Es la contracara del perfil de sindicalista que los alérgicos a la militancia social han querido imponer. Para los poseedores de privilegios heredados -y morales tan pulcras de envase como sospechosas de legalidad- los dirigentes sindicales son algo espantoso que se parecen a Satanás pero con olor a fábrica. La caricatura del grotesco que insisten en tratar de imponer algunas plumas editoriales en espacios tradicionales de la prensa hegemónica, tiene sus debilidades y como suele suceder, casi siempre quien arruina los cuentos infantiles es la propia realidad. Florencia es todo lo que el discurso neoliberal no quiere ver, ni admitir. Es casi un error del sistema para los cultores de la teoría de los demonios sindicales. El ogro es ogra, creció en un apartamento de Ciudad Vieja y allí resistió inviernos de escuela y liceo, recreos, meriendas y exámenes, ansiando la llegada del verano en Valizas donde la esperaban olas y dunas y amores y atardeceres y amigues que aún hoy son parte de su camino. Cuando la familia se mudó a la Aguada, se enamoró del barrio y del cuadro y ahora trabaja y milita allí, donde tiene su corazón. Sus padres, Jorge y Verónica -ahora jubilados- trabajaban en las Industrias Loberas y Pesqueras del Estado (ILPE) hasta que «con la llegada de una de las olas privatizadoras» fueron reubicados en la Dirección General Impositiva (DGI). «Siempre vivieron como pensaron. Comprometidos, militantes, coherentes y consecuentes con lo que creían y defendían». Florencia vivió una infancia preciosa, feliz, con abrazos, sonrisas, valores, diálogo, escucha y tuvo en sus padres a «dos referentes políticos y humanos». Florencia siente que ellos lograron cierto equilibrio complicado de alcanzar entre la militancia y la contención familiar. «Mi viejo nunca estuvo ausente y si lograron mantener la unidad y estabilidad familiar fue -en buena medida- por el tremendo compromiso de mi vieja». Florencia tiene una hermana más chica, Emiliana, que es amiga, cómplice de abrazos y charlas hasta la madrugada, confidente y apoyo en los momentos grises de nubarrones y cansancios. Emiliana también trabaja en Antel y milita en el sindicato, pero no sale en la TV. Florencia es la famosa de las dos. «No sé si me tocó la mejor parte con esto de la exposición pública» (risas). De todos modos, agradece estar rodeada de su familia y de la gente valiosa con la que comparte el camino, «compañeras y compañeros que no son obsecuentes y siempre me dicen lo que piensan, aunque duela». No concibe la vida de otra forma que mediante la sinceridad y honestidad en los vínculos. Milita en Sutel y trabaja porque -entre otras cosas- siente que es una forma de mantener contacto cotidiano con la realidad. «Ahí se da el control obrero, bajás a territorio y compartís la cotidiana con tus compañeros y compañeras que te tratan de igual a igual, te dicen todo lo que te tienen que decir y aprendés todos los días». Cuando Florencia respira el sol del verano, arma su mochila y se vuelve a Valizas. Allí la esperan sus afectos y alguna tabla de surf para pasar el rato en el agua. Allí tira la caña de pescar y si pica algo será la cena compartida entre guitarras y charlas sin celulares en las que no hay tiempo, no hay hora, no hay reloj. Jugó a las maquinitas, se coló en bailes y trilló caminatas inolvidables hasta el Cabo Polonio sin un peso en ninguno de los bolsillos de su barra, en tiempos de libertad eterna y sonrisas cómplices. Actualmente marca tarjeta en planta externa y ocupa un cargo de responsabilidad en la dirección de su sindicato. En la campaña de recolección de firmas recorrió barrios y barriales hablando de los aspectos más nocivos de la LUC y de no permitir que expropien y privaticen el futuro. Explicó y escuchó reclamos, tristezas, dolores y desesperanzas. Tomó nota y no olvida. Sueña un Uruguay menos desigual y dice que eso solo será posible «con organización, participación y lucha».

 

¿Cómo llegaste a Antel?

