Un “pretexto” es, de acuerdo a la definición de la Real Academia Española, un “motivo o causa simulada o aparente” que se alega para hacer o no hacer algo. Un fraude, en buen romance. Sabido es que los seres humanos hemos vivido en guerra desde nuestros no tan lejanos orígenes; y que por el hecho mismo de haber desarrollado un especial talante agresivo logramos imponernos como especie, sobre todas las otras que integraron la larga y compleja cadena de la hominización.

Desde mediados del siglo XX se viene hablando de “guerra fría”, como un conflicto megamundial planteado entre dos facciones, regiones, bandos o tajadas del planeta tierra. Pocas definiciones resultan tan elementales, groseras y por qué no confusas (cargadas de estereotipos que solo contribuyen a enraizar los prejuicios y las falsas premisas que llevan a su vez a falsos análisis y no menos falsas conclusiones), como la de Guerra Fría. Se enfrentan en dicha guerra, por un lado, el bloque occidental capitalista (liderado por Estados Unidos), y por el otro el bloque oriental comunista (liderado hasta 1989 por la URSS y luego por la Federación de Rusia).

La actual guerra de Ucrania forma parte, en buena medida, de esa rivalidad estructural que se ha ocultado bajo diversos disfraces, uno de los cuales es la ideología como sistema de visiones y de concepciones sobre el mundo. La Guerra Fría, en sus más patéticas expresiones, ha resurgido a propósito de la guerra de Ucrania. En cierta universidad italiana se suspendió un curso sobre Dostoievski. Vamos bien. Yo, que estoy leyendo desde hace meses El baile de Natacha, de Orlando Figes (una historia cultural de Rusia), y que poseo una respetable colección de libros de escritores rusos, editados algunos de ellos por la Editorial Progreso de Moscú, corro notorio peligro de ser conducida ante algún tribunal mac-cartista. Todo es posible cuando los odios están desatados. Sin embargo, nada es tan simple, y aunque declaro desde ya mi más profundo repudio a la invasión rusa a territorio ucraniano, así como mi rotundo rechazo a toda forma de violencia contra la humanidad, venga de donde venga, tengo que decir también que no se trata aquí de abrazarse a un depredador para rechazar a otro. Se trata en todo caso de terminar con los depredadores, develar de una vez por todas su juego hipócrita, denunciar sus intereses subyacentes (que no son, como decía Erasmo, el bien de los pueblos) y poner de manifiesto los verdaderos objetivos de su eterna e impúdica violencia.

Nadie ignora que, en esa danza de poder y de abuso, los grandes protagonistas mundiales siguen siendo Estados Unidos y Rusia, con o sin rótulos de por medio. Un aforismo forense expresa que  “con un papel no se para una bala”, y deberíamos agregar: con una idea, o mejor dicho, con una pseudo idea, tergiversada, deformada, llevada a extremos caricaturescos y grotescos (léase capitalismo y comunismo en todas sus forzadas y arbitrarias circunstancias históricas), no se paran balas, por más que José Martí haya sentenciado en su momento, en ese espléndido ensayo titulado Nuestra América, que “trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras”. Es que los gigantes de las siete leguas continúan asediándonos, y no lo hacen solamente en Europa y en Oriente, sino que también han sabido hacerlo (y cómo, y a través de qué abusos y horrores, aunque haya todavía más de un desdichado ser que pretenda justificarlos) en nuestro propio suelo americano. Y si es cierta la frase de Thomas Hobbes de que, en el estado de naturaleza (o sea, en ausencia del pacto celebrado por los seres humanos entre sí) el hombre se convierte en lobo del hombre, yo no deseo abrazarme a un lobo o a un oso para condenar a otro. Preferiría, más bien, ver al mundo libre de tan rapaces criaturas. Pero el verdadero propósito de este artículo no era referirme a la actual guerra de Ucrania, sino a la manera en que uno de estos dos colosos inició su carrera imperialista ya desde comienzos del siglo XIX.

