Por The New York Times | Gina Kolata

A Marleen Greenleaf, de 58 años, la obesidad la ha acechado toda la vida. Como la mayoría de la gente con obesidad, probó dieta tras dieta. Sin embargo, el peso siempre regresaba.

Dicho lo anterior, ha sufrido toda una vida de desprecio y estigmatización. Los comentarios burlones de extraños cuando caminaba por la calle. Los familiares que, cuando entrenó para correr un medio maratón, le dijeron: “No creo que sea bueno para ti”.

Entonces, en 2018, Greenleaf, directora de una escuela autónoma en Washington D. C., participó en un estudio clínico de la semaglutida, un nuevo tipo de fármaco para tratar la obesidad, conocida como incretinas.

A lo largo del estudio de 68 semanas, Greenleaf bajó lentamente 18 kilos.

Hasta ese entonces, siempre había creído que podía controlar su peso si de verdad lo intentaba.

“Pensaba que tan solo necesitaba más motivación”, dijo. No obstante, cuando tomó la semaglutida, comentó que, “de inmediato, simplemente se disipó el deseo de comer”.

Las incretinas parecen provocar una pérdida de peso significativa en la mayoría de los pacientes, suficiente para hacer una diferencia real en términos médicos y estéticos. Sin embargo, los expertos esperan que los fármacos también hagan algo más: cambiar la percepción que tiene la sociedad de la gente con obesidad y la percepción que tiene de sí misma la gente con obesidad.

Si estos nuevos fármacos permiten que la obesidad sea tratada como una enfermedad crónica —con medicamentos que se deben tomar de por vida—, se cree que los doctores, los pacientes y el público podrían entender que la obesidad en verdad es un padecimiento médico.

“Todos creemos que este fármaco cambiará la manera en que vemos cómo se trata la obesidad”, opinó Caroline Apovian, especialista en obesidad del Hospital Brigham and Women’s (Apovian, como la mayoría de los principales investigadores de la obesidad, asesora a varias farmacéuticas. Es parte del consejo consultivo de Novo Nordisk, la fabricante de la semaglutida, y le pagan por asistir a las reuniones del consejo consultivo).

Durante décadas, una y otra vez, los estudios han demostrado que hay controles biológicos poderosos sobre los pesos corporales de un individuo. Los gemelos idénticos criados de manera independiente tuvieron un peso corporal casi idéntico. Los niños adoptados terminaron con índices de masa corporal parecidos a los de sus padres biológicos, no de los padres adoptivos. El metabolismo se ralentiza cuando la gente pierde peso, lo cual los obliga a subirlo de nuevo.

Y, a pesar de todo, la obesidad “es como tener una marca en la frente”, opinó Scott Kahan, director del comité clínico de The Obesity Society, una organización científica de miembros asociados.

Es más probable que la gente con obesidad no sea tomada en cuenta para empleos, que perciba un salario menor que otras personas con las mismas habilidades y capacitación, y que reciba un trato mediocre de los doctores, quienes les dedican menos tiempo y les ofrecen menos servicios preventivos.

Sin embargo, las personas con obesidad no han podido recurrir a muchos lados para pedir ayuda. Los actuales fármacos para la obesidad producen una pérdida de peso promedio de entre apenas un cinco y un diez por ciento. Y debido a que algunos de estos fármacos son aprobados durante tiempos limitados, los kilos perdidos casi siempre regresan cuando se termina la intervención.

De acuerdo con estos estudios, las incretinas parecen ser distintas. A diferencia de otros fármacos para perder peso, las incretinas son hormonas que se producen de manera natural y afectan sistemas cruciales para la obesidad. Los medicamentos ralentizan el vaciado del estómago, regulan la insulina y disminuyen el apetito, con efectos secundarios gastrointestinales a corto plazo que suelen oscilar de leves a moderados.

Los fármacos no eliminarán la obesidad ni harán que la gente se vuelva extremadamente delgada. No obstante, quien los tome se puede ver y sentir muy distinto. Para algunas personas, los medicamentos producen una pérdida de peso parecida a la de una cirugía bariátrica.

Si las incretinas son aprobadas, podrían ayudar a convencer al sector más importante de todos —los doctores— de que la obesidad es una enfermedad crónica y puede ser tratada, comentó Robert F. Kushner, un investigador y médico clínico de la obesidad en la Universidad del Noroeste. Una razón por la que muchos doctores no ayudan a los pacientes con obesidad es que no saben cómo, opinó Kushner. Las dietas y el ejercicio, las panaceas usuales, casi siempre proporcionan una pérdida de peso a corto plazo, a lo mucho.

La incretina que toma Greenleaf, la semaglutida, y produce Novo Nordisk busca la aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos, de la cual se espera una decisión en junio. En promedio, la incretina desencadenó una pérdida de peso del 15 por ciento, pero una tercera parte de la gente que la tomó en el estudio perdió un 20 por ciento o más de su peso corporal, una cantidad similar a la que se pierde con una cirugía bariátrica de banda gástrica.

Eli Lily tiene un fármaco similar, la tirzepatida, la cual combina dos incretinas. La empresa está probándola en comparación con la semaglutida y espera que sea aún más potente.

Louis J. Aronne, un especialista en obesidad del Centro Médico Weill Cornell, comentó que la combinación de semaglutida y otro fármaco experimental de Novo Nordisk, la cagrilintida, podría producir una pérdida de peso de hasta el 25 por ciento en un año, una cantidad parecida a la que se logra por medio de una gastrectomía de manga, una forma popular de cirugía bariátrica.

Aunque según Kushner se están probando más de media docena de nuevos fármacos hormonales, los investigadores solo pueden saber si los nuevos fármacos controlan una gran variedad de consecuencias médicas de la obesidad, como la diabetes y la presión alta, con el uso a largo plazo.

También hay un misterio más grande en cuanto al destino biológico: ¿acaso los múltiples sistemas redundantes del cuerpo que sirven para mantener el peso corporal son tan poderosos que ejercerán control, a final de cuentas, y reducirán la eficacia de los fármacos?

Como otros especialistas en obesidad, Rudolph L. Leibel, un investigador de la Universidad de Columbia que llevó a cabo muchos de los estudios cruciales para demostrar que la obesidad es una enfermedad, deplora los prejuicios de la sociedad en contra de sus pacientes. No obstante, tiene sus dudas de que las percepciones vayan a cambiar con los nuevos tratamientos.

“Creo que ese prejuicio persistirá e incluso podría ser exacerbado porque existe la disponibilidad de una ‘manera fácil de salir del problema’”, comentó Leibel.

Kushner es más optimista y lo ejemplifica con las estatinas, las cuales reducen el colesterol y comenzaron a estar disponibles a finales de la década de 1980. Hasta ese entonces, los doctores tan solo podían sugerir que los pacientes con colesterol alto redujeran su consumo de huevo y carne roja.

Según Kushner, los doctores “aceptaron las estatinas”, porque al menos podían tratar este padecimiento. Kushner agregó que las incretinas más poderosas podrían tener el mismo efecto en la profesión médica.

En cuanto a Greenleaf, ella quiere volver a tomar la semaglutida. Los kilos regresaron poco a poco cuando terminó el estudio.

Ahora ha caído en cuenta de que la obesidad “no es tu culpa”.
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