Tras la mano crispada, la fusta cobró vida, cortó el aire zumbando y atizó rostro y vergüenza de Agenor. Fue en la vuelta de la Cuchilla de Caraguatá, cerca del río Negro, en octubre del
que llamaron «Año de la Orientalidad». Estaban —caído el sol— en el escritorio del patrón, y éste, conocido por arrebatado, reclamaba por los ovejunos tajeados en la
esquila. De nunca acabar, cuestión de sangre caliente, insistía en achacarle la culpa a la caña y ya había soltado un par de insultos —manga de borrachos y algo más — a la
comparsa dirigida por Agenor. Como era su costumbre, jugueteaba con la fusta. —¡Yo pago!, ¡yo pago! —gritaba como poseído.

El bayano había dado en no contestar. «Que ladre, nomás, pensaba. Que ladre hasta escampar». En cuanto lo increpaban, paseaba la mirada por la ventana, campo afuera.
Por eso no vio venir el chirlazo… ¡Un cuchillo, ceñido por una mano gruesa, apareció a responder! «¿Así que no querías tajos?» Y llovieron tajos sobre el patrón, y en su camisa blanca brotaron ojales colorados. ¿Cuántos?, ¿diez?, ¿quince? ¡Vaya a saber! Lo despegó del piso más de una vez, haciendo palanca entre el brazo libre y el armado. Lo tiró para un costado, en  medio de los bufidos de ambos, con gesto de desdén: «¡Cara que mamá beijou, vagabundo nenhum  bota a mão! Recebeu o troco». Limpió el cuchillo en un tapete bordado, como quien chaira. Tenía la cara más blanca, los ojos entrecerrados y la boca, una línea sin fisuras.

Al salir dio un portazo que enteró al personal de lo sucedido; enderezó al galpón de alpargata, con el susurro de una canción suave, saludable.

Atravesaba el patio y un árbol seco, de ramas largas que apuntaban para abajo, le arañó la pelambrera. A su cuerpo, todavía tenso, la sentada le resultó inevitable: fueron dos pasos violentos hacia atrás, con clavada del talón y suelo machacado.

Descolgaba el freno, pensaría que de Tacuarembó a Río Grande era solo una estirada, en volteo de alambres y cortadas de campo, mientras en un relámpago vería los
montes y las picadas, oportuno resguardo, cuando escuchó a sus compañeros que lo llamaban desde la cocina.

Una trenza apretada, de tanto vellón, no se cortaría tan fácil… Torció el rumbo y se acomodó con el grupo, de boca cerrada y embotado por el fuego. Instalado en un banquito petiso, quienes le veían dudarían si las brasas le ganaban los ojos, o al revés.

Un par de pingos bien herrados le zafaban el pescuezo al lazo y, amparo de la luna mediante, a las consiguientes galopeadas nocturnas; desde esa punta del departamento, por los caminos de los contrabandistas,

Brasil quedaba a menos de quince leguas. Le pasaron el mate, que sostuvo con garra enrojecida; sorbió profundo, siempre en conversa muda de mirada fija en el braserío.
En la frente le había aparecido una vena culebrera, casi tan gorda como el dedo chico. Cuando devolvía el mate vaciado, los compañeros se empecinaban en tomar y hacerlo cantar rápido para entregárselo de nuevo.

Llevaban ya varios años juntos, metiendo duro; él hacía punta por derecho bien ganado. Se habían vuelto puro gesto y uno llegó a apretarle el brazo. El benteveo quiso decirle algo, pero las tijeras le cortaron la inspiración con la mirada y le cerraron el pico. Los demás de su grupo, que ya habían cobrado la parte, andarían por el pueblo en busca de remansos femeninos; o no tan remansos, pero de cansancio gustoso: la primavera soplaba fuerte.

Quedaban dos tijeras, los peludos y los hermanos Espino, Eugenio, el embolsador, rubio grandote, casi albino, y Rufino, el benteveo de porra gris, especie de basurero que, en el ajetreo frenético de la labor, se encargaba de juntar la lana desperdigada.

Macón, capataz del establecimiento, había marchado con dos peones, en una tropa, a un campo de la misma firma cruzando el Negro. En las casas se había retenido a dos
para el trabajo que no se podía postergar. Uno de ellos, cuando advirtió el revuelo, se tomó las de Villadiego a lomos de su doradillo. Goyo Peralta, allegado por amistad
al grupo de Agenor, hizo pata ancha en la cocina.

Masarico fue otro que se volvió piedra con el grupo de esquiladores. Era un brasilero viejo, del que se sabía poco más de qué vivía en la orilla de los arroyos y las lagunas, donde levantaba carpas de palos y cueros.

Cuando la comida escaseaba —pescados, tatúes o huevos de avestruz— o el tiempo exageraba de inclemente, se arrimaba a las estancias por unos días, por mate, churrasqueada y rincón para dormir. Ahí le daba juego a una lengua, mezcla propia de portugués, español y hasta guaraní. Solo Agenor, que había sabido sacarlo en ancas de una embromada, lo entendía bien. Los quejidos que venían de la casa grande parecían prolongación desinflada de la monserga. Campero formaba dúo con el patrón, soltando aullidos junto al viento que
resoplaba embotellado en el chaperío del galpón. —¡Jueeera, perro! —Agenor le sobó el lomo con la argolla del lazo y el animal, arrollado, de orejas gachas, se sumó a los
silenciosos. Se escuchaba el canto de los grillos y el goteo empecinado de una canilla, sobre el latón de un bebedero desfondado.

Pasaron largas horas y espesas como noche cerrada. La luz salpicaba desde la luna, un poco desde el farolito y hasta desde los hombres.

De a uno, de rato en rato, los que acompañaban a Agenor salieron como zonceando o para cambiar las aguas en el rumbo del excusado donde, de camino, estaba el tacho
con la sangre del capón carneado. Todos volvieron con una mano roja y chijeteados en las bombachas o en la camisa.

No había clareado aún y el vacaje mugía inútilmente reclamando ordeñe, en otro sonido extraño al concierto del establecimiento. Los hombres churrasquearon, ninguno
ensilló. Un rato antes se habían extinguido los lamentos de la casa grande, y hasta la canilla enmudeció, vaya a saberse por qué artilugio.

Agenor miró derecho a Masarico y apuntó a la puerta con la nariz, le indicó que se mandara. —Vá embora, viejo, vôa. Tu não é pássaro de gaiola; põe cabeça nu laço, não.
Masarico le devolvió la mirada, como quien oye llover. —D’menino, anus van al tranco; d’veio, galopean, tchê… ¡Añamembui! A media mañana apareció un negociante
de ganado; después diría de su extrañeza al ver un carancho sobrevolando las casas. Cuando preguntó por el patrón, le dijeron:

—En la casa.

Y ahí estaba, nomás; ya de tarde la policía se los llevó en un camioncito. Antes de subirlos, requisaron siete cuchillos bien afilados en piedra de agua. Circulaba el porrón difamado y a las risas cantaban una polquita. Una orquesta campera, compuesta de mucho pájaro, los acompañó en el recorrido.

Dijeron que en el juzgado no hubo Cristo que los convenciera de que todos no podían ser los autores. Los indagados confirmaron lo que en el pago se sabía: que el difunto
era hombre solo y atravesado, y que en los últimos años basureaba cada vez más a la gente.

Lo único que el magistrado sacó en limpio fue que la cosa vino por el modo de atender a la majada. Tal como contaron, podría decirse que la fuente del asunto había sido
ovejuna…



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