Por Marcelino Rodríguez.-

Se confabula un “culebrón” en torno a la Ley de Urgente Consideración – increíblemente votada por el propio Frente Amplio -, con la firme intención de ejercer una oposición sistemática a renegar de las regulaciones penales y el proceder de la Policía, en pos de esgrimir el estandarte de que todo atenta contra los “DDHH”. Si se parte de esa base, es difícil poder visualizar el espíritu que se persigue para el bien común.

Vale la siguiente interrogante: ¿Este referéndum es realmente contra el gobierno?

Es delicado afirmar o negar que sea la intención. Lo que sí es claro, que cuando el Frente Amplio era gobierno, mucho antes del 2010 comenzó a  alinearse y adoptar una tendencia a lo punitivo a través de la legislación – como forma de desinhibir el grado y estado de inseguridad pública -; a su vez la Policía actuó firmemente, a veces con exceso y contó con algo que nunca tuvo, un respaldo a nivel de régimen.

Conteste con el anhelo del progresismo, tener las Fuerzas de Seguridad no solo subordinadas sino de su lado, pero con el plus de un fuerte e incondicional apoyo en función de la lealtad o adhesión. Ello condice con las declaraciones, en su momento, de la senadora Topolansky y otros actores de la misma colectividad; en buen romance pretendían que las “FFAA” afiliaron en pensamiento y acción al proyecto político.

Sin ningún tipo de anestesia pero coherente con la impronta revolucionaria que ha caracterizado a estos ex guerrilleros, los cuales formaron parte de una época muy oscura, compleja y triste del Uruguay; nada semejante a lo que hoy experimentan las nuevas generaciones con los aludidos en edades avanzadas, de aspecto bonachón y apariencia pluralista.

Si en la actualidad no existiera la posibilidad de cotejar con los archivos a disposición en diversas fuentes, soportes tecnológicos nadie asociaría que “el “Pepe””, “la “Lucía””, “el “Bicho””, “el “Ñato””, “el “Mauricio””, “el “Perro”” a título de ejemplo mataban de parado en sus años mozos a quienes se opusieron, les hicieran frente – milicos o civiles – y a sus propios traidores en uso de su entendida justicia popular, en pos de la causa y visión del mundo.

Con respecto a la Fuerza Pública la intención fue la misma y era obvio. De todas maneras siempre ha sufrido los vaivenes de la digitación, manipulación política que hace que su institucionalidad, eficiencia y efectividad se desluzca por más que para la tribuna parezca una organización profesional, transparente y apolítica.

No ha sido diferente con los gobiernos de los partidos tradicionales, se daba de hecho por inercia, costumbre con la no alternancia a favor, pero no en forma alevosa como el furcio espantoso cometido por la dama ex guerrillera convertida en senadora. Atenta contra los principios democráticos, la imparcialidad de estos contingentes por más hegemonía de la Administración de turno, cargos ocupados – en este caso – por los principales cabecillas, referentes históricos del movimiento guerrillero; condicionados, atrapados por su trazabilidad por más reconversión, adaptación al sistema republicano.

Nadie advirtió, especialmente los inquisidores del “aparato represivo del Estado” , que la propia fuerza progresista proveyó a la Policía del armamento más sofisticado, moderno, con gran poder de fuego y equipamiento de primera generación. Los gobiernos colorados y blancos fueron ahorrativos como el de  ahora y, “los milicos” en general nunca fueron tema central, de preocupación para las distintas administraciones; salvo adular con algún interés particular, usar de escudo frente a la reacción de sectores del pueblo o cuando comienzan a ser amenazadas, atacadas las autoridades por “los antisistema” y precisan de nuestra protección y defensa.

Es un común denominador, con la diferencia que en distintas latitudes se respeta y valora las Fuerzas de Seguridad. A los militares porque defienden la soberanía y a los policías porque custodian el orden interno.

Los partidos tradicionales deben hacer “mea culpa”, no tuvieron las agallas por temor y el cuestionamiento permanente, en relación con lo que sí fue capaz de efectuar el Frente Amplio con su bautismo en el gobierno y ego refundacional. Vaya que más que palos en la rueda planteaban, han constituido una recalcitrante, aceitada y nada conciliadora oposición profesional con sus organizaciones – de la más diversa naturaleza – a la orden.

¿Tampoco se percataron de la adquisición por parte del Ministerio del Interior, de carros de asalto destinados a ser empleados en disturbios, desórdenes? ¿Ameritaba en la concepción del Uruguay pacífico y bonachón de “el “Pepe””, “el “Sabalero””, “el “Candombe”” y “la “Murga””?

Cómo se digiere con las declaraciones del ex guerrillero – hermano del extinto ex presidente Vázquez, el cual ocupó el cargo de Subsecretario del Interior – que, cínica e hipócritamente señalaba que la presencia policial era un factor irritante, de provocación frente al público; lo enfatiza como ejemplo en los escenarios deportivos.

Prédica y “manija” a la vez que empleaban para simpatizar con la “barra”, los consecuentes y potenciales compañeros interpelantes, mientras por debajo pertrechado – como nunca – a la Fuerza del Orden.

Estos vehículos con camuflaje muy sugestivo, adquiridos por el recientemente desaparecido Bonomi y el aludido como segundo de dicho Ministerio, realmente generan un paisaje contradictorio no solo con los dichos de éste último, sino al tener en cuenta lo que dieron que hablar los famosos “roperos”, “chanchitas”, camionetas “c 10” de una época virulenta del “paisito” y que además los marco.

Hasta hace dos décadas provocaron flor de revuelo, solo recordar a la incondicional Irma Leites como voz cantante de grupos anarcos y radicales; de mucha utilidad para el Frente cuando le convenía y había que hacer ruido.

Se encargaba de denunciar – en forma más que exagerada, irreal – la presencia de la Policía “armada a guerra” en manifestaciones o donde se podían producir desórdenes. Si se trataba de un “equipo de choque” solo se apreciaba un custodia que portaba un subfusil vetusto con el fin de brindar seguridad – de acuerdo a la experiencia y ataques recibidos en el pasado -; asomar de dichos vehículos un par de efectivos de la “Republicana” o “Metropolitana” con casco y garrote en mano.

Era lo que había, mucha austeridad, diría pobreza; muy diferente al presente, en relación con estos todo terreno incorporados, y el equipamiento personal que poseen quienes allí son transportados para cualquier contingencia; símil de un “RoboCop”.

Ni en la dictadura los “guardias civiles”, “metropolitanos”, “republicanos” contaban con estos exquisitos, útiles y caros recursos para enfrentar la insurrección ya conocida. Además de vivir ese período y previo al mismo exigidos, desgastados con temor, pues no se sabía en qué circunstancias los rebeldes podían emboscar, asesinar o dejar mal herido. Hartos de ir de manifestación tras manifestación, a enfrentamientos y padecer las consecuencias que ello acarreaba a raíz del ambiente putrefacto, desconcierto general ocasionado por las reyertas políticas, ideológicas; de la cual en nada tenían que ver la mayoría de policías y militares.

Pero la orden llegó – no había opción, si subordinación – de enfrentar a un enemigo declarado por el gobierno constitucional. A partir de ahí, del involucramiento en lo decretado como “razón de Estado” comenzó el “karma” sistemático, ataque indiscriminado a las instituciones respectivas y misión; más aún se enfatizó, cuando un número de uniformados perdió la brújula y emplearon la investidura para provocar tratos inhumanos, tortura, muerte y desaparición. Con ello bastó para transformarse en los malos de la película y perdura ese desprecio pese a la transición y recambio generacional.

Se tendrá que cargar con las circunstancias aunque se mandate a desocupar, disolver y reprimir porque es la misión institucional consagrada en la Constitución de la República, con el fin de defender y mantener el Estado de Derecho sobre la anarquía; la Democracia sobre una dictadura de corte fascista, marxista o la combinación de ambas con un nacionalismo que en definitiva une de izquierda a derecha y viceversa.

Durante el último período de la hegemonía progresista, luego de venir probando de a poco cuál sería la reacción de la población – en particular la que adhirió al proyecto político -, se acentuó la impronta de la Policía no solo en el combate al delito sino la vigilancia en redes sociales y demás. Se realizó una fuerte intervención en distintos barrios, especialmente donde tenían la guarida, el aguantadero los delincuentes con la pretensión de poner un párate.

“El Guardián” se cuestionó tímidamente y se aplicó igual – no olviden que son los reyes de la victimización y de la idea que, todo conspira contra sus propósitos –  no solo para hacer inteligencia con respecto al crimen organizado, sino también para detectar, identificar y ubicar posibles enemigos del gobierno. Para ello y fiel al modus operandi de las agencias, servicios contaban con una coartada siempre a mano para justificar las acciones de espionaje ante cualquier sospecha, denuncia de violación de la intimidad, privacidad de los ciudadanos.

El combate al “narcotráfico” fue la gran excusa para gastos reservados, beneficios colaterales y como anécdota, darse el lujo las cabezas del Ministerio del Interior al sentirse amenazados – al parecer perdieron el coraje revolucionario o nunca lo tuvieron -, de emplear autos blindados para trasladarse y poseer custodias hasta en sus residencias. La gran picardía sin excepción de quienes sirven al Estado, valiéndose de las dádivas de arriba que ofrece; mientras el ciudadano de a pie se defiende como puede, de acuerdo a su condición económica, entorno donde reside y coyunturas sociales a la cual está expuesto.

Después uno los escucha a la mayoría de estos personajes decir que son del pueblo y lo representan; absurdo a la enésima potencia.

A la vez fueron precursores de plantear y acompañar las intentonas para establecer los “allanamientos nocturnos”, con el mismo argumento: la lucha contra las drogas.

Sorprende que los que padecieron la violación de sus derechos antes y durante la dictadura – estuvieran o no vinculados directamente con los movimientos armados – soliciten esto o miren para otro lado. Resulta peligroso y no podemos permitir darle la facultad, con el pretexto que sea, a un gobierno democrático – menos de facto o de excepción – de allanar en la noche; tarde o temprano se corre el riesgo de que se tergiverse por la “razón del Estado” el espíritu de la norma y proyectar, derivar su aplicación a nuestros hogares “sagrado inviolable”.

 

 



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