Mientras dentro de fronteras el gobierno de Lacalle Pou despliega una estrategia ostentosa y acelerada para el desguace de empresas públicas y la concesión a privados de negocios con notable perjuicio del Estado, en su gira de esta semana hizo gala de un alineamiento extremo con la derecha latinoamericana y de Estados Unidos.

La llamativa y desubicada participación de Lacalle Pou en la VI Cumbre de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños se gestó varios días antes y fue objeto de coordinación con otros presidentes de la región. Lacalle Pou solo fue a la Celac para para montar una provocación pública contra Cuba, Venezuela y Nicaragua, como antes lo había hecho el presidente paraguayo, Mario Abdo Benítez y, de forma más elíptica, el ecuatoriano, Guillermo Lasso. Su viaje no tuvo otro propósito que afear la cumbre, que se reunía luego de cinco años sin realizarse, e instalar obstáculos frente al empeño del presidente mexicano que relanzó el organismo con el objetivo explícito de sustituir a la OEA, ese viejo ministerio de colonias de Estados Unidos, cuya secretaría general ejerce el topo Luis Almagro.

Resultaba sospechosa la visita a Montevideo del presidente del Banco Interamericano de Desarrollo, Mauricio Claver-Carone, dos días antes de la cumbre, en una gira relámpago por el América del Sur, que incluyó solo dos países: Paraguay y Uruguay. Mauricio Claver-Carone es el primer presidente estadounidense del Banco Interamericano de Desarrollo y su elección hace un año provocó una intensa polémica. Recodemos que Lacalle Pou decidió votar su candidatura, pese a la oposición a sus socios de la coalición y al propio canciller de entonces, Ernesto Talvi, que consideraron que era un gravísimo error que rompía las reglas no escritas del banco regional y, además, involucraba a Uruguay en una operación de Donald Trump para llevar adelante su política exterior, fundamentalmente enfocada en la hostilidad contra Cuba, Venezuela y Nicaragua.  Claver-Carone no tiene ningún otro oficio en su currículum vitae que haber sido durante 20 años un gris abogado del sur de la Florida dedicado a vivir de la prédica contra Cuba, y anotado en todas las conspiretas posibles de la mafia de Miami. No fue su talento, sino su falta de escrúpulos lo que le llevó a ascender entre la ultraderecha republicana y, finalmente, terminó asesorando a Trump en su política obsesiva contra esos tres países. Pues bien, curiosamente, después de un año de ser electo, Claver-Carone salió por primera vez desde Washington  hacia esta región del mundo, se reunió con los presidentes que después armarían el show y se desvivió en elogios públicos para estos países y sus gobiernos, justo los tres países que actuaron en sintonía: Uruguay, Ecuador y Paraguay. Una casualidad bárbara, coronada, por supuesto, con anuncios insólitos del presidente del BID, que prometió apoyos con créditos millonarios para proyectos fabulosos, en los que Montevideo sería poco menos que el centro del mundo, el Silicon Valley del sur, inserto en un eje futurista con Madrid y Miami que, a falta de imaginación, propuso llamarle M3. Aunque, seguramente, lo que Lacalle valoró especialmente fue la promesa de que la próxima asamblea del BID se runirá en Punta del Este en marzo del año que viene.

De México, Lacalle Pou viajó a Estados Unidos a continuar con su agenda de ultraalineamiento, que incluyó su decisión de sumarse al boicot a la conmemoración a 20 años de la conferencia de Durban, a pedido de los gobiernos de Israel y Estados Unidos, que no soportan que en la que fue la Primera Conferencia Mundial contra el racismo, diversos países, sobre todo el mundo árabe, acusaran al gobierno israelí de tener una política racista hacia el pueblo palestino e intentaran incluir un texto a propósito que después ni siquiera se incluyó en la declaración final. En aquel entonces, de aquella conferencia se retiraron Israel y Estados Unidos, ignorando las importantísimas resoluciones que se adoptaron, como declarar el esclavismo un crimen de lesa humanidad. Y hoy Uruguay, que no se retiró en su momento, se pliega 20 años después, por decisión de Lacalle Pou, a ese boicot trasnochado a la reunión más trascendente del mundo contra el racismo, marcando un hito más en su carrera de seguidismo de la política exterior de Estados Unidos.

Finalmente, su gira incluyó un discurso completamente improvisado ante el pleno de la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas. El propio canciller Bustillo advirtió que no tenía idea de lo que diría, porque el presidente lo iba a preparar solito a la noche, después de cenar. En el discurso, lleno de naderías sobre la libertad responsable, que es lo único de lo que ha hablado hace un año medio, Lacalle insistió con sus ataques a Cuba y Venezuela, aunque sin nombrarlos y se permitió recomendar un libro de un sueco llamado Hans Rosling, cuyo título es: Factfulness: Diez razones por las que estamos equivocados sobre el mundo. Y por qué las cosas están mejor de lo que piensas. A mí me dio bastante gracia que recomendara ese texto y todavía más que los medios locales se prodigaran en artículos sobre esta obra, como si estuviéramos ante un hallazgo de un incunable o de una obra maestra del pensamiento que, por algún motivo, permanecía oculta o desaparecida. Porque me imaginé toda la situación: Lacalle Pou tenía que armar un discurso para la Asamblea General de la ONU, ya no por Zoom, sino presencial. ¿Y qué iba a decir ante una reunión de todos los mandatarios del mundo? ¿Cómo iba a armar su discurso para pasar a la historia o, al menos, no pasar vergüenza? Pues bueno, se consiguió un libro sobre datos del mundo, como los niños que gustan de colecciones de datos curiosos, que la gente no suele tener presente y ahí, inspirado por ese texto menor, como un Guinness de los Récords, un Almanaque del Banco de Seguros o una Reader’s Digest sobre cosas que muestran que el mundo no sería tan malo como sostienen los que quieren cambiarlo, fue y escribió un speech que, de todos modos, difícilmente alguien recordará.

 



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