Los impulsores de la distinción, financiada por ANDE, buscan generar un nuevo sector que se diferencie del industrial, porque tienen formas de trabajo «infinitamente distintas»
Artesanal, independiente y producida dentro del territorio nacional. Esas son las cualidades que garantiza el sello de Cerveza Independiente, que surge desde la Asociación de Microcervecerías Artesanales del Uruguay (AMAU), con el objetivo de distinguir esta bebida de la industrial. Aunque la idea comenzó a pensarse en 2015, a partir de la creación de la AMAU, recién se concretó cuatro años después, cuando la organización ganó la financiación de la Agencia Nacional de Desarrollo (ANDE) por intermedio de los Bienes Públicos Sectoriales.
Para obtenerlo, las cervecerías deben enfrentarse a un control jurídico y a otro técnico, además de a un panel seleccionador, compuesto por tres representantes de la AMAU. El proceso incluye la presentación de las habilitaciones correspondientes y una visita a la planta por parte de un ingeniero de alimentos, quien se asegura de que se cumplan las normativas sanitarias vigentes. Una vez completado, las empresas cuentan con el sello por cinco años.
Según Mariano Mazzolla, autor del libro La revolución de la cerveza artesanal en Uruguay y exgerente de desarrollo de negocios de Birra Bizarra, el conocido como movimiento Craft –que significa arte, oficio y destreza, en inglés– «creció violentamente» en nuestro país alrededor de 2019 y ahora se encuentra en un momento de mayor tranquilidad. Actualmente, «en todas partes del mundo se empezó a hablar de la cerveza independiente más que de la cerveza artesanal», porque existen cervecerías artesanales que pertenecen a multinacionales o que no persiguen determinados valores característicos de esta cultura, como la innovación o el trabajo en equipo. En ese sentido, «la parte más difícil» a la hora de implementar el sello de Cerveza Independiente es lograr «que la impronta independiente sea relevante para el consumidor».
Carlos Bimba, integrante de la AMAU, también se refirió a las cervezas que se han dedicado a imitar a las artesanales para obtener mayores ventas, y dijo que lo que busca el sello es «identificar a las empresas que son realmente independientes y que producen bajo los parámetros de calidad de la cerveza artesanal». Lograrlo implica desafíos tales como «convencer a los cerveceros» de la importancia y los beneficios de su implementación, y luego también al consumidor, que debería estar informado sobre la buena calidad de la bebida. «Nosotros buscamos diferenciarnos porque somos productos distintos», explicó Bimba, refiriéndose a los aspectos que distinguen a la cerveza artesanal de la industrial: la forma de producir, las materias primas, los químicos, y el volumen de litros de producción anual. Además requiere una mayor mano de obra no sólo por la técnica, sino por los rubros que se activan a partir del sello, como el del diseño gráfico de logos y etiquetas, o las ferias y festivales, entre otros.

Competir
«No es nuestra intención salir a competir, sí crecer en el mercado nacional», expresó el cervecero, y destacó las condiciones de Uruguay, donde se produce trigo y cebada, para la evolución del movimiento a nivel nacional. Hoy la cerveza artesanal supone sólo 2,5% del consumo de cerveza en nuestro país, mientras que la industrial es producida por Fábricas Nacionales de Cerveza (FNC), que ha sido sancionada económicamente en tres ocasiones por mantener contratos de exclusividad con minoristas. La última multa, de 4,8 millones de dólares, fue impuesta en octubre de 2022, a partir de información brindada por diez empresas vinculadas al rubro, que permitió constatar que la FNC hizo acuerdos con alrededor de 6.000 comercios para que vendieran únicamente sus cervezas.
Desde la Federación de Obreros y Empleados de la Bebida (FOEB) existen señalamientos hacia las cervecerías independientes respecto de atenerse a los acuerdos del sector. «Hemos encontrado una resistencia a la sindicalización y al cumplimiento de los laudos del sector», aseguró el dirigente Fernando Ferreira. Si bien dijo que comprende que hay muchas empresas integradas por pocas personas y con un bajo volumen de elaboración, Ferreira destacó que también existen otras que «ya dieron cierto salto a lo industrial, por la cantidad de volumen que manejan y la gente que emplean». Esas «no cumplen con la normativa, en materia de salarios, sobre todo».
El representante de FOEB planteó que les preocupa que no haya afiliación por parte de trabajadores vinculados a este rubro y opinó que quizás se debe a un desconocimiento sobre la manera en la que pueden formar un sindicato o acercarse a la federación. Para Ferreira, es posible que exista cierta ignorancia en relación a «los laudos que deberían estar cumpliendo» o «alguna presión de tipo patronal, antisindical».
Consultado al respecto, Bimba manifestó que allí se encuentra una de las razones por la que la AMAU busca que se reconozca al artesanal como un mercado particular, que pese a tener ciertos puntos en común con el industrial y hallarse «bajo el mismo paraguas», implica realidades y formas de trabajo «infinitamente distintas». Según Bimba, «está mal» que se impongan los mismos laudos y condiciones de trabajo cuando las escalas son tan diferentes, porque lo implementa-do para la FNC «es inaplicable» para el mundo Craft. «No es que no se quiera pagar ni avanzar con esto, lo que nosotros queremos es tener nuestro sector», subrayó.
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