Textos: Marco Teruggi

 

El lunes 18 de abril en la noche, al cumplirse 54 días de la invasión de Rusia en Ucrania, el presidente ucraniano Volodimir Zelenski anunció: “Podemos ahora asegurar que las tropas rusas comenzaron la ofensiva por el Donbás”. Las imágenes no se hicieron esperar: bombardeos en Mykolai, Járkov, Donetsk, Lugansk, el este del país, uno de los epicentros y objetivos principales de la guerra para Moscú.

Con el inicio de la Batalla de Donbás, anunciada durante dos semanas, comenzó la segunda fase de la guerra, ya alejada en gran medida de las puertas de Kiev, la capital, en el centro-norte del país. Rusia lo confirmó a través de su canciller Serguei Lavrov: “La operación en el este de Ucrania tiene como objetivo, como ya se anunció, la liberación completa de las repúblicas de Donetsk y Lugansk. Esta operación continuará, la siguiente fase está comenzando”.

La “liberación completa” significa recuperar las fronteras originales del Donbás, región donde se encuentran ambas repúblicas reconocidas por Moscú el 21 de febrero pasado, tres días antes del inicio de la denominada “operación militar especial” en suelo ucraniano. Esas fronteras fueron reducidas luego de 2014, cuando las repúblicas se formaron luego del derrocamiento del presidente Viktor Yanukovich, y Kiev, al no reconocerlas, comenzó una ofensiva militar que achicó su extensión geográfica y le costó la vida a cerca de 14.000 personas.

Esas repúblicas son determinantes para comprender la guerra en Ucrania y los objetivos de Moscú. Uno de ellos es consolidar la independencia de ambas repúblicas, que luego podrían unirse a Rusia, como lo adelantó el líder de Lugansk, Leonid Pasechnik, como sucedió con Crimea en 2014 luego de un referéndum, o adoptar un estatuto aún por definirse. Significaría, en los hechos, la pérdida de una media luna oriental para Kiev, estratégica por, entre otras cosas, su salida sobre el mar de Azov en el sureste, donde se encuentra el puerto de Mariupol, parte original del Donbás y otro de los epicentros de la guerra ya controlado por Rusia.

Ese proceso de secesión luce irreversible en términos militares y tiene a su vez a elementos culturales profundos. El este de Ucrania es en su mayoría culturalmente ruso, en un país que se encuentra entre dos aguas: por una parte, con la vista hacia el oeste y el Atlántico, por otra, hacia el este, Moscú, las estepas y el Pacífico. En esa tensión, disputa histórica, radica uno de los puntos medulares de los episodios de 2014 en los que se cruzaron demandas populares y una operación de derrocamiento patrocinada por Estados Unidos (EEUU).

Existen otros objetivos planteados por Moscú. Uno de ellos es reducir las formaciones armadas calificadas como neonazis, como el Batallón Azov. Resulta difícil saber el alcance cuantitativo de esas milicias a su vez integradas a la reserva de las Fuerzas Armadas, aunque, según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos, el número de tropas paramilitares en Ucrania ascendía a 102.000 integrantes en 2020. Su crecimiento y expansión ocurrió a partir de 2014 con entrenamiento posterior de países aliados a Kiev, como Canadá o Reino Unido, según documentos desclasificados. Zelenski, desde el inicio de la invasión, hizo un llamado a “voluntarios” para crear una Brigadas Internacionales, engrosando la cantidad.

Dentro de los objetivos se encuentra también el desmantelamiento de lo que Moscú denunció como laboratorios de armas biológicas con financiamiento estadounidense. EEUU, a través de Victoria Nuland, subsecretaria de Estado para Asuntos Políticos y recordada por su participación en el derrocamiento de Yanukovich en 2014, reconoció la existencia de “instalaciones de investigación biológicas”, al responder acerca de si Kiev tenía armas biológicas, pero no confirmó la participación estadounidense.

Finalmente, existe un objetivo central: impedir que Ucrania ingrese a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y adquiera un estatus neutral, con capacidad militar reducida y sin bases extranjeras en su territorio. Ese objetivo significa para Rusia alejar a la OTAN de una frontera clave, y detener la estrategia de Washington de avance hacia el este implementada posteriormente a la caída del Muro de Berlín y la siguiente disolución de la Unión Soviética.

 

Un tiempo más largo

Fueron treinta años de despliegue de la OTAN hacia las puertas de Moscú, con la incorporación de Polonia, Hungría, República Checa en 1999, o Bulgaria, Rumania, Lituania, Letonia y Estonia en 2004, estos dos últimos fronterizos con Rusia. La presión de una organización nacida para “tener a los estadounidenses dentro, a los rusos fuera y a los alemanes debajo”, como afirmó su primer secretario general, el británico Hasting Ismay, terminó por desencadenar lo anunciada por propios y ajenos.

“Ampliar la OTAN sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era pos-guerra fría”, había advertido, por ejemplo, en 1997 George Kennan, presente en la creación de la Alianza Atlántica. Ese error, además de un incumplimiento a la promesa de no expansión hecha por Washington a Mijail Gorbachov en 1990, tuvo un punto de quiebre en 2014 con el derrocamiento e instalación de los gobiernos de Oleksandr Turchinov, Petro Poroshenko y el actual Zelenski, aliados a Bruselas y la Casa Blanca.

EEUU construyó una arquitectura de cerco cuando Moscú estaba en posición de debilidad, cruzó líneas rojas hasta dejar abierta la posibilidad de un improbable ingreso de Ucrania a la OTAN cuyo gobierno, a su vez, planteó dar por tierra el Memorándum de Budapest de 1994 y volver a tener armas nucleares. La acción o respuesta rusa inició el 24 de febrero en la madrugada, anunciada por Vladimir Putin.

Pasados casi dos meses, puede observarse que uno de los beneficiados con la guerra es Washington, estrechamente aliado a Londres, que logró cuatro objetivos centrales. Por un lado, cortar gran parte de las vías de relacionamiento y estabilidad entre Rusia y Europa, construidas centralmente a través de la venta de gas y petróleo de Moscú a países europeos, en particular hacia Alemania. En segundo lugar, ocupar crecientemente ese espacio con exportaciones desde EEUU e incrementar en consecuencia la dependencia de una UE heterogénea y más débil.

En tercer lugar, ocurrió el crecimiento del negocio medular a toda guerra convencional: la venta de armas, de la industria estadounidense hacia Ucrania -cuyo monto asciende a cerca de tres mil millones de dólares a partir de la invasión-, como a países europeos. Finalmente, se empujó a Rusia a una guerra de desenlace incierto, con una avalancha de sanciones económicas, censura de sus agencias de noticias, y un inevitable desgaste a medida que la acción militar se prolonga. Y la estrategia de Washington parece ser estirar la guerra.

 

El canciller Anthony Blinken lo afirmó a los países europeos: la guerra podría durar hasta fin de 2022. Si Ucrania aún tiene capacidad de enfrentar la ofensiva rusa, es en gran medida por el apoyo internacional en armas, ayuda humanitaria -EEUU aportó 4.000 millones más en ese rubro según la agencia Bloomberg-. La perspectiva de poder enfrentar la batalla de Donbás está relacionada a ese flujo financiero, sumado a otros flujos de cerca de 30 países, que ocurre tanto de manera oficial como, se presupone, subterráneamente.

En la ecuación de costo-beneficios, vista desde Washington, aparecen elementos negativos. Uno de ellos es el relacionado a los precios de combustible y la necesidad de impedir un alza con su consecuente proceso inflacionario e impacto social interno, en particular en un año en que habrá elecciones de medio término -Cámara de Representantes y un tercio de senadores- y Biden detiene solo 40% de aprobación. El sonado acercamiento a Caracas a principio de marzo estuvo relacionado a ese cuadro petrolero.

El otro gran “dolor de cabeza”, como lo tituló The Washington Post, es el estrechamiento de la relación entre Moscú y Beijing, el eje euroasiático y sus alianzas con potencias como India. El mundo multipolar avanza, abre vías de pagos por fuera del dólar, realiza ejercicios militares conjunto y ventas de armas, disputa organismos multilaterales y crea nuevos, abarca una porción creciente del mapa. Pudo verse en la votación del siete de abril en la cual Rusia fue suspendida del Consejo de Derechos Humanos de Naciones Unidas: en términos de población más del 70% del mundo no votó a favor de la suspensión.

 

Vidas y verdades

Si la guerra es la continuación de la política por otros medios, como decía Carl Von Clausewitz, y la política “es la expresión concentrada de la economía”, como escribió Vladimir Lenin, entonces los acontecimientos de Ucrania pueden leerse en clave de gasoductos, monedas, petróleo, industrias de armas y próximamente de reconstrucción, bloques geopolíticos, multipolaridad en disputa.

Pero la guerra son también las víctimas en bombardeos, masacres, cerca de cinco millones de refugiados, cenizas de casas, vidas, familias, memorias. Y los responsables acusándose mutuamente en un ecosistema informativo inundado de redes sociales, avalanchas fotográficas, su utilización en clave bélica, censuras, cortes de flujos de información y dominación de los medios estadounidenses, europeos e ingleses. ¿Cómo saber verdades cuando las noticias son muchas veces puntos de apoyo para sustentar acciones de guerra?

La guerra puede prolongarse como lo muestran varios indicadores, y escalar militarmente, geopolíticamente con el preanunciado ingreso de Finlandia y Suecia a la OTAN, o la apertura de un frente de inestabilidad en Asia central. Por el contrario, puede alcanzar un acuerdo en las próximas semanas que permita firmar un frágil equilibrio que detenga las noches de bombardeos, las sirenas y el miedo, y establezca nuevas fronteras, estatutos, y pausa en el enfrentamiento en aumento entre grandes potencias llevado adelante en terceros países, en este caso Ucrania.



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