Por eso, porque su vocación de abuso es vieja y demasiado conocida, no me es posible creer una sola palabra de este lobo u oso (aunque condene también al otro), convertido a estas alturas en verdadero especialista en invasiones, atropellos, abusos contra países, comunidades y derechos humanos, incluido -por supuesto- el derecho a la libertad de expresión, en nombre de una tortuosa fila de “pretextos”, como bien lo expresó Erasmo. Existe una pintura realizada hacia 1872, titulada El progreso americano, cuyo autor es el alemán John Gast, que recomiendo contemplar. La obra, más bien mediocre en sus expresiones artísticas, encierra no obstante un poderoso mensaje, que se ha vinculado siempre con la idea del “destino manifiesto” enarbolada por la poderosa nación del norte. En dicha pintura puede verse, planeando sobre Estados Unidos, a una gigantesca mujer blanca y rubia, semejante a una diosa griega. A sus pies, en la tierra, pueden verse diferentes símbolos de la nación estadounidense: una geografía de valles, ríos y montañas, carretas, diligencias, trenes, jinetes y agricultores, indios emplumados que emprenden el exilio, búfalos que huyen a lo lejos. La mujer es el alma y la guía de la nación todopoderosa, que marcha en busca de su destino. En el curso de su proceso expansionista, la primera víctima de ese destino fue América Latina. Antes tuvo que enfrentarse con un rival poderoso, que no fue el oso ruso, sino la mismísima Gran Bretaña. Esto, que debería servir de lección histórica para quienes todavía cometen la ingenuidad de condenar a Rusia según la versión yanqui (cuando deberían condenar a Rusia en nombre de la paz universal, sin afiliarse a falsos discursos imperialistas), puede contribuir también a abrir los ojos sobre los auténticos intereses norteamericanos en nuestro suelo; sin olvidar tampoco, que de esta amenaza nos advirtió el propio José Enrique Rodó, a quien no puede tildarse -supongo- de servir a ningún interés “comunista”.

Todo empezó cuando «La Europa dominante», como la llamó el historiador Roland Mousnier, (principalmente Inglaterra y Flandes) dominaron la economía y el comercio europeo en los siglos XVI y XVII. España y su imperio colonial se vieron sometidos a su influjo, al menos en lo relativo a la importación de manufacturas, que no se producían en su suelo. Claro que, mientras el oro y la plata continuaron derramándose en las arcas ibéricas, la falsa impresión de prosperidad se mantenía, aunque ese oro pasara casi sin transición a los bolsillos de esos otros. La economía de América era también (aunque con grandes diferencias respecto a la española) débil e inestable; y, aun después de la independencia, su sistema económico continuó siendo tan precario como antes. Por ello pasó a depender económicamente de Inglaterra, que fue hasta mediados del siglo XIX (cuando menos) la primera potencia europea. Pero será desplazada muy pronto por una más poderosa y permanente: Estados Unidos, que se hará conocer ante el mundo a través de la famosa Doctrina Monroe: “América para los americanos». Uno de los propósitos de esta doctrina era hacer caer a América Latina bajo su predominio y desplazar a Gran Bretaña en el escenario de las antiguas colonias españolas. Cuba era una de sus apetencias principales, no solo por su riqueza agrícola, sino también por su posición estratégica en el Caribe. Pero la frase de Monroe tenía que ser leída, en su auténtico alcance conceptual (y así lo demostrará la historia), como “América Latina para los norteamericanos”. De este modo empezaba Estados Unidos a dominar una tajada de mundo que habrá de llevarlo, un día, a decidir sobre los destinos de la propia Europa occidental, más muerta que viva por entonces, pero frente a la cual se levantaba la enorme sombra de la URSS. Sobre todo esto, especialmente sobre el avance estadounidense en América, a mediados del siglo XIX, volveremos en próximo artículo.

 



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