Primero ingresé a trabajar en Accesa, el call center de Antel y al poco tiempo me afilié al sindicato. En mayor o menor medida, venía con la marca de mis viejos de la militancia sindical y eso supongo incidió para que rápidamente encontrar mi lugar ahí. Primero me eligieron delegada y luego formé parte de la Mesa Ejecutiva. Luego me presenté a un llamado de Antel para planta externa y quedé con un contrato a término. Después de un par de años pasé a función pública y actualmente soy presupuestada. Allí volví a comenzar sindicalmente, fui delegada y hoy integro la Mesa Ejecutiva de Sutel.

 

¿Desde cuándo sos femininista o cuándo empezaste a comprender que había una brecha en materia de derechos, roles asignados y mandatos?

Fui educada con una concepción de libertad, de que tenía derecho a ser libre. A mi hermana y a mí nos enseñaron en casa que las mujeres tenemos derechos, que somos capaces de hacer lo que queramos y pensar en clave de oportunidades. Tal vez el hecho de verlo como una causa feminista, de manera más consciente fue tiempo después.

 

¿Y en qué momento sentiste las inequidades de género de manera notoria?

En 2012, cuando ingresé a planta externa. Yo trabajo en un sector que está mayoritariamente formado por varones. Pero creo que no es una cuestión de las personas o de los varones sino de las lógicas que se construyen. A veces lo hablo con compañeras y por momentos me siento la peor feminista (risas) porque a mis compañeros varones les tengo un afecto grande, hemos construido vínculos desde el respeto. En nuestros ámbitos de trabajo hay sectores muy masculinizados y otros integrados mayoritariamente por mujeres como cuando estaba en el call center.

 

Cuando ingresaste a un ámbito masculinizado, ¿no tuviste problemas?

¡Tuve todos los problemas! (risas). Me he peleado con todo el mundo, era horrible, era como una guerra y mis compañeros hasta ahora se acuerdan de mis comienzos. En aquellos tiempos no pude construir nada con nadie, me agarraron de punto y eso me costó miles de chichones. Aunque también es cierto que tuve una cantidad de compañeros que han estado al firme desde siempre. Algunos son fallecidos, otros se han jubilado y otros siguen; además de la propia cuadrilla con la que trabajo que mantengo desde que entré. Ha sido un interesante proceso de aprendizaje conjunto. Esas cosas no se imponen, se construyen. Y como pasa en la vida, hemos tenido de todo, mil quilombos y encuentros de soluciones a la cotidiana. Hemos sabido conjugar las responsabilidades laborales, sindicales y el día a día.

 

¿Y en los ámbitos de negociación con autoridades y gobierno? ¿Se perciben los micromachismos?

Siempre hay distintas formas implícitas de machismo pero en realidad no puedo decir que en las mesas de negociaciones haya discriminación. Se respeta la delegación que viene y no hay inconvenientes visibles por ser mujer. Además, nosotras también somos duras cuando tenemos que serlo, nos paramos firmes. Al menos las que venimos de planta externa somos conscientes de nuestro rol. Si bien somos pocas mujeres, pero tenemos una participación en el sindicato bastante importante.

 

¿Crees que los sindicatos fueron el colchón que amortiguó la crisis al ocuparse del hambre, de asistir a las ollas y cubrir la ausencia del Estado en relación a los sectores más vulnerables?

