las grandes tradiciones políticas de la Europa Moderna.

En estas arenas se movió el presidenciable Olaf Scholz, que fue ministro de Trabajo y Asuntos Sociales en el período 2007-2009 del primer ejecutivo Merkel. Se trata de una legislatura que trajo el segundo peor resultado de la historia de la socialdemocracia alemana en las elecciones de 2009, en las que por primera vez desde 1953 el SPD se situaba por debajo del umbral del 30% de los sufragios. En esta situación límite, al igual que Rickwaert regresa a Dunkerke en Baron Noir cuando el socialismo francés hace aguas, Scholz volvió a las arenas municipales de Hamburgo.

En la primera mitad de este año el SPD continuaba con esta tendencia a la baja, por debajo del 20% en los sondeos y se situaba como tercera fuerza en el Bundestag tras la CDU-CSU y Alianza 90-Los Verdes. Pero estas elecciones eran excepcionales. Se ponía fin al “faraonato de Merkel”, un liderazgo que ha marcado los tres últimos lustros de la política alemana y europea. Esto nos trae paralelismos con las elecciones de 1998, que pusieron fin al gobierno del otro faraón conservador Helmut Kohl (1982-1998). Precisamente, de estas elecciones nació la primera experiencia de coalición a nivel federal entre socialistas y verdes.

Si bien de las elecciones celebradas el 26 de septiembre no surge un bipartidismo imperfecto como en 1998, estamos ante la cristalización de un multipartidismo. Atendamos a los porcentajes de votación y de representación parlamentaria sin olvidar el carácter parlamentario del modelo alemán: el SPD obtiene un 25,7% de los sufragios que se corresponden con 206 de los 735 escaños de la variable composición del Bundestag. A este le flanquea la coalición CDU-CSU con el 24,1% y 196 escaños, con una difícil transición de liderazgo para su candidato, Armin Laschet. Entre ambos partidos del tradicional bipartidismo suman tan solo el 49,8% del total de votos y el 54,69% de los asientos en el Parlamento.

Estamos en otros tiempos, debemos vacunarnos de la aplicación de esquemas clásicos en torno al bipartidismo y el eje clásico izquierda-derecha, que no quiere decir que aún no tenga capacidad explicativa, sino que esta es menor. Scholz permaneció siendo una figura relevante del partido como nuestro buen amigo Rickwaert, pero no lo veamos como la irrupción que pegó una patada al tablero al estilo del rockero británico Jeremy Corbyn. Scholz ha sido un firme defensor de las políticas económicas y laborales de la era Merkel, pero tiene un perfil propio, como muestra la defensa continua del establecimiento, y ahora incremento, del salario mínimo interprofesional .

Scholz regresó a la primerísima línea como vicecanciller y ministro de finanzas del último gobierno Merkel. Scholz se lanza a la ofensiva en las primarias internas del SPD en 2019, pero sale derrotado. Pero como nos señala “la ley de la disparidad curvilínea” de John May (una de las herramientas de la ciencia política), las militancias se comportan de manera más ideológica y “radicalizada” que los electorados y dirigentes. Así, una candidatura que conectara con el espíritu de época del merkelismo, que se va con índices de aprobación considerables, podía considerarse una posible estrategia exitosa. El continuismo y el pactismo parece que fueron mejor representados por Scholz, que supo pescar parte del caladero huérfano con la salida de la canciller.

¿Qué pasa con los medianos?

La cuestión climática ya no es superficial ni complementaria en el comportamiento electoral. La dimensión ecológica ha llegado a ser la principal preocupación en las encuestas, reflejándose en el voto juvenil y de las grandes urbes. Esto no se circunscribe a Alemania: ¡Qué vayan tomando nota en otras latitudes! Alemania ha bordeado la cancillería verde de Annalena Baerbock en algunos momentos, pues por la primavera se le daba como primer partido en las encuestas. Alianza 90-Partido Verde, que cuenta ya con cuarenta años de vida, no ha llegado a esa cima, pero ha obtenido el mejor resultado de su historia con un 14,8% de los votos y 118 escaños.

Las causas de este desinflamiento pueden venir por un problema de liderazgo, pues Baerbock no cuenta con una gran valoración entre su nicho electoral. En parte puede relacionarse con que se vio envuelta en escándalos mediáticos (mediatizados) al descubrirse que su libro publicado poco antes de la campaña contenía numerosas citas de otras autorías, así como que se infló su curriculum. Se debe agregar la transversalidad del ecologismo alemán, que ha logrado que el conjunto de los partidos en mayor o menor grado cuente con una agenda verde, aun cuando los caminos para lograr el horizonte ecológico son múltiples. Esto se vio con fuerza en los dos debates electorales, donde el socialdemócrata Scholz aceptó el grueso de las políticas de Alianza 90-Los Verdes, representando con éxito su liderazgo en el bloque de la alternativa a la CDU-CSU.

El cuarto en discordia, con un leve crecimiento, es el FDP que obtiene un 11,5% de los sufragios y 92 escaños. Los liberal-conservadores son el otro gran actor de las negociaciones, contando además con una larga tradición de partido bisagra, pues ha sido parte durante 38 años tanto de gobiernos de la CDU-CSU como del SPD.

Berlín, cordón sanitario y coaliciones

Para los que se pregunten por una izquierda de mayor graduación, cabe reseñar el batacazo de Die Linke, que pierde casi la mitad de su electorado y representación parlamentaria. Para estos sectores de izquierda, al menos, siempre quedará Berlín. En la capital alemana se celebró de forma simultánea un referéndum consultivo en el que se aprobó la expropiación de 240.000 viviendas a los grandes propietarios (aquellos que  cuentan con más de 3.000 inmuebles).

Precisamente, en Berlín, gobierna una coalición de izquierdas SPD-Verdes-DieLinke, aritmética imposible en el mapa electoral surgido el 26 de septiembre. El mal resultado de estos últimos hace inviable esta opción a nivel federal, otorgando mayor fortaleza de negociación a verdes y liberales. Ambos partidos serían parte de las dos coaliciones que se vislumbran con más probabilidad: la favorita del electorado alemán, coalición semáforo, por los colores del SPD-FDP-Verdes, y la Jamaica, de los colores de la CDU/CSU-Verdes-FDP.

Aquellos que han seguido la política alemana de los últimos años, se preguntarán por el actor revelación de 2017, la extrema derecha AfD. Destaca que su tema estrella, la migración, ha quedado fuera de la agenda de campaña. Este partido se sitúa a la baja (-2,3%), pero consolida una base electoral notable del 10,3% y apuntala su rol de representante de los agravios comparativos producidos en Alemania Oriental con la reunificación, siendo primera fuerza en Sajonia y Turingia. Del caso alemán, se pueden extraer algunas lecciones para el freno de la extrema derecha: los cordones sanitarios pueden ser útiles para la contención, al reducir su apoyo e imposibilitar las alianzas; pero tampoco son una piedra filosofal para una drástica reducción de su peso electoral.

Por último, se preguntarán por la repetición de la gran coalición, ya que SPD y CDU-CSU suman. Este escenario, en principio sería descartable por los escasos incentivos de ambos actores, cuando se produce el sorpasso del SPD y se da la transición de liderazgo en la CDU-CSU. Más cuando los partidos medianos parecen querer maximizar su influencia, mostrándose dispuestos a superar los errores que evitaron la coalición Jamaica en las elecciones de 2017. En cualquier caso, parece que Merkel nos seguirá acompañando por unos meses, pues las negociaciones se antojan arduas. Están por ver la resistencia y la audacia de nuestro Rickwaert alemán.

 

 



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