Encaremos algunos fenómenos relativos a: uno, la evolución de los suicidios en el Uruguay, y dos, la relación entre la pandemia y los suicidios; lógicamente, también, tres, a la posible particularidad uruguaya en esa relación entre pandemia y suicidios.

Crisis, psiquis y sociedad en los suicidios

Afortunadamente, en nuestro país hemos superado la primitiva época en que los médicos -desde su habitual miopía social, que hemos sufrido, sufrimos y sufriremos durante la pandemia- no aceptaban la inclusión de factores sociales pre-determinantes de predisposiciones suicidas para explicarlos. Estas predisposiciones sociales ya hace bastante más de un siglo (desde El Suicidio de Émile Durkheim, 1897) que han sido mostradas como tan o más responsables de las tasas de suicidios que los elementos más vulgarmente considerados como los únicos suicidógenos: hechos desafortunados y/o características psíquicas. Esa tan letal miopía social de los médicos era dominante en un antiguo grupos de reflexión (¿¡!?) sobre el suicidio localizado en el Instituto Clemente Estable, que desmotivado e inútilmente integré por Ciencias Sociales Udelar.

Pero esto ha ido cambiando al punto que el sociólogo Pablo Hein y la psiquiatra Cristina Larrobla, ambos de Udelar, consultados por El País (05/09/2021), han analizado primariamente los suicidios en el Uruguay y los suicidios en pandemia adoptando -¡era hora!- plenamente al menos el Durkheim de 1897, que yo enseño desde 1985.

Y no porque hechos desafortunados o características psíquicas no influyan en la producción de suicidios. Por supuesto que influyen; pero los mismos hechos desafortunados no producen suicidios en la misma medida en poblaciones diversas con características sociales distintas ni tampoco los mismos tipos de suicidio son acompañados de las mismas características psíquicas. Exquisitamente, Durkheim muestra la huella que han dejado algunos personajes suicidas ficcionales y algunos análisis clásicos del suicidio; y que se consolidaron como obstáculos que costó mucho trabajo remover. Sucintamente, Durkheim recuerda que el suicida Rafael, de Lamartine, lucía un talante lánguido, más acorde con un tipo egoísta de suicidio, que los suicidas Werther, de Goethe, o René, de Chateaubriand, más acordes con un tipo anómico de suicidio, con un talante irritado, insaciable; y que este último tipo de suicidio es el único usado como ejemplo para las clásicas reflexiones de Séneca. Así también Durkheim muestra que la imitación, postulada como causa del crecimiento de los suicidios por tantos -al modo de Gabriel Tarde en el tercer tercio del siglo XIX – no es causa básica del suicidio, ya que suicidios de diversos tipos han seguido a suicidios ejemplares de un solo tipo (suicidios del tipo Werther han sido seguidos de suicidios de otros tipos). Y también ha mostrado que la comunalidad en el modus operandi del suicidio (i.e. colgamiento, tiro) no responde a las mismas causas que el suicidio mismo; la comunalidad del modo de suicidarse no asegura que se trate del mismo tipo de suicidio. En ninguno de los dos casos, ni suicidio ni modo, la imitación micro se produce a menos que haya una predisposición social macro a llevarlos a cabo, más allá de hechos motivantes, de tipos psíquicos y de tipos ejemplares inspiradores cocausales. Lo mismo muestra con los hechos criminales, inaugurando una brillante criminología de la anomia, fenómeno este fermental para los auges de suicidios y crímenes, ambos indicadores fuertes de decadencia en la cohesión social societaria. Las tasas de suicidio, que homogeneizan la variedad de suicidios individuales estandarizándolos, muestran el carácter social básico del suicidio, desde que la especificidad de las tasas por país, o por otras variables (religión, sexo, estado civil) se mantienen en cada uno, caracterizándolos espacial y territorialmente en sus evoluciones en el tiempo.

Suicidio pandémico y suicidio uruguayo

Vayamos entonces a hechos que han alarmado y que prometimos al empezar esta nota.

Uno. La pandemia ha aumentado las tasas de suicidios en casi todo el mundo. Y en Uruguay, donde ya eran muy altas. Y probablemente seguirán aumentando.