Los sindicatos siempre estamos, no es de ahora. Cuando la [brigada] Agustín Pedroza levantaba techos, ahí estaba el movimiento sindical. Cuando se llevó el cine viajero a los barrios también para el acceso a contenidos culturales o en cientos de festejos de barriales de la niñez, han estado y seguirán estando los sindicatos. Esto es de siempre. Lo que sucede es que la cara más visible siempre es la que genera más ruido, por razones de nuestra esencia que es de lucha y reivindicación, pero también porque lo que sirve vender a nivel mediático del movimiento sindical es una imagen de enojo y claramente confrontativa. Pero los sindicatos estamos todo el año inmersos en los barrios, dando una mano en lo que se precisa, formamos parte de nuestro pueblo y tenemos iniciativa. En este último tiempo lógicamente hemos estado apoyando y sosteniendo ollas y merenderos, pero somos los que estamos todos los días en los barrios pero no acostumbramos a hacer alarde de cada cosa que hacemos. Además, si no fuéramos parte del barrio, de la gente común del pueblo, las 800.000 firmas no se habrían podido juntar. Nosotros como trabajadores pudimos entrar a charlar con vecinas y vecinos a lugares donde no entran los partidos políticos. Pero claro, si no empezamos a visibilizar esto, no romperemos esa construcción que se pretende hacer de los sindicatos que están aislados y preocupados por sus asuntos propios y rompemos con el discurso ese que pareciera que vivimos metidos adentro y dónde están los trabajadores, a nosotros no nos podían reclamar eso. Porque ustedes vienen cuando necesitan algo, no, yo soy trabajadora, tu barrio lo conozco porque levantamos techos, porque ayudamos en el merendero. Esa es la característica del movimiento sindical. Obviamente hay una campaña de desprestigio importante justamente por esa fortaleza, porque nosotros tenemos un vínculo e incidencia directa en el barrio, formamos parte de nuestro pueblo. Seguramente tendremos que profundizar algunos aspectos para que a nivel público no nos encierren o encasillen solo en la movilización y reivindicación y que eso sea lo único que se conozca. Pero nunca caeremos en el autobombo. No somos reality show de las ollas, ni llevamos nota de cuántos techos hemos levantado. El techo por mi país tiene un marketing brutal, pero con la [brigada] Agustín Pedroza nos hace años que salimos en silencio. Y así podríamos hablar de la piscina de AEBU para gurises con discapacidad, los convenios de Sutel con Primaria de acceso a la Colonia de Vacaciones y a la piscina. Nosotros trabajamos fuerte la territorialidad y obviamente tenemos las puertas abiertas del sindicato.

 

¿Qué es el hambre?

El hambre es la expresión más grosera de la desigualdad, pero también es un error creer que si uno mata el hambre resuelve las desigualdades. Hay que atacar las causas, el origen. Y hay que tomar en cuenta el punto de vista de la dignidad de los seres humanos, de vivir dignamente con las oportunidades de acceso a los elementos básicos. El hambre en las ollas te golpea y te mueve a ir hasta el fondo. Creo que estas cosas terminan siendo motor de la vida misma y de los militantes. Cuando voy a esos lugares que han sido dejados de lado siento que no me puedo detener. Que nadie se merece vivir así y mucho menos en un país donde hay gente a la que nunca le va a faltar absolutamente nada y tiene la soberbia de salir a hablar en términos nefastos. Te indigna que podamos convivir con eso y creo que en realidad la lucha es para superar eso. Tampoco se trata de hacer asistencialismo. Este es un punto que lo hemos hablado mucho con las ollas. Tenemos que contribuir a resolver la urgencia porque la panza duele. Y si no se arma la olla, hay mucha gente que esa noche se va a dormir sin comer. Pero hay que matar el hambre en el día a día y además pensar cómo contribuimos para que esa barra se organice, para que esos vecinos puedan salir de esa situación. Nosotros hicimos una experiencia con una olla en la que tratamos de dar un paso más. Se generó una organización y trabajamos en conjunto sobre la promoción de que, quienes no tenían cédula la tramitaran, o que los niños fueran a la escuela y si faltaban las maestras se comunicaban con la olla. Se generó cierta organización desde la comunidad con los distintos actores. Se trata de resolver el plato de comida y ver de qué forma vos contribuís a la organización popular en ese lugar. A veces con cosas pequeñas como enseñarles a hacer un currículum. Y son todas cosas importantes, que se hacen en silencio.

 

Esa cantidad de gente con derechos vulnerados y en condiciones de tanta precariedad y tal vez abandono, ¿sucedió a partir del 1° de marzo del 2020?

No, decir eso es muy oportunista. Pero está bastante claro que el escenario en que veníamos era muchísimo más favorable para los sectores más postergados. Eso no es una sensación o idea mía, las cifras lo demuestran. Los niveles de desnutrición infantil, de alfabetización, hay una enorme cantidad de variables que muestran que en los últimos años se habían ido superando situaciones de pobreza y mejorando realidades de los sectores más vulnerables. También es real que bajar las cifras no es lo mismo que llevarlas a cero. La realidad es que con anteriores gobiernos se tomaron una cantidad de medidas que tuvieron su tope y que llegaron a determinados resultados favorables pero que no solucionaron las desigualdades. Nos pasó una pandemia y ni qué hablar que un gobierno que tiene una orientación completamente distinta, que con las políticas llevadas adelante, en pocos meses te puede destruir toda esa estructura generada para que los que estaban peor pudieran estar mejor. Habíamos avanzado, faltó profundizar mucho más.

