Por Dr. Gastón Pesce Echeverz.-

 

“Por los boliches y los expedientes judiciales pasa la vida…”, decía el Dr. Luis F., ex abogado, nada menos, que de Los Iracundos (yo solo lo fui de su baterista de toda la vida, “el Juano”).  Y es así nomás…

      Conocí al Dr. Enrique Viana Ferreira cuando recaló en Paysandú, primero como jefe de asuntos laborales de una de sus fábricas, seguramente PAYLANA, cuyo gerente era primo hermano de mi madre; y luego como fiscal, al mismo tiempo que su esposa (de entonces, no sé ahora, hoy Ministra de Tribunales) iniciaba su carrera judicial como juez de Paz.

      Los hechos sucedieron así: cierto día, encontrándome en mi estudio, recibo la llamada de uno de los dos jueces penales del departamento, salteño, con quien jugábamos a la pelota vasca en el Centro Pelotaris, quien me mandaba recomendado a un primo suyo de Paysandú, con quien mantenía escaso trato, a raíz de una denuncia penal que a su primo le había hecho un vecino quien, tras comprobar una pequeña invasión constructiva en su terreno, la emprendió a golpes de pica contra la pared lindera (del vecino, primo del juez), tirándosela parcialmente abajo, rompiéndole el parral y comprometiéndole la churrasquera, tras lo cual (tras cuya agresión) lo denunció ante el Juzgado de Paz a cargo de la Dra. Gabriela Merialdo Cobelli, esposa de Viana.

      En realidad el agredido, damnificado y denunciado era mi cliente (el primo del juez penal), porque tras sufrir el destructivo ataque de su vecino al cabo de un indudable acto de justicia por mano propia de su vecino, había resultado denunciado.

      La Dra. Merialdo lo trataba como a un indagado en sede penal (estábamos ante la justicia de Paz) y la juez no tenía jurisdicción sobre el caso.  Entonces, cuando advertí a mi cliente que no declarase nada, reclamando la nulidad del proceso, la juez nos amenazó con procesarnos por desacato mientras hojeaba nerviosamente el Código Penal, tratando de aclararme qué delito mi cliente había cometido y dónde estaba previsto.

      Ese incidente terminó en el juzgado penal del Dr. William Corujo, donde denuncié a la juez por un abuso de funciones que jamás fue condignamente castigado.  La juez sí fue trasladada.

      Algún tiempo después y habiendo dejado yo de ser edil, el poderoso diario El Telégrafo publicó una extensa nota en la que, a instancias de la también poderosa COMEPA (Corporación Médica de Paysandú), fustigaba todas las consecuencias de la que llamó “ley Pesce”, refiriéndose a la ordenanza departamental que derogaba el uso obligatorio del casco para mayores de 21 años de edad, para lo cual, si bien yo había tomado la iniciativa, el recientemente fallecido ex intendente Dr. Larrañaga dio la orden a la bancada nacionalista que no votaran mi moción sino la suya, tal como en definitiva ocurrió, pues dicha derogación –de norma impuesta por el ex intendente colorado Arq. Belvisi- había sido una de las banderas de su campaña.

      El juez del caso fue Otto Gómez, colorado, el abogado del diario, el Dr. Jorge Laborde, cuyo padre, Dr. Jorge Laborde Bercianos, había sido compañero en el Consejo de Estado del papá del Dr. Viana Ferreira, el ex consejero Viana Reyes.  Y el Dr. Enrique Viana hijo, el fiscal del caso en el que apenas logré un derecho de respuesta por orden judicial que –dicen- fue el único que tuvo que publicar El Telégrafo en su centenaria historia.

      Sobrevino luego otro caso, en el cual la dupla Viana – Gómez amparó al padre de otra fiscal que había incurrido en un delito de falsificación en perjuicio de un familiar y mi pedido de procesamiento, por parte de la misma dupla, por un presunto delito de desacato jamás cometido, derivado de la ríspida defensa del interés de mi cliente (perjudicado) por el papá de la dicha fiscal, que fue desestimado en dos instancias y me dejó la puerta abierta para hacerles juicio a los magistrados, para lo que no tuve tiempo, dada mi intensísima actividad cotidiana de entonces, que no me permitía perder tiempo en estos desquites.

      Recuerdo que en cierto momento el juez golpeó la mesa y me mandó a callar la boca, diciéndome que él era el juez y que a la palabra me la otorgaba él y yo le respondí en el mismo tono, golpeando la mesa también y diciéndole que a mis derechos no me los daba él sino la Constitución y la Ley.

      “No procures, en los tribunales, ser más que los magistrados, pero no consientas ser menos”, enseña Osorio y Gallardo…

      Años después el Colegio de Abogados de Paysandú, con el auspicio de PAYCUEROS S.A., la principal contaminadora del punto más contaminado del Río Uruguay en su tramo compartido con Argentina, llevó adelante el primer coloquio sobre Derecho Ambiental del Interior, en la Casa de la Universidad, donde el Dr. Viana, ya por entonces fiscal en la Capital, ya se había pronunciado contra la plombemia y había sido invitado como uno de los expositores, en un evento donde no se admitía el libre interrogatorio sino que cada partícipe podía formular solo dos preguntas por escrito que eran convenientemente filtradas por los organizadores del Colegio.

      Recuerdo que al llegar al centro de conferencias Viana se encaminó al pequeño grupo donde yo me encontraba junto al presidente de la Asociación de Escribanos de Río Negro, el Prefecto del Puerto de Paysandú y el Comandante del Batallón de Ingenieros de Concepción del Uruguay y dirigiéndose directamente a mí, me extendió la mano que piadosamente tomé, cuando hubiera querido dejársela colgada, solo para no quedar como un mal educado con el círculo que me rodeaba.

      Pero luego, cuando le tocó exponer, compartiendo su punto de vista sobre el tema de fondo, esta vez me acerqué yo a felicitarlo.  Aquel hombre de algún modo se había superado y había pasado a defender de una vez el interés correcto.

      A partir de allí seguí su derrotero crítico hasta su salida de la Fiscalía y la “yunta” que formó con el polémico y mediático Dr. Salle y muchas veces, por no decir la enorme mayoría o casi todas, pasé a identificarme con su prédica.  Algo había cambiado en él y de ser un tipo “casado” con el poder al que rendía servil y amiguista pleitesía, había pasado a ser primero un fiscal independiente y luego un abogado a la intemperie más, tal como buena parte de nosotros, los que no tenemos padrinos y solemos bailar siempre con la más fea sin tener nunca jamás, como dijera Fierro, “palenque ande rascarnos”.

      En mi penúltima ida a la Capital planificamos encontrarnos en el estudio de mi hermano, donde le haría entrega de un libro donde procuro denunciar nuestro diabólico sistema judicial penal y penitenciario y platicaremos sobre este tema.  Pero poco antes de nuestro encuentro me avisó que no podría asistir a causa de un compromiso contraído en campaña, quedando de encontrarnos “para la próxima”.   La vida quiso que no se diera.

      Lo cierto es que, al cabo de esta fatiga diaria puesta al servicio de la Justicia que nos obliga a menudo a abandonar nuestras “lucha de pasiones” para poder seguir viviendo, con alguien a quien consideré –no sin válidas razones para mí- un enemigo, terminé encontrando un trillo común, muchas postreras coincidencias y el ánimo renovado por un futuro mejor y más justo en el que seguramente y por vías diferentes los dos nos habíamos embarcado.

      Haya cristiana paz en su tumba.



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