Las medidas sanitarias adoptadas, además de haber sido de dudosa e intesteable eficacia, sin duda han afectado otros indicadores de salud somática, remedios peores que la enfermedad en tantos sentidos; y han originado una catástrofe sanitaria psíquica, actual; y que será peor a futuro (ver columna mía en Caras y Caretas). Uno de los indicadores de daño psicosocial de la pandemia y de las medidas elegidas para enfrentarla es, precisamente, el aumento de la tasa de suicidios. Si es ya verdadero desde Durkheim a fines del siglo XIX que la principal causa macro de suicidios (y también de crímenes, ojo) es el déficit en la cohesión social con la que puedan hacerse frente los avatares desfavorables de la vida, entonces encierros, distanciamientos, tapabocas, inmovilidades y paranoias varias derivadas de la demonización del otro como peligroso fueron, son y serán erosiones en la cohesión social que sustenta en caso de dificultades y preserva de la gravedad del deterioro psíquico cuando la ‘malaria’ adviene. Y los suicidios, entonces, crecerán.

En este año 2021, aun antes de completarse los cómputos del primer semestre, cálculos del Grupo de Udelar de Comprensión y Prevención de Conducta Suicida estiman que habrá un crecimiento de entre el 18% y el 23% de los suicidios en 2021, en comparación con el promedio del quinquenio anterior. Y recordemos que, ya desde mediados del siglo XX, cuando hay estadísticas de suicidios internacionalmente comparables, Uruguay es uno de los líderes mundiales en suicidios, regionalmente solo segundo de Cuba. Y su tasa ha marcado constantes crecimientos. El Uruguay, ya desde hace mucho, independientemente del gobierno de turno, parece que pierde cohesión social, si es que los indicadores durkheimianos de ello, suicidios y crímenes, son certeros. Sería un gran tema a discutir desde Durkheim y muchos otros.

El sociólogo especialista en el tema Pablo Hein dice: “Este año va a aumentar la tasa de suicidios, y también subirá el año que viene”. “It’s just another brick in the wall”. “Welcome to the machine”. Son expresiones de letras de Pink Floyd muy aptas para describir con mordacidad la situación (a mi cargo, no de Hein) de deterioro acelerado de la cohesión y contactos sociales presenciales que estará produciendo dolencias mucho peores que la covid-19, aunque mucho menos fácilmente perceptibles que el contagio viral convenientemente magnificado por truchos tests de positividad. Aunque la pandemia ceda o disminuya por medidas sanitarias, vacunas y otras medidas que no afecten esos lucros, el mal psíquico y psicosocial generado permanecerá muchos años; los futuros adultos serán un cóctel de traumas y complejos (i.e. depresiones, agresividad) que por suerte la biología no me permitirá sufrir; pero muchos de ustedes, lectores, no se salvarán.

Dos. Ha llamado la atención un súbito brote de suicidios en la ciudad de Treinta y Tres: ocho casos en un mes, lo que equivaldría a más de 1.000 en el total poblacional de Montevideo (30.000 versus un millón y medio de habitantes). Comprensible pánico en un microambiente limítrofe, sin embargo, con el departamento de Rocha, que es el que tiene tasas más altas de suicidio en Uruguay. ¿Contagio, falta de especialistas en salud mental?, se peguntan los legos. Probablemente una difícil adaptación al cambio de matriz productiva de los últimos 30 años allí, dice Hein. ¿Y la influencia de la atomización o balcanización de los conglomerados residenciales a lo largo y ancho del departamento, que minimiza una mayor cohesión posible?, aventuro yo. Todas cosas macrosocietales, no accidentes individuales.

Tres. La Sociedad Uruguaya de Medicina Intensiva informa que una de cada diez camas de los CTI está ocupada por un paciente con intento de suicidio. ¿Más que por covid? ¿En qué medida debido al covid?

Una última píldora: si las causas macro son tan importantes, entonces la demanda de un flujo de datos en tiempo real sobre insatisfacción vital y riesgo psicológico que efectuó el psiquiatra del GACH Ricardo Bernardi, para reaccionar con celeridad a las demandas, más allá de su bondad genérica, participa de la misma miopía que solo ve la inmediatez de la terapia sobre los síntomas, en desmedro del diagnóstico macrocausal. Y no es por ignorar las terapias de síntomas, tantas veces necesarias y adecuadas, sino solo para no sobredimensionarlas, e ignorar todo lo que Durkheim ha conseguido, al fin, introducir en la reflexión social después que sus seguidores hayan luchado incansablemente durante todo el siglo XX para mirar la realidad social con lentes correctores de esas miopías.



Fuente