 

¿Cómo ves a este gobierno?

A este gobierno lo desvelan las preocupaciones y los intereses de un sector de la población que es el que concentra la riqueza. Al gobierno no le mueve un pelo las necesidades del pueblo.

 

¿Por qué crees eso?

Porque de lo contrario tendrían respuestas orientadas a solucionar los problemas de la gente y no se dedicarían a tirar migajas. Lo que hacen groseramente es tirar monedas y pretenden que nos despedacemos entre nosotros. Hay un compañero que dice que tenemos un gobierno que te dice cómo que tiene que doler el martillazo en el dedo, cuánto te podés quejar y te convencen que el martillazo te lo des vos mismo. Son lo más parecido que hemos visto a Micky Vainilla de Peter Capusotto. Y sinceramente, creo que es muy preocupante porque desprecian a las organizaciones sociales. Las repercusiones que vinieron desde el gobierno después de haber logrado las firmas o con el paro, fueron preocupantes. Hay una actitud de desprecio a nuestro pueblo, no es que desprecien al PIT-CNT o al Secretariado, es a la organización de los trabajadores, al pueblo peleando.

 

Incluso más allá del paro, lo que sucedió la semana pasada con la movilización, en opinión de algunos analistas, fue una celebración del reencuentro de fuerzas sociales y del campo y la ciudad. ¿Coincides?

Sí, totalmente. Fue parte de un proceso de reencuentro. En torno a la recolección de firmas también hubo reencuentros del tejido social. Creo que es parte de ese proceso. Personalmente no adhiero mucho a eso que algunos dicen que la gente estaba «dormida» o que los jóvenes estaban por fuera. Si los jóvenes no hubieran estado presentes y la gente latente no se habrían seguido convocando los 20 de mayo, las marchas de la diversidad o los 14 de agosto. Quizás si teníamos cierta dispersión y faltaba encontrarnos para confluir en una plataforma. Y por ello es que creo que este paro acompañó todo el proceso de la recolección de firmas y ubicó centralmente la necesidad de nuestro pueblo. Y la convocatoria fue con la más amplia participación y no fue exclusivamente del Pit-Cnt.

 

¿Cuál crees que debería ser el rol de las y los jóvenes en este proceso?

La participación tiene que ser de la forma en la que se viene dando: desarrollando política, aportando nuevas improntas en función de las circunstancias actuales donde se desarrolla la lucha. Y por supuesto, no creo nada en esa cuestión que los jóvenes somos el futuro porque en realidad estamos siendo el presente. Todo lo que hemos alcanzado hasta ahora se ha logrado de manera transversal. No es una cuestión de cuál es el patrimonio de los jóvenes sino ver cómo construimos el camino en conjunto. Las y los jóvenes han formado parte de las 800 mil firmas, porque cuando la pandemia agudizaba y teníamos que cuidar a las personas de riesgo alguien tuvo que salir a juntar las firmas. Y fuimos la población que objetivamente éramos menos vulnerables a los contagios. Con las firmas quedó claro nuestro rol, en las movilizaciones de Sutel la participación de los jóvenes es contundente. No debemos encapsular a los jóvenes en temas de jóvenes. Participamos de la actividad política y podemos tener una visión política de los temas que no son de los jóvenes, en relación a la preocupación por los DDHH, por los ajustes de las jubilaciones y por distintos temas. No hay nada que esté en la plataforma del movimiento sindical o en la plataforma feminista o de la diversidad que no involucre a los y las jóvenes.

 

¿El gobierno se ha ensañado con Antel?

Sí. Es la segunda temporada, privaticemos 2.0 con la misma familia. Hay una realidad, tienen el fetiche con Antel, porque en los ‘90 no pudieron porque el pueblo uruguayo supo defender Antel. Y desde el sindicato decimos que si en los 90 defendimos un pedazo de cobre, ahora que tenemos una empresa que es descomunal, esta batalla no la podemos perder. Pero no es un tema que involucre a los trabajadores de Antel, es el pueblo uruguayo todo el que tiene que dar esta batalla en defensa de una empresa modelo. Somos vanguardia en la tecnología, la gente tuvo fibra óptica antes de saber para qué era la fibra óptica, hasta nosotros  mismos, los trabajadores fuimos sorprendidos de los avances logrados.

 

Posiblemente en la pandemia muchísima gente pudo valorar Antel en el plano del teletrabajo o para mantener el vínculo con el sistema educativo, por ejemplo.

Yo trabajo en las cuadrillas y me pasaba de salir a conectar servicios y mucha gente que me decía que si no tenía el servicio la enviaban al seguro de paro porque sin Internet no podía mantener el teletrabajo. Ni qué hablar vínculo educativo. También voy a los edificios del BPS  en los que los vecinos que allí viven tienen edades del entorno de los 80 años. No paramos de configurar las tablets, de repararle o configurarle el WiFi para que pudieran tener las consultas médicas porque así evitaban concurrir a las mutualistas. Parece obvio tener que decirlo pero las mutualistas no se vaciaron porque la gente no se atendió más. No, es porque hubo una contingencia, una forma de sostener el aislamiento y ahí Antel jugó un papel fundamental. No fue solo por Antel pero sí fue clave en este proceso. Si nosotros hubiésemos seguido con el cobre, no había forma se sostener nada de eso. La fibra óptica te permite eso y mucho más y además es un negocio que tiene una perspectiva muchísimo más grande. Todo apunta a que es un negocio multimillonario y por eso parce percibirse esa necesidad de que termine en manos privadas. Estamos asistiendo a una ola privatizadora grosera, que tiene por estos días el intento de adjudicación a prepo la base de datos a una empresa nueva que no existe en Uruguay. Y les dan una prórroga insólita. Y no tuvieron la delicadeza de esperar a ver qué sucede con el referéndum. Esto que están haciendo con la portabilidad y la empresa sí que está atado con alambres. ¿Parece mentira no? Nuestro presidente de Antel salió a decir que la empresa está atada con alambres. ¿Te imaginás mañana al dueño de una multinacional diciendo que la empresa viene horrible, que está espantosa, que las ratas caminan por la fábrica y que está atada con alambre? No dura dos días en su cargo. Lo echan. Es increíble que en el Uruguay tengamos un presidente que sale día por medio a pegarle a la empresa que está liderando. Por eso digo que es grosero, roza con lo obsceno. Pero no es solo con Antel. Este gobierno ha actuado decididamente con la privatización y entrega del puerto de Montevideo y el desguace de las políticas sociales del Mides, y podríamos seguir enumerando espacios. El tema es que hay dificultad para dialogar sobre el fondo de los asuntos. Nosotros tenemos una batería de argumentos y del otro lado lo que hay son expresiones caprichosas, porque no hay argumentos sólidos que confronten lo que planteamos. Un negocio multimillonario que está en manos del Estado se lo quiere entregar desesperadamente a los privados. Estamos esperando que fundamenten ese disparate y nos expliquen por qué eso le va a servir al país y por qué la concentración de medios hará que la calidad democrática sea superior. Hemos buscado y promovido con las bancadas hablar de estas cosas. No es que seamos unos locos revolucionarios pero queremos discutir sobre una ley de medios que no sale en los medios. Y hablar de lo que nos hicieron con la censura en el Campeón del Siglo, que por cierto, tuvo infinitamente más repercusión que si nos hubieran pasado el spot.

 

¿Cómo es el Uruguay que soñás?

De una democracia profunda. Un país en el que podamos avanzar en la democracia mucho más allá de lo representativo. Tenemos estructuras de gobierno en las que hay que promover muchísimo más la participación. Me imagino un Uruguay con su pueblo organizado que es uno de los cometidos para poder transformar y construir la pública felicidad. No imagino otro futuro que no sea en la lucha para construir esa sociedad entre todos y todas.

 



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