La construcción de la opinión pública sigue siendo un desafío intelectual apasionante. Las teorías de los años 50 -siglo pasado- tienden a quedar obsoletas, aunque hay claves que persisten. Una de ellas: yo formo opinión sobre un hecho o cuestión, en tanto lo conozco. Y lo conozco de diversa manera. Si a principios del siglo XX, el discurso de un caudillo declamando arriba de un cajón de frutas provocaba estímulos a los pocos que lo escuchaban, internet vino a complicar un poquito la cosa. Desde que el tiempo es tiempo, el eje central de la construcción de una opinión es la confianza que me merece quien emite información, reflexiona u opina. (Ya he escrito sobre la confianza. Y seguiré escribiendo porque la batalla permanente es generar confianza en las audiencias).

 

Los medios de comunicación

Quien dominaba los medios masivos tenía alta chance de lograr la centralidad informativa sobre tal hecho y si esa acción estaba “contaminada” de operaciones o acentuadas subjetividades, ya se sabe cual es la conclusión: la gente confiaba en el noticiero y eso pasaba a ser “verdad” y por tanto yo armaba mi opinión en función de lo que escuchaba, con el sesgo correspondiente.

La televisión, hoy, en Uruguay tiene un impacto relativo en la construcción de la opinión pública, aunque sigue siendo relevante en personas jubiladas o pasivos. Hace poco el periodista Leonardo Haberkorn reveló, sin querer, el impacto de los medios masivos y su extensión en las distintas plataformas digitales. “Hicimos bien en no amplificar a los antivacunas”, dijo. Por oposición, uno puede pensar legítimamente en lo que omite el periodista: hay otras cosas que son “amplificadas” y eso se llama “operación mediática”.

El periodismo latinoamericano -según estudios de Latinobarómetro- está en picada en materia de simpatía o confianza. Internet -que permite expandir informaciones diversas, incluso la de los grandes medios- es, también, la tumba de los cracks. Cuando las operaciones son burdas o absurdas, el uso de las distintas plataformas las desmantela rápidamente. No se demora ni dos horas. Antes, un eventual desmentido podía ser difundido al otro día o en las semanas siguientes. Ahora esa “verdad contaminada” corre a velocidad supersónica, tanto como la respuesta. Todo se mueve; no hay chance siquiera de reflexionar sobre un hecho cuando hay otro que se superpone. El ruido es permanente. Queda, como decía al principio, el valor de la confianza. Si el panadero -en quien confío- me dice que fulana está saliendo con un tipo casado de la otra cuadra, esa será la “verdad” que luego yo difundiré en mis círculos cercanos. Y me creerán, porque me tienen confianza.

 

Las redes más o menos

Este elemento -la confianza- aparece como clave en una investigación que realizó la Udelar al analizar el impacto de las redes en la sociedad. Una síntesis para luego explicar: la familia y el entorno próximo “licúan” la influencia de las redes y por lo tanto “hay  que relativizar el impacto de las redes en la toma de decisiones políticas”. El estudio indica que la información que surge en las redes sociales digitales no son las fuentes más importantes de socialización de la información política.

Hay otras redes -las humanas, barriales y de familia- que ocupan un papel relevante en esa construcción.

La investigación realizada por la Facultad de Información y Comunicación de la Universidad de la República, a cargo de la doctora en Ciencias Antropológicas Rosalía Winocur, y en la que participaron docentes y estudiantes de maestría y licenciatura, es la síntesis de un estudio de las prácticas de consumo y socialización de la información política de un grupo de 40 personas durante la última campaña electoral. En ese proceso, descubrieron que las burbujas informativas -núcleos de ciudadanos que comparten una identidad- son en realidad porosas y que para entender ciertos fenómenos, las “mayorías silenciosas” son más relevantes que las “minorías gritonas”.

Es interesante este enfoque, porque en la vida cotidiana -sobre todo en estos tiempos de prerreféndum- uno puede observar una agitación importante en redes, pero desde el punto de vista del quantum de ciudadanos, se podría distinguir entre los “gritones” -la minoría- y los que se asoman a la ventana de las redes para ver qué pasa -la mayoría-. Estos últimos tienen su opinión, pero no participan del tiroteo. La minoría “gritona” dentro tiene un subgrupo muy importante por el ruido que hace, pero no por el aporte reflexivo. Son intolerantes, agresivos, beben en la fuente del odio y no convencen a nadie. Más bien generan rechazo (o corazoncitos de los integrantes de la misma tribu).

La experta que dirigió el trabajo dijo a la diaria que la investigación cuestiona eso de “pensar que todo el mundo se comporta igual que quienes son más activos en las redes. No fue un estudio para cuestionar la evidencia del papel de las redes, sino para cuestionar que lo que sucede allí sea la única fuente para decidir cómo se comportan los ciudadanos y ciudadanas respecto del consumo y la socialización de la información”.

Para el trabajo académico se hicieron entrevistas a 40 personas de diverso origen, desde un jardinero de Paysandú a un asesor de Juan Sartori. Así surgió que en las conversaciones del equipo con los entrevistados aparecía inequívocamente una apelación al entorno familiar: porque mi madre…, porque mi padre…, porque todos los días hacemos esto…

Así las cosas, los principales hallazgos de la investigación fueron: el ámbito doméstico, la familia y las redes humanas próximas siguen siendo claves para la socialización de la información política, independientemente de los lugares donde se consume la información.

La experta dijo: “las personas cotidianamente discuten, conversan, intercambian, al igual que sucedía cuando la televisión era la reina (ahora, en cierto sentido, la televisión no es la reina pero es como la reina Isabel: es una vieja que está ahí). Además, ese ámbito se organiza en rutinas que son significativas: el desayuno, la cena […] Un caso paradigmático siempre son los jóvenes porque parece que los jóvenes ya no miran la televisión, ellos te dicen que se informan por las redes. Pero después seguían conversando y aparecía el tema de cómo les impactaba la información en sus decisiones políticas, de voto. Hubo un caso muy chistoso de un joven que después de contarnos todas las redes que tenía, nos dijo: ‘Para votar, lo que dice mi vieja es muy importante. Capaz que está mal, pero para mí lo que ella dice es muy importante. Yo le pregunto cosas, o ella está mirando cosas en la tele, y empieza a comentar’”.

La experta de la Udelar sostiene: “En esta investigación los silencios fueron, como objeto de estudio, más importantes que los gritos. Y la mayoría silenciosa fue más importante para entender que la minoría gritona”.



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