Los antecedentes dejaban muy poco espacio al optimismo y casi ninguna expectativa de que el encuentro entre la número dos del Departamento de Estado, Wendy Sherman, y Xie Feng, viceministro del ministerio de Relaciones Exteriores, que tuvo lugar esta semana en la ciudad portuaria de Tianjing, pudiera alcanzar algún acuerdo que detuviera la caída libre en que se han precipitado las relaciones entre China y Estados Unidos desde que Donald Trump desató la guerra comercial que luego se fue extendiendo al campo tecnológico y el diplomático y, desatada la pandemia, el sanitario.

Solo dos días antes de la reunión -la primera de alto nivel entre los dos países luego del estrepitoso fracaso de la mantenida por Wang Yi y Antony Blinken, los dos número “uno” de ambas diplomacias, en Alaska el pasado mes de marzo-, China anunció sanciones contra seis ciudadanos (entre ellos Wilbur Ross, exsecretario de Comercio de Trump) y una institución de Estados Unidos, en represalia a las impuestas por Washington a siete funcionarios chinos por «socavar la autonomía» de Hong Kong.

La semana anterior ambos gobiernos también habían intercambiado duras críticas después de que Washington denunció una ola global de ciberataques desde suelo chino y por la negativa categórica de Beijing a una ulterior investigación sobre el origen de la pandemia. El gobierno chino ha repetido hasta el hartazgo que la misión de la OMS que viajó a Wuhan a comienzos de este año ya examinó suficientemente todos los datos y que la próxima fase de investigación sobre el origen de la covid debería hacerse en otros países y en particular en el laboratorio militar de Estados Unidos, donde sí podría haber surgido el virus.

Esa misma semana, el secretario de Estado, Anthony Blinken, había declarado que el ataque de marzo, que comprometió a decenas de miles de servidores de correo electrónico de Microsoft Exchange en todo el mundo era parte de un «patrón de comportamiento irresponsable, disruptivo y desestabilizador en el ciberespacio» de China. Sin duda la condena más categórica hasta ahora de las actividades digitales chinas. En la misma dirección que su ministro, Biden también aseguró a los periodistas acreditados en la casa blanca que «el gobierno chino, al igual que el gobierno ruso, no está haciendo esto (los ciberataques) por sí mismo, sino que está protegiendo a quienes lo están haciendo, y tal vez incluso dando lugar a que puedan hacerlo”.

Para expertos y analistas internacionales estaríamos dando inicio a una “ciberguerra fría” que según palabras de Biden, el martes pasado, en un discurso ante decenas de agentes de inteligencia en la sede de la Dirección Nacional de Inteligencia, puede acabar, algún día, «desencadenando un conflicto armado real”.

Confirmando el escepticismo de la vigilia sobre los resultados de la reunión y anticipando los desencuentros, un día antes de la llegada de Sherman, el ministro Wang Yi prometió «enseñarle una lección a Estados Unidos» sobre cómo tratar a los países con «equidad», y que «China no aceptará la autoproclamada superioridad de ningún país”.

En el discurso de conmemoración del centenario del Partido Comunista, el presidente, Xi Jinping, había asegurado que el ascenso de China es una «inevitabilidad histórica» y, sin nombrarlo, advirtió a EEUU que su país ya no será «intimidado, oprimido o subyugado» ni está dispuesto a aceptar “lecciones arrogantes” de ninguna otra potencia.

Para el Departamento de Estado se trató de una reunión “franca y transparente” que, despojada de la retórica diplomática, significa un diálogo entre sordos y una falta de acuerdos significativos entre las partes.

No obstante, la franqueza y transparencia quedaron para el anfitrión. Según un comunicado del Ministerio de Relaciones Exteriores, publicado inmediatamente de terminada la reunión, Xie Feng se dirigió a su interlocutora con palabras inusitadamente duras y acusó a Washington de querer convertir a Beijing en el “enemigo imaginario” y de buscar “culpar a China de sus problemas estructurales propios”.

La esperanza puede ser que, al satanizar a China, Estados Unidos logre desviar de alguna manera el descontento público interno por cuestiones políticas, económicas y sociales y culpar a China de sus propios problemas estructurales, sostuvo Xie.

Para el viceministro la relación entre ambos países se encuentra en un “punto muerto” y encara “serias consecuencias” y urgió a Estados Unidos “a cambiar su mentalidad equivocada y su política peligrosa”.

Por su parte, Sherman escribió en su cuenta de Twitter que tanto en su reunión con Xie como la posterior con el Wang Yi, habló del compromiso de EEUU con una “competición sana, la protección de los derechos humanos y los valores democráticos y el fortalecimiento del orden internacional basado en las leyes que nos beneficia a todos”. Según la funcionaria también se trataron temas como la crisis climática, la pandemia de covid y “nuestra grave preocupación por los actos de China en Hong Kong, Xinjiang y al otro lado del estrecho de Taiwán. Estados Unidos y nuestros socios y aliados siempre defenderemos nuestros valores”.

El representante chino también le presentó a su homóloga su propia lista de exigencias que incluyen desde el levantamiento de las restricciones en el visado para estudiantes, periodistas y funcionarios del Partido Comunista, hasta el fin de la demanda de extradición a Canadá de la directora financiera e hija del fundador de Huawei, Meng Wanzhou, detenida en Vancouver a finales de 2018.

Desde que Biden asumiera la presidencia, la República Popular ha convocado a Washington a un esfuerzo compartido para mejorar las relaciones gravemente deterioradas por las políticas de Trump.

En cambio, cada día resulta más evidente que la Casa Blanca no solo ha mantenido esencialmente la misma política de su anterior inquilino, sino que ha agravado las tensiones con el país asiático sobre temas como las relaciones con Taiwán, la campaña de educación en Xinjiang que, según EEUU, es un programa de trabajos forzosos impuestos a la minoría musulmana uigur, así como su condena a la Ley de Seguridad Nacional en Hong Kong por considerarla un deterioro de la autonomía de la ciudad puerto y una violación de los derechos humanos de los hongkoneses.

Uno de los objetivos no declarados de la visita de Sherman era testear la diplomacia 1.0 de su presidente: básicamente, enfrentar a China en sectores particularmente sensibles como derechos humanos, integridad territorial, soberanía marítima, piratería y propiedad intelectual, entre otros, y en cambio, acordar en temas globales como el cambio climático y el combate a la pandemia.

“La política estadounidense parece exigir cooperación cuando quiere algo de China; desacople, corte de suministros, bloqueo o sanciones contra China cuando cree que tiene la ventaja; y recurso al conflicto y la confrontación a toda costa”, consignó el comunicado final de Beijing, sepultando la nueva estrategia de Biden. “Estados Unidos es el inventor y titular del copyright de la diplomacia coercitiva”, recriminó Xie Fend a Wendy Sherman.

En una entrevista concedida a la agencia Associated Press luego de las reuniones, Sherman dijo: “Este es un proceso en el que hemos dado un paso más. Llegamos a estas conversaciones sin esperar ningún resultado concreto”. Según Churchill, no obstante un encuentro importante fracasara, “hablar es siempre mejor que hacerse la guerra”.

«China es nuestro enemigo, ellos nos quieren destruir», escribió Trump, en su red social, en 2011.

Diez años después y para justificar la continuación de su política contra el gigante asiático, Biden, exhumando la retórica de la guerra fría, sostuvo que “la batalla es entre democracia y autoritarismo” , alertó que Xi Jinping «está completamente lanzado a convertir [a China] en la nación más importante del mundo” y aseguró que “China no se convertirá en el líder mundial mientras yo sea presidente”.

“Imaginario” era el enfermo hipocondríaco de la célebre comedia de Molière. Al contrario, para Estados Unidos, la República Popular se ha convertido en su enemigo real y, desgraciadamente, no tiene nada de ficción.



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