Muchas veces en los títulos no cabe bien el contenido de la nota que se va a leer. En este caso, por ejemplo, más que ‘fusibles’ ya serían ‘llaves térmicas’; y más que el ‘ego’ del hincha más bien sería ‘la economía psíquica’ del hincha; pero tanto no entraría en un título periodísticamente adecuado. Veamos.

Déjeme recordarle antes, lector/a, que me encuentro en la confluencia de las lógicas del científico social, del entrenador, y del hincha, ya que soy las tres cosas, lo que me permite una reflexión distinta sobre los temas futbolísticos y deportivos. En concreto, hago una lectura de la intersección entre la lógica técnica del entrenador con la verborragia pasional del hincha, desde la meta-lógica del científico social sobre ambas condiciones y su contacto periódico, la mayoría de las veces a través de la prensa.

 

Por qué el entrenador resulta fusible o llave térmica

Rápidamente y como usted probablemente intuyó, porque cuando ‘saltan’ protegen la totalidad de la instalación, evitando un daño mayor al total y a la casa más allá de ella, avisando además que hay algo que no anda bien y debe ser reparado o cambiado. Fusibles o llaves térmicas protegen en distinto grado la instalación y el lugar en cuestión.

Los técnicos pueden ser metafóricamente llamados de tales porque cumplen esas funciones en los clubes, selecciones y ámbitos de jurisdicción de hinchas de los mismos. Porque, cuando los resultados no son los satisfactorios o los esperados, el cambio de cuerpos técnicos es de las pocas medidas inmediatas que se pueden tomar para intentar cambiar esas realidades adversas. Porque aunque se considerara que los dirigentes no están conduciendo bien, no se los puede cambiar con la velocidad precisa como para retomar un rumbo, y contentar a los hinchas y a los comentaristas especializados, formadores crecientes de opinión. Porque tampoco pueden cambiarse los elencos de jugadores disponibles: se pueden hacer algunas contrataciones, ascender algunos juveniles y excluir a algunos actuales titulares, pero no alterar de modo drástico y con esperanzas firmes de mudar ya un rendimiento global. Los entrenadores y sus cuerpos técnicos pueden, aunque perversamente, encarnar esperanzas de solución, mágica, porque sí, sin sustento racional de ella, porque quizás sea, más que nada, ‘lo que hay’.

Aunque sea cierto que un cambio de conducción técnica generalmente inyecta nueva moral y esperanzas en jugadores, dirigentes, hinchas y periodistas; quizás sin mayor sustento racional, pero al menos renovando y sustituyendo la autoestima y la confianza en lo que el cuerpo técnico indica, que se van perdiendo por la carencia progresiva de resultados esperados o necesarios. Los propios entrenadores, al saltar como fusibles o llaves térmicas, saben que, aunque puedan no ser factores principales en los malos resultados, ‘es lo que hay’, que el fútbol es intrínsecamente injusto con los técnicos; aunque también ‘ligan’ a veces disfrutando de resultados favorables sin mayor incidencia en ellos. Pero también saben que no pueden decir que lo peor son los dirigentes o los planteles deportivos; si acusaran a los dirigentes, ningún otro club o selección los volverá a contratar porque nadie recluta suicidamente; del mismo modo, si arguyeran que no disponían de planteles aptos para la competición o partido, destruirían la moral de los jugadores y atacarían la autoestima y esperanza de los hinchas en su equipo, pasando a integrar una lista negra de incontratables por decir verdades molestas e hirientes. Los fusibles deben aceptar su destino de tales y abstenerse de involucrar causalmente a jugadores o dirigentes propios; quizás podrán rezar para que la prensa deportiva lo haga para minimizar así sus culpas de mudo fusible tristemente consciente.

 

Los técnicos como fetiches y chivos expiatorios

Los cuerpos técnicos, como sucede también con los políticos y con los deportistas, y como lo ha estudiado apasionantemente la antropología religiosa con extensión al mundo profano, son, a la vez, fetiches que condensan simbólicamente las esperanzas irracionales, casi siempre excesivas, que son adorados por ello, pero que pagan el precio de volverse chivos expiatorios, también símbolos de condensación de desesperanzas irracionales, y ser ahora vituperados tan excesivamente como fueron adorados antes. La erección y destrucción de estatuas de ídolos y héroes testimonia el devenir de fetiches encumbrados en chivos expiatorios derruidos; cuántas veces la irracional esperanza vibrante en algún crack lo condena a su abucheo y hasta agresión, a tornarse chivo expiatorio si no responde adecuadamente a su fetichización. El fetiche debe disfrutar de tal sin olvidar que puede lamentar su conversión en chivo expiatorio como precio eventual a pagar por tantos honores. Con los técnicos pasa aproximadamente eso, son fenómenos del mismo orden, aunque no tan acusadamente como con los cracks deportivos y con los líderes y gobernantes. Es exactamente su carácter de fusibles en un sistema en que la estructura del mismo los convierte en tales, lo que los convierte, tanto en irracional fetiche de esperanzas al ser designados, como en irracional chivo expiatorio al ser destituidos.

 

La economía psíquica egoísta del hincha

La multiforme romantización y lirización de la gente es coetánea a la doctrina de la soberanía popular y de la santidad y altruismo del ‘pueblo’; y es una construcción tan errónea como insustentable hoy.

Sin negar que haya algo de altruista y bondadoso en los públicos, y más concretamente en las hinchadas, también deben resaltarse, por menos conocido, su egoísmo, inescrupulosidad y crueldad, que veremos brevemente a continuación.

En buena parte, el hincha lo es porque se siente triunfador por el mero hecho de ser, de algún modo, parte de esos triunfadores y de ese triunfo. Para alguien con pocas o débiles fuentes de autoestima y prestigio, los triunfos del club de su barrio, de su país, del club de su hijo, son fuentes indirectas de triunfos vicarios, en tantos casos de las pocas fuentes de autoestima posibles a falta de fuentes propias de autoestima y prestigio. Entonces, quizás a mayor carencia de fuentes propias, individuales, de autoestima, mayor la necesidad de obtener indirectamente fuentes de autoestima; en parte esa pasión aparentemente altruista que lleva a vestir una enseña, cantar, estar en grupo y hasta a pelearse, es un deseo desmesurado de un ego carente de glorias propias por glorias colectivas de las que participar, y de las cuales derivar la autoestima personal que no obtiene de su sola actividad individual. Ley de ciencias sociales: a mayor la carencia de fuentes personales de autoestima, mayor la necesidad de esperar autoestima como derivado indirecto de triunfos colectivos de los que puede extraerse autoestima indirecta. Lo que parece altruista y alegre manifestación de pertenencia puede enmascarar la desesperada necesidad de autoestima indirecta colectiva a falta de autoestima directa personal. Quizás la tan celebrada comunicatividad popular de las hinchadas no sea tanto celebración altruista y alegre de identidad orgullosa sino también, o más bien, desesperada necesidad de orgullos personales faltantes depositada en fetiches en los que irracionalmente se confía para ello. Y que si no satisfacen esas esperanzas alucinadas, serán condenados al infierno de los chivos expiatorios, alegadamente por no cumplirle a la sagrada enseña, aunque en realidad por arruinar la esperanza de los sin prestigio por obtenerlo desde un colectivo de pertenencia, a falta de fuentes individuales aptas.

 

El lugar de la crítica al técnico en esta economía psíquica

Entonces, la explicación profunda del ‘hinchismo’, no está tanto en el alegre altruismo de la identidad prestigiosa celebrada públicamente, como en el desesperado egoísmo que busca en fuentes colectivas la autoestima insuficientemente conseguida/conseguible desde logros personales. No hay mejor modo de explicar a esos uruguayos que persiguen los goles uruguayos -hasta las asistencias o penales- en remotas islas del caribe o ignotas naciones asiáticas. Por lo tanto, ese hincha difícilmente reconocerá que perdió porque los otros son mejores, jugaron mejor o tienen mejores jugadores; más bien pensarán o dirán que habrán sido errores propios, tácticas equivocadas, malas elecciones de jugadores, cambios tardíos o errados, parcialidad arbitral, hechos fortuitos del juego, etc. Cuando, en los 80, encuestadoras de opinión pública preguntaron por las causas de la eliminación de Uruguay en 1986, ni siquiera incluyeron las respuestas ‘somos peores’, ‘fuimos peores’, ‘eran mejores que nosotros’ o ‘jugaron mejor que nosotros’, ya que provocarían un gasto inútil en el procesamiento de los datos porque casi nadie los respondería. De hecho, probablemente casi nadie respondería eso como explicación sucinta de la derrota con Argentina. La economía psíquica del hincha no tolera esas razones porque erosionarían la esperanza futura en el fútbol como fuente colectiva de autoestimas individuales y colectivas, más obsesiva y necesaria cuanto menor es el menú de fuentes alternativas de autoestima: si perdimos no es jamás porque seamos peores o porque hayamos sido peores; confiemos, en vez, en que los chivos expiatorios responsables sean exorcizados. Son necesarios chivos expiatorios que expliquen por qué los fetiches no fueron tales, pero siempre que no me hagan perder la esperanza en ellos como fetiches. Los técnicos, algunos jugadores puntuales, los árbitros, o ‘falta de liga’, serán los chivos expiatorios preferidos, que parezcan explicarme el insuceso, pero sin hacerme perder la fe y la esperanza futuras en la triunfalidad colectiva que revertirá jubilosamente nuestro ego sediento de glorias y orgullo.

Por ese ya hace mucho que no me conmuevo por los airados reclamos de los hinchas por los errores técnicos, de jugadores, árbitros -está lleno de estúpidas críticas al VAR-, a la ‘mala liga’; que, justo es decirlo, pueden tener su cuota de verdad en una explicación racional de una derrota; pero que también pueden ser la mera búsqueda de algún chivo expiatorio que pueda mantener viva la fe en el fetiche. Porque ya hace mucho también que no me conmueven los lamentos más o menos enojados de los hinchas; porque no me creo que sean altruistas reclamos en defensa de sus enseñas de pertenencia; bien pueden ser no más que dolidas frustraciones de egos carentes de otras fuentes de autoestima que sangran por la herida, y no tanto pudorosos patriotas que defienden la fidelidad y lealtad a una enseña representada, rabiosos individualistas furiosos porque su sed de orgullo y prestigios se frustró. Y alguien debe pagar, ya, por ello, para que mantengamos nuestra egoísta esperanza; no hay crueldad excesiva en este sagrado deber de castigo ritual del chivo: es nuestra autoestima egoísta disfrazada de santa indignación altruista, colectiva; nada que mueva demasiado a la ternura, bien mirado; porque lesiona sin buenas oportunidades de defensa para los difamados. Por ejemplo, un técnico no puede explicar a fondo una integración, una táctica, o un cambio; porque le daría datos a los rivales, porque violaría códigos con los jugadores, porque llevaría mucho tiempo hacerlo con propiedad, y muchos ni siquiera lo entenderían bien. Y porque también sabe que lo que quieren es más ponerlo en la pira sacrificial del chivo que realmente saber razones. ¡Mirá si resulta que somos peores! Que no se diga, que no se nos diga; sería peor que perder sin chivo que mantenga el fetiche del ego.



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