En una mala película del oeste, que por casualidad vi el otro día, un vaquero cae en manos de un grupo de forajidos, que lo obligan primero a adentrarse en una mina abandonada para recuperar un tesoro, y luego a cavar su propia tumba, mientras le apuntan con sus revólveres. Si trasladamos la escena a nuestro país, el vaquero vendría a ser el vagabundo, el hombre suelto, el vago del siglo XIX, o el peón o la peona de estancia, la lavandera, la sirvienta o el empleado municipal del siglo XX. Los forajidos vendrían a ser los estancieros de cinto forrado o, más genéricamente, los políticos de derecha, puntualmente ataviados con sus colores partidarios, que hacen un efecto sin igual y provocan suspiros, saltos del corazón, emociones y lágrimas a granel. ¿Y la fosa que el pobre infeliz está cavando? La fosa vendría a ser, básicamente, su destino, pero también la urna de votación, la inefable y todopoderosa urna por medio de la cual nos entregamos atados de pies y manos a las intenciones buenas o malas de los elegidos de turno. En la leyenda y en la memoria de mis propios ancestros se entretejen historias parecidas, relatos y sagas en las que asoman las cuchillas, las lanzas tacuaras, los ponchos albos, los caballos briosos, los campos y las llanuras dilatadas y esa primigenia rebeldía (que para algunos es la única rebeldía tolerable) que en mi caso personal se asoció a la divisa blanca, en aquel diminuto y perdido lugar del mundo -me refiero a Cerro Largo- donde “hasta las chilcas son blancas”. De ese primigenio frenesí nacionalista, las siguientes generaciones (mi abuelo y mi padre) pasaron a ser, básica y genéricamente, comunistas y socialistas, y abrazaron también, cómo no, el batllismo de don Pepe, en su más radical concepción social. Pero no lo hicieron por tradición sino por estricta y libre convicción. Una convicción más libre y más profunda, por lo menos en mi caso personal, cuanto más ahondaba en los sucesos, en los secretos bien guardados y en los mentideros oficiales de nuestra historia patria. En mi propia y pequeñísima novela está, en buena medida, la novela toda de este país, ya que de algún lugar tuvieron que salir las otras voces, las otras miradas, las otras ideas, las que no solamente hablan de igualdad y de justicia social, sino que además trabajan en los hechos para instaurarlas; las mismas que, aunque prontamente demonizadas por la inquisición del bloque occidental de la Guerra Fría, liderado por el amo y señor de la mitad del mundo, Estados Unidos, nada ni nadie ha podido acallar ni frenar en su expansión nacional y mundial.

Ahora, llegada a este punto de mi vida, me surgen más interrogantes que respuestas. Después de quince años de gobiernos frenteamplistas que apuntaron a conformar un estado de derecho y de bienestar social, me pregunto qué ocurrió en la sociedad uruguaya para que se haya producido este cambio brutal en términos de retroceso, injusticia, desamparo brutal y desigualdad económica que ya no es triste, sino más bien escandalosa; este desparpajo a la hora de desatender las necesidades del pueblo, este cinismo que no trepida en hablar literalmente de los “malla oro” o de “los mejores”; y sobre todo, esta confusión en la manera de entender quiénes son “los tuyos” y “los míos”, es decir tus intereses y mis intereses. Puedo comprender que cierto sector social, formado por los grandes empresarios y los grandes capitales, respalde al gobierno actual, ya que el gobierno actual trabaja en su favor. Pero no puedo comprender que lo hagan los sectores populares, en especial los que están resultando más castigados por las medidas de ésos a quienes votaron. ¿Son tus iguales los que pasan hambre los mismos días que tú en el mes, los que ven día a día cómo se deteriora su salario, o son los tuyos los que comparten una misma creencia partidaria, aunque después de las elecciones uno se quede sin empleo y el otro se aumente el sueldo al doble?

Muchos trabajadores de clase media baja votaron a la derecha fervorosamente, y defienden su partido (no sólo sus colores, que vaya y pase, sino los actos de sus gobernantes) como si estuvieran defendiendo la Tierra Santa o el Santo Sepulcro durante las cruzadas. Especialmente en el interior, la tradición (ya que de eso se trata) campea por sus fueros. Es una tradición cerrada y absoluta, vigilante y vigilada, celosa y dogmática, y por ende, indiscutible. O se está con ella o se está contra ella. Estos trabajadores del interior que votaron a la derecha, son aquellos cuyos padres nacieron durante los peores años del sistema de la desigualdad social, el país de “pida patrón lo que quiera”, el país del peón rural y de la sempiterna relación de amo y súbdito, de uno que manda y otro que obedece. Esto puede parecer bueno para quienes no conocen o no tienen otra cosa en el mundo, pero no parece nada saludable en términos de libertad, de libre albedrío y de democracia. La tradición ha sabido atarse a determinados conceptos que atrapan y obnubilan, como la red de una araña. El nacionalismo es uno de ellos. Para ser nacionalista hay que ser blanco o colorado. Cualquier otra opción es desalmada, sinvergüenza y vende patria. El problema es que la derecha se adueñó y corrompió esos símbolos de los que buena parte de la gente se ha sentido, con legítimo derecho, orgullosa. Me refiero por ejemplo al batllismo de don Pepe (no al partido colorado in totum) o al héroe Leandro Gómez o al águila del Cordobés (no al partido blanco in totum). Esos símbolos no pueden ser compartidos con equidad en la sociedad actual. Se me dirá que esto ocurre con todas las ideologías, pero la cuestión actual es ésta: el dilema entre tradición y verdad, tradición y realidad, tradición y flagrante (y creciente) injusticia social. Esto que ocurre hoy en Uruguay. No ayer ni mañana. Porque la vida y el destino humano se juegan siempre en el hoy.

Mucha gente, en especial en el interior, abraza el partido político que usa los símbolos con los que ellos, sus padres y sus abuelos han convivido, sin atender a ulteriores consideraciones, hasta que se ven envueltos en una telaraña en la que el trabajador medio terminará votando a partidos políticos cuyos dirigentes, en el fondo, le causan rechazo, asco e indignación. Porque los patrones de estancia y de fábrica, de altos cargos públicos, los mandamases y dueños de vidas y haciendas, los de 4×4 y poncho blanco o  golilla colorada, que andan por el mundo de mentón levantado y de mirada oblicua, guardan con celo sus fronteras mentales (especialmente si se creen dinásticos) y jamás tratarán como igual a ese trabajador, o a esa trabajadora que los apoya y les pide una selfie, a pesar de que besen la misma bandera o se pongan la mano en el pecho cuando suena el himno. Ni siquiera cuando esos votantes terminen aplaudiendo los recortes de derechos y los tarifazos impuestos por sus gobernantes, ni aún entonces obtendrán de éstos la menor señal de reconocimiento, porque así es como funciona la dinámica del amo y del siervo.

La tradición cerrada provoca el olvido del lugar que esos trabajadores ocupan en la estructura social, y cada voto a la derecha opera como una piedra que se suma al alto muro de la desigualdad y la injusticia. Esa es, tal vez, la peor de las trampas que las falsas democracias ofrecen en la actualidad. Como en aquella mala película del lejano oeste, después de sacar el tesoro de la mina, cavamos nuestra propia tumba.

Hablo de falsa democracia porque, como parece evidente, los pobres en Uruguay no sienten empatía por sus iguales, y prefieren abrazar la tradición dogmática antes que luchar por algún derecho arrebatado. No sé cómo termina la historia del vaquero que cavaba su propia tumba, pero seguro a alguien se le ocurrirá alguna idea.

 



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