“La OEA es lo que los Estados miembros quieren que sea”. Así se le define en textos. Así se autodefine y se refiere a ella en sus propios pasillos y tertulias. Cada país, un voto. Claro, no todos los Estados pesan igual. Los Tratados de Asistencia Militar son para que todos los Estados quieran lo que EEUU quiere que se haga. Pero por lo menos se guardan las formas. No hay países con derecho a veto como en la ONU. Salvo rebelión del secretario general: desacato.

Su “carta” es muy detallista. Las competencias del secretario general figuran en el Capítulo XVI en los artículos 107 a 121. El titular de la secretaría es un funcionario. No es ni un miembro ni puede hablar por ninguno de ellos. Solamente puede hacerlo en nombre de la organización. O sea, solo en los temas en que esta haya tomado posición.

Almagro ha tomado el atajo de, en nombre de la OEA, hablar de temas muy sensibles, sin representar los puntos de vista de la organización. Eso llevó al canciller de México a hacerle una advertencia por  dichos, un par de días antes de la elección en su país. A don Luis, así se hace llamar ahora, le resulta incomprensible que los Estados puedan opinar sobre su gestión. Pero que él lo haga sobre asuntos internos de los Estados, no.

El canciller de México lo calificó como el “peor secretario general de la historia de la OEA”, lo que es mucho decir.

Don Luis se ofendió e insultó al gobernante mexicano. Digo bien, lo insultó. Porque no hubiera correspondido que opinara sobre su gestión, pero hizo algo peor. Lo agravió llevando al terreno personal el enfrentamiento.

El actual secretario de Relaciones Exteriores de México, Marcelo Ebrard, antes de ocupar el cargo fue gobernante de la Capital Federal. Almagro le respondió: “Hablando de mala gestión, es muy raro. Como yo soy buena gente, obviamente por mi parte le deseo que ninguna obra más que él haya hecho como jefe de gobierno de la Ciudad de México se derrumbe sin perjuicio de mi solidaridad con las víctimas de la línea de metro” (Aludía a la línea 21 de metro cuyo derrumbe causó muertes).

Esa barbaridad, impropia aun de alguien que recién iniciara su carrera diplomática, tiene su explicación. Cuando nuestro compatriota fue electo como Secretario de la OEA, México era gobernado por el PRI. El mismo partido que el domingo pasado se alió con todos sus adversarios históricos (PAN, PRD) para derrotar a AMLO, el actual presidente mexicano. Sí, el PRI se alió con adversarios y enemigos, pero igual perdió. Siendo gobierno promovió a Almagro. Pero cobró muy bien.

Si bien su jefe de gabinete es uruguayo, Gonzalo Koncke, de “estridente” pasaje por nuestra cancillería, el PRI le puso a Almagro a Francisco Guerrero Aguirre, como secretario para el Fortalecimiento de la Democracia. También le puso, cargo clave, al director del Departamento de Cooperación Electoral (DECO),  Javier de Icaza, de una tradicional familia del PRI. Ha sido la observación el instrumento de injerencia en nuestros países. Llegó a ejecutar un golpe de Estado por esa vía.

Debo decir que tengo varias misiones de observación en mi haber. Empecé sin recomendación alguna y tras hacer cursos de formación, cuando era secretario Insulza. Me fui cuando el secretario era un uruguayo y no se respetó la independencia técnica de las misiones. Ahora, a mí no me insultó. Al canciller de México, sí.

Le reacción internacional no se hizo esperar. México primero, como corresponde. Luego «los países miembros del ALBA-TCP  [condenaron] este asalto a un alto funcionario de una de las principales naciones del hemisferio por parte de un funcionario de una organización intergubernamental, particularmente porque es un patrón inaceptable”. Uruguay: silencio. Mucho intercambio de favores.

No se sabe cuál es el verdadero apoyo que tiene Almagro. En EEUU no ganó Trump. Y aunque hubiera ganado, ya no le serviría de aliado, porque la organización está desacreditada y no incide en la región.¿Que aporta a los uruguayos seguir siendo su único apoyo?

Lula y Fernando Henrique Cardoso han coincidido en pocas cosas. No vacilaron en unir sus voces para apoyar la postura de Argentina en el Mercosur. Condenan la unilateralidad de modificación de aranceles que quiere Bolsonaro. Acá somos más delicados y le llamamos “flexibilización.” Nunca estamos alineados del lado de los “buenos.” En definitiva, la grosería de Almagro se explica, no justifica, pero el silencio de Uruguay no.

Esperemos que se sepa pronto qué opinamos sobre nuestra posición histórica de acercamiento a Bolivia. Uruguay debe ser el puerto de salida de Bolivia al mar. Pero ni sabemos si el puerto seguirá siendo nuestro o de un monopolio extranjero. Pronto Argentina pedirá el ingreso de Bolivia al Mercosur. Ojalá estemos, en palabras de Metele que son Pasteles, “a la talla” y no “haya que dar batalla